
Skim es todo. Skim lo es todo para mí. Vendería la mitad de mis implantes, carajo, vendería la mitad de mi alma tan sólo para estar unos minutos a solas con ella. Skim llena de colores. Skim llena de olores. Skim con ojos de circuito, con corazón en gigabytes, Skim con la voz de los ángeles, cantando canciones obscenas en mi oído cuando despierto, cuando trabajo y cuando me acuesto para dormir.
Skim se convulsiona como sólo ella lo sabe hacer en una esquina de mi cuarto. La calidad del holograma deja mucho que desear, pero de todos modos es Skim, con sus implantes cromados, con su piel tersa como arena fina y blanca, con todas las partes de su anatomía saltando en espasmos que demuestran que ella puede sentir como nunca antes nadie había sentido. Skim hace música que está más allá de toda la música. Lo dijo en una entrevista por la red. «Mis manos nunca han tocado instrumento musical que no sea el teclado de una computadora». Skim primitiva, una bestia salvaje como las que hay en el zoológico, pero sin una jaula que la detenga. Skim sofisticada, una obra de arte efímero, cuyo recuerdo la hace cada vez más bella.




