El Libro de Pixeles
Narrativa Sin Límites

12/7/09

El Sonido del Quiebre

©2009, Eugenio Zigurat |

No podía esperar a que la niebla se disipara, cada segundo era indispensable, de hecho cada millonésima de él. Las tropas se desplegaron, a su señal, como un virus hambriento, una horda de langostas que no atendían mas que a su sed de sangre.
El capitán Jean Cachalot, en la vanguardia, sin rechistar, sin un sólo quejido o protesta, gruñía por lo bajo y aferraba con excesiva energía el manubrio del periscopio. Sus sentidos expandidos por el omniesqueleto buscaban distinguir las resultantes de la reciente acometida: doscientas cabezas nucleares contra un blanco de ínfima escala, idéntica en medida métrica a la humana, calculadas para detonar a distintas alturas, algunas incluso por debajo del nivel del mar. Sólo un cinco por ciento de ellas fallaron en su misión, y eso al inicio de toda la campaña y, sin embargo...

—Insuficiente, insuficiente —bramó el Capitán Cachalot y, acto seguido, como si su vida se hubiera desarrollado en simbiosis con aquel aparato, como si sus días se hubieran gastado frente a la pantalla de un video-juego, activó de forma expedita y certera la secuencia de autolanzamiento.
—¡No! —bramó el general Briones— Está saltándose los protocolos, usted no tiene la autoridad suficiente para...
—Just watch me —respondió el aludido e incluso su voz en el sistema de comunicaciones resultó apagada por los chasquidos de los cierres herméticos y los subsecuentes rugidos de los motores. En su complejo pero acelerado digitar, el Capitán Cachalot había aislado, convertido en un misil balístico una sección vital del submarino.
A punto de la asfixia, entre el abrazo de los cinturones de seguridad y las manos asquerosas de una gravedad multiplicada que lo oprimían contra el asiento, aún alcanzó a escuchar la plegaria múltiple, unísona de los operadores de comunicación de toda su flotilla:
—Suerte, Padre Cachalot.
—¡Suerte! —escupió, cómo si esa estúpida entelequia tuviera algún rasgo de existencia, como si no hubiera clamado por ella, aullado por ella durante los meses previos y hasta los años anteriores a que todo se deteriorara de forma tan definitiva, tan absurdamente pasiva. Estaban a un parpadeo de la hecatombe total y la mayor parte de ese grupo de resistencia armada aún se negaba a dejar fuera toda práctica burocrática. Eso lo pudría, lo hacía rabiar hasta lo indecible. La bilis le saturaba las papilas gustativas y sus demás sentidos, pese al omniesqueleto, se negaban a reaccionar con la velocidad deseada.
Cuando logró enfocar la mirada, su cápsula apenas emergía de entre las aguas del mar; el reloj aseguraba que no habían pasado más de tres segundos, pero a él todo aquello se le antojaba como una eternidad.
—Insuficiente, insuficiente —violó los mandos y forzó una sobrequema de combustible. Los sistemas de emergencia empezaron la expulsión de espuma antichoque aun en pleno cenit de su curva parabólica, obliterando toda visión de sus instrumentos; los displays del omnitraje parecían desquiciados, trató de sincronizarlos, evaluarlos con la mente, pero el choque llegó antes.
Una mano, un puñado de ellas pareció sumar fuerzas bajo su asiento. Hubo caos, pérdida de orientación; rebotes, como si estuviera en el centro de un balón de futbol. Cuando fue capaz de manipular su traje, liberó el corrosivo que se encargaría de la espuma antichoque.
—Metros, me está arrastrando a metros de mi objetivo —se quejó, al tiempo que vislumbraba una diminuta grieta en aquella plasta elástica que lo rodeaba. Los dedos metálicos de su omniesqueleto forzaron la fisura y consiguió salir en el inicio del nuevo arco de rebote.
Estaba aún al centro del cráter o casi allí. En el eje radial geométrico se encontraban los restos imbricados de su cápsula y, bajo ellos, la carne inmaculada de su blanco. Un brazo se crispaba en un intento por la readquisición de dominio muscular.
En ese instante, el Capitán Cachalot aterrizó, desplegando una enorme polvareda. De haber estado en la Luna, la huella de sus botas hubiera sido una falla geológica. Entonces todo se aclaró: la espesa nube de escombros que deberían saturarlo todo, estaban ausentes y también faltaba el grado extremo de radiaciones que deberían llenar la zona.
—Insuficiente, insuficiente —bramó y su traje, respondiendo al mandato de su cerebro, se erizó de armas. Sus piernas forzaron el límite nominal y se vio arrojado a escasos centímetros de su blanco.
El hombre, porque no semejaba ninguna otra cosa, no tenía un solo rasguño en su blanquísima piel; sus mismos cabellos, largos, rubios y ensortijados, carecían de todo rastro de batalla, lucían como recién salidos de un salón de belleza de altos vuelos. Las ropas, eran otro cuento: sólo girones, harapos chamuscados colgaban de su anatomía toda, esa que se hizo del todo visible en cuanto el agredido se liberara de los restos retorcidos de su cápsula como quien se quita una sábana.
El Capitán Cachalot no dudó en lo absoluto, descargó a plena potencia todas y cada una de sus armas. El estruendo fue terrible, sus piernas tenían dificultad para resistir el retroceso de tan pletórica detonación, pero se afirmó, del todo decidido. Pronto, las alarmas de emergencia empezaron a saturar su traje y un display parpadeaba en rojo el casi total agotamiento de su reserva energética. Al alcanzar el 16 por ciento, suspendió la andanada y, plegándose a sus deseos, la mayor parte se desvió hacia el despliegue de una espada de antimateria; el restante, al escudo de protección.
La hoja crepitaba al quemar los átomos circundantes en un centelleo continuo que le daba la apariencia de una espada de Zeus o de otros dioses semejantes. Blandió la hoja, procurando despejar el brumoso y cerrado ambiente; antes de conseguir el segundo mandoble un huracán lo golpeó, lo arrastró un par de metros antes de que el anclaje de su omniesqueleto lo afirmara a la tierra.
Al centro del torbellino, el rubio se abanicaba con la diestra el rostro y múltiples y encontradas corrientes surgían de ese afeminado gesto.
—Insuficiente, insuficiente —bramó el capitán Cachalot y de un salto, enarbolada a dos manos la espada, alcanzó un perfecto arco de ataque. Sus músculos, su conciencia toda centrada en ese tajo que podía imaginar: la inmaculada figura, de exagerado pene y testículos sustituidos por una estrecha vagina, era cortado, en el medio exacto, de la cabeza a la entrepierna; su sangre salpicándolo, llenando todo su ser de ese furor de triunfo.
Milésimas de segundo de goce, para sentir cómo algo terrible le estallaba en las manos. Materia contra antimateria en terrible, abominable exterminio que lo arrojara a más de quince metros de distancia. En el último impacto con el suelo, su traje entero se partió, exactamente con el apagado sonido de una nuez rota, dejándolo semidesnudo, apenas con tenis, shorts y camiseta sin mangas en camuflaje urbano, en policromía de grises.
Sus ojos no se apartaron ni un solo instante del hermafrodita desnudo. Ahora, sobre el suelo, se distrajeron analizando esos senos diminutos, como los de una mujer en exceso flaca, pero en definitiva, femeninos.
—¿Eso fue demasiado rápido para ti? —preguntó y su voz era semejante a la de un castrato y también sensual y bastante erótica. Jean Cachalot, odiaba de especial manera esos momentos, sobre todo por incontrolables; como en otras ocasiones y sin poder evitarlo, se descubrió con una erección—. Va de nuevo, entonces, mi querido Padre —y como si alguien hubiera presionado la tecla rewind y luego la de cámara lenta, en su mente, en algo así como la doble vista del drogado, pudo ver el momento exacto en que el rubio extraía una breve bayoneta flamígera y la oponía a su propia hoja; más reducción de velocidad y su espada antimateria se hacía añicos contra ese estúpido puñal flamígero—. Ah, de estúpido no tiene nada, por eso es que tengo que dejarlo en su funda.
—No es justo —bufó el capitán Jean Cachalot y escupió a la izquierda.
—Sólo Dios es justo, ya debería saberlo, Padre Jonás.
—Padre, mi puto sexo.
—Ah, no, nada de blasfemias aquí; ya bastante se te ha permitido.
—No necesito el permiso de nadie —farfulló Cachalot y en un movimiento sorprendente, se incorporó y tiró una patada, sólo para otra vez ser repelido.
—Más rewind, pues —y en su mente vio cada segmento de aquella agresión: su vuelo, el giro perfecto de su patada y el blanco, el pecho como blanco que, en un parpadeo que ni siquiera esa extrema cámara lenta fue capaz de captar: de pronto su suela golpeaba una especie de azulejo de barro y lo convertía en añicos, en polvo absoluto, uno que tenía un símbolo extraño, pero no ajeno, algo que miró durante sus cursos de teología, en especial durante la parte dedicada a los apócrifos; un símbolo angélico—. Y yo diría deífico, de cualquier manera, gracias, ahí se fue lo que tanto querías proteger. Se ha roto el séptimo sello.
—Imposible —protestó Jean Cachalot—, esa es tu tarea: romperlo.
—Mi opción es el cómo.
Haciendo uso de su entrenamiento, Jean Cachalot saltó en pie y desarrolló de inmediato una compleja kata mortal. Patadas, puñetazos, hachazos con el filo de la mano y al maldito rubio ni siquiera un pelo se le despeinaba.
—Detente, te estás perdiendo el espectáculo —y la mano del rubio aferró su derecha, la llevó a su espalda y lo obligó a presenciar lo que ocurría: el total de su comitiva rebelde, de defensa última, rodeaba al cráter y, justo en ese instante, el cielo se volvía rojo y una lluvia de fuego iniciaba para luego volverse tormenta, chubasco que arrasara con toda resistencia en un pase mágico, absoluto. La lluvia resbalaba sobre una semiesfera alrededor de ellos. Jean Cachalot se sintió en ese momento liberado de la llave de sometimiento, no de los sentimientos que lo carcomían a velocidad luz—. Ah, tampoco exageres, Padre Jonás, si te hubiera preocupado el mundo, te hubieras aplicado a cumplir tu misión.
—Siempre la he cumplido —dijo, levantando el puño—. La cumplí a extremo, me rajé el lomo tratando de hacer visible la palabra de Dios y... y... Con qué me paga él.
—Dios te paga con la vida, no te hagas el inocente ahora, Padre Jonás.
—¿Y qué es la vida?, ¡Eh!, responde.
—A mí no me vengas con minucias. Ese era el trato: vida a cambio de pleitesía. En ninguna parte de la Biblia se habla de felicidad, sólo de mera justicia. Es más, puesto en tus términos, ¿acaso no tener hijos es una condena? ¿Entonces cuál era el maldito premio a Abraham, te pregunto?
—¿Crees que con tan poco te vas a librar? —rugió, con el corazón a punto de brotarle por la garganta, con cada músculo en tensión, con cada deseo pugnando, saliendo en esa diatriba.
—Yo no necesito liberarme de nada. Es más, esto es por pura compasión, un acto que Dios pondera sobre todos los otros.
—¿Y qué significa esa puta compasión?
—Caridad. Darte tu premio, por lo que hiciste bien. Ponderas tanto el raciocinio, pobre ex-jesuita, que me pareció una adecuada salida alimentar esa parte de tu ego.
Jean Cachalot, de oficio capitán de las fuerzas de resistencia ante el apocalipsis, de ex oficio sacerdote y educador jesuita, se levantó de un salto, como impulsado por un resorte y desplegó katas más complejas, más retorcidas en forma y efectividad. A cada golpe, a cada bloqueo de su agredido, el miembro atacante parecía imbuido por una extraña anestesia, hasta que ya no hubo un ergio de energía en su ser para intentar el ataque.
—Cálmate, no eres Jacob —dijo el rubio y por primera vez una escueta sonrisa asomó en sus labios—, jamás serás llamado Israel. Jamás podrás sostener conmigo una batalla parecida.
—Si sólo hace falta ser justo, yo lo fui: luché por el débil, evangelicé.
—Sí y hasta ahí todo iba bien.
—Oré cada puto día de mi vida y, en la hora más oscura, rogué aún más. Recé sin parar por el perdón de nuestro pueblo cuando vi las señales...
—Pero terminaste rebelándote...
—Por que no fui escuchado.
—Quizá todo se reduce a un problema de comprensión, pero, a final de cuentas, da igual, malentendiste la palabra justicia. Dios es un patrón justo. En todo caso, como dijo su Hijo, un padre justo. Y como a todo patrón y padre hay una cosa que ha de ofrendársele sin rechistar: OBEDIENCIA. Y es lo que ustedes menos tuvieron, mi querido Padre Jonás, así que...
—Jean, mi nombre es Jean Cachalot.
—Jean, Johns, Jones, Jonás... meras variantes. Ustedes tienen la culpa, inventaron tantas porquerías que llenaban el éter que al final todos los mensajes les llegaron tergiversados, pero, otra vez, culpa suya. Tenías una misión, la cumpliste y la echaste a perder, así que, en tu caso, la transmigración, la reencarnación te sirvió para maldita la cosa. Más te hubiera valido fracasar en Nínive. Ahora no hay empate, ahora para ti sólo queda el castigo —movió la mano, en un gesto bastante amanerado.
Y Jean Cachalot, también conocido como Jonás en las altas esferas divinas, sintió cómo todo su cuerpo se elevaba en temperatura, hervía, se evaporaba hasta la extinción y, sin embargo, aunque todo su aprendizaje le decía que era imposible, su conciencia siguió existiendo. Era un fantasma, un podrido y, aparte, espantado fantasma. El ángel se le acercó y lo tomó por el cordón umbilical; lo arrastró tras de sí como si fuera un globo, hasta que llegaron a esa mítica parte del cielo donde todo es visible, esa que tantos profetas han relatado. Ahí los esperaban los seis ángeles restantes.
—Mirá que sos sentimental, ché. Para qué lo has traído —dijo el más orgulloso del hepteto.
—Es su premio de consolación.
—Te pasas de cruel, lo trajiste para que sufra —terció otro.
—Creo que de tanto luchar con el otro bando, ya les he aprendido algunas cosas, pero míralo, hasta parece que lo disfruta.
Jean Cachalot no disfrutaba, por el contrario, el pasmo parecía a punto de desintegrarlo. Estaba en primera fila, presenciando el apocalipsis en visión de mosca. Al unísono, a un solo tiempo era capaz de observar cómo hervían París, Buenos Aires. New York, Glastonbury, la Ciudad de México. A un tiempo era capaz de experimentar la agonía de cada ser humano muerto.
—Soltalo, ya, mirá que los de abajo ya lo esperan,
—Suerte en el infierno, mi querido Jonás —dijo el ángel y liberó su cordón umbilical.
Entonces fue capaz de verlos. No eran muy diferentes de los ángeles, más bien, la única diferencia, es que parecían clochards.
—Normalmente esto sería más como un arresto —dijo el líder—, con esposas, cadenas, golpes, macanas y toda la parafernalia, pero, la verdad, quisiéramos felicitarte.
Apestaban a azufre y los piojos llenaron su inmaterial cabellera en cuestión de segundos. Su abrazo, sin embargo, resultaba reconfortante.
—No le queda mucho tiempo al infierno, pero el Mandamás, de donde ustedes han derivado lo de Satanás, ha pedido que se te reciba en Pandemonium como a un héroe.
—Has de perdonar —dijo otro pobre diablo—, pero si no agarro tu cordón umbilical, si no te llevo como a vil globo, estás condenado a la total desintegración.
El antes capitán Jean Cachalot, ahora convertido en simple ánima condenada de nombre Jonás, se dejó arrastrar y, al fin, sin poderlo evitar más, se soltó a llorar mientras era conducido al abismo por una docena de pobres diablos que en algo le recordaban a sus amigos de infancia.
La tierra quedó atrás, muy atrás, cada vez más muerta, más calcinada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

sobre el material aquí publicado

La Langosta Se Ha Posteado. Literatura Sin Límites, es un proyecto literario en línea que aunque reconoce los usos y abusos de los internetnautas, aboga por dar y respaldar el derecho de autor.
En otras palabras, los textos que aparecen en estas pantallas dedicadas a la narrativa, son por cortesía, buena ondés de sus autores, lo cual no implica la renuncia a sus derechos de autor.
En otras palabras, los textos aquí publicados no son de dominio público, por eso, al lado del autor siempre aparece el símbolo de Copyright. No son freeware que puedas usar a tu antojo.
Si te interesa publicar algún trabajo en tu propia revista, requieres permiso expreso de sus autores.
La Langosta Se Ha Posteado, en este sentido, funge como mero órgano divulgativo y su criterio selectivo implica una particular perspectiva langostera. Por ende, el compendio mismo de los textos aquí mostrados, está sujeto a Copyright, en otras palabras, no puedes reproducir el volumen de lo aquí aparecido adjudicándote la labor de compilador.
Nada aquí, se publica por resignación.