Llegó por la antigua autopista, bordeando los zanjones habitados por el lodo. Una bestia parda, de ojo extraviados, cargaba sus bultos: mercaderías del desierto, agua del pantano, flores de la ciénaga, frutos de otro tiempo. El sol brillaba a miles de años de distancia; la mañana tejía su baba de luz espesa, amarillenta.
—Vengo del polo. Allí aprendí la lengua de los marinos que habitan esos hielos. Vi las luces en el cielo, las rayas púrpuras que vienen de otros mundos y cruzan la bóveda celeste. Es una locura mirar al cielo en el polo. Te caes.
Te vas de bruces cuando miras hacia arriba, es un abismo invertido. Además, tuve aquella enfermedad del frío; durante meses caminé perdido dentro de un círculo de montañas lejanísimas, babeando y sangrando, tropezando con mi sombra. Unos cazadores me rescataron y me llevaron a una colonia de hombres, pero les contagié la peste y fueron muriendo uno tras otro. En mucho tiempo fueron mi único alimento. En fin, aquí estoy como todos los años que vengo de regiones desoladas, sólo para cambiar mis mercancías y alguna historia por leña; si tienes peces o semillas, sería mejor. No deseo otra cosa.
—Peces hay, pero en la caverna. Semillas en ninguna parte.
Desató sus bultos y los fue apilando en la entrada de mi choza. Dejó que su bestia fuera por ahí, en busca de algo que sólo ella sabía. Me miró con sus ojos azules de tanto ver blanco.
—Vamos entonces a la caverna. Te doy una historia por los peces que pueda llevar sobre mis hombros. Los peces, al fin y al cabo, son eternos.
Subimos por una colina hasta encontrar la antigua autopista a la costa. Silbos de aves invisibles sobre el cielo luminoso. El hombre caminaba a mi espalda, oía el arrastrar de sus botas sobre la superficie agrietada del asfalto.
—Tenía miedo de no encontrar gente donde los mapas marcan su existencia. Pero por suerte te encontré. Uno se acostumbra a ver hombres en los extremos de las rutas. Cargo anillos y objetos numinosos para que la gente siga en los lugares donde voy. Mira.
Huesos. Plumas. Acero brillante. Cabellos terrosos. Rondanas opacas. Hielo atrapado en cristales.
—Voy y vengo confiado a estos objetos. Sólo yo sé su nombre exacto, esa palabra que está atrás de lo que tú llamas acero, hueso, pluma. Atrás de todo algo susurra.
—Hay noches que pienso en eso. Pienso que las cosas tienen un nombre verdadero. Es más, creo haber escuchado ese susurro que está más allá del nombre de las cosas. Me da miedo. Pero cuando las toco, nada sucede. Sólo se oyen, entonces, los insectos que cantan sus coplas en algún idioma lejano, más allá de la selva. He aprendido algunas.
—Dilas, dilas. Mientras llegamos a la caverna puedes enseñarme eso de los insectos.
Y en el idioma lejano de los insectos dije sangre y nube, agua, espejos en círculo, lumbre-fuego-llama, otro tiempo en otra parte, sol en medio del océano, plumas quebradizas, hueco de polvo, ojo en el cielo, barco de cristal, días extraños, luz interna, canción del lodo, canción del inmigrante, humo en el agua, estrella de la autopista, pared del sueño, el tiempo en una botella, un viejo por el camino, océanos topográficos. Y otras que han dejado de existir. Muchas.
—Eso. Eso de la botella está muy bien, tener el tiempo en una botella. Me recuerda que hace mucho tiempo tuve una botella. En ella había una luz-voz que parpadeaba mientras contaba cosas de los tiempos de cuando la Gran Desolación; sí, un hombre, junto a un mar de topacio, me la dio poco antes de morir. Esa noche escuché la historia de la luz-voz que salía de la botella, era como si adentro se repitiera una explosión ocurrida hace millones de años, el cristal la hacía parecer una estrella a punto de consumir sus gases y sus llamas. Tú entiendes, a punto de borrarse de los mapas del cielo. No podría repetirte la historia que contó esa botella, es terrible. Mejor te platico lo de los mapas, traje muchos de ellos. Mapas antiguos, detallados, donde cada estrella está donde está y no se mueve y ningún sabio puede tocarla o cambiarla de lugar. Mapas de mares de otros mundos, de rutas de caravanas que atraviesan continentes desaparecidos. Mapas de agua, donde el rumbo de un barco queda marcado entre las olas y sólo hay que seguir su huella como si fuera la de los pájaros en el cielo. Te podría dar alguno.
Siempre me han gustado los mapas, caminar en ellos como si en verdad fueran el mundo.
—Te daré los peces a cambio de los mapas; pero también me habías prometido una historia.
—La que quieras, la que quieras.
No lo dudé: quería oír la de la botella luminosa.
El hombre quedó en silencio. Lo repetí.
—Quiero oír la historia aquella de la Gran Desolación.
Se detuvo y me tomó de los hombros. Sus ojos me miraron fijamente.
—Conozco miles de historias en muchas lenguas. Te podría contar cosas que nunca imaginaste, que nunca podrás oír hasta otra edad del mundo. Te puedo dar todos los mapas que guardo en mis bultos. Pero esa historia que la botella anda contando quién sabe por qué lugares de sufrimiento no la repetiría. El hombre que me la dio, al momento de morir, me pidió que la destruyera; dijo que conocer aquello que la luz-voz contaba era causa de la muerte, de su muerte. Yo caí en la tentación, escuché la historia. Y desde entonces vivo en la vigilia, acechando cosas que sólo yo veo, viviendo agarrado de las uñas a estos harapos; siento que algo me jala, me arrastra a un abismo; tal vez eso sea la muerte. Vivo dentro de una máquina monstruosa, vigilado, siempre atisbando una rendija para poder salir.
No dije nada. Pero seguí pensando en la botella.
Llegamos a la entrada de la caverna. Una boca de dientes enormes abierta en un costado del monte. El comerciante sacó unas sogas de su mochila y empezamos a descolgarnos.
Pequeños derrumbes, ecos lejanos. No veíamos nada, después de varios minutos de ir descendiendo. Sin verlo, tocamos el fondo de la caverna. Organismos mínimos que latían en la noche precipitada al interior. Larvas de criaturas ciegas. Olores que iban tejiendo una tela salada, rocas detenidas en la ausencia de todo, invisibles. El hombre habló, su voz sonaba arriba de mi cabeza pero sentía el roce de sus ropas junto a mí.
—¿Esta piedra existe, logras verla?
—No. Pero está ahí. Siéntela: no se mueve, ahí está.
Caminamos entre la materia espesa de la oscuridad, remontando una corriente de sangre cosida a los ojos, alargando brazos y piernas como en la más profunda de las fosas del mar.
—Ya escucho el chapoteo de los peces, sus escamas rozando el musgo de las piedras sumergidas.
—Atraviesan su eternidad. Huyen de nosotros, nos han oído.
Peces en el frío de su estanque, navegando en otro tiempo, eternos. Cuchillos que entran y salen de la nada.
—Los oigo, los oigo.
—Cállate. Ellos también te oyen.
El ruido afilado de los peces huyendo hacia el fondo me erizaba la piel. Me detuve y toqué la orilla del agua.
—Toca el agua de los peces, llámalos con tu lejanía.
El hombre se inclinó junto a mí. Dos lucecitas lejanas, como dos hogeras en medio de la noche, brillaban a mi lado. Le dije:
—Cierra los ojos, si ven luz nunca vendrán. Sólo toca el agua, ellos sienten tu lejanía, tu tiempo remoto, y vienen hasta tus manos. La luz y el ruido los aleja. Toca el agua de los peces.
En la oscuridad, el hombre amarró los peces que habíamos atrapado. Y entonces hubo una persecución a ciegas.
Yo conocía el camino de salida, todos los días iba a la caverna por peces, durante años. Cuando no sintió mi cuerpo a su lado, me llamó; primero en voz baja, pero poco a poco subió de tono hasta gritar. Yo lo acechaba tras unas rocas, aunque sabía que él no podía ver más allá de su nariz.
—¡Hombre!, ¡hombre! ¡Hey, tú! —gritaba.
Lo sentí tropezar, escuchaba su respiración agitada, entre dientes pronunciaba palabras en alguna lengua tenebrosa.
—¡Ven aquí!, ¡no conozco el camino!, ¡ven!
Estaba a punto de tocarme sin saberlo. Lo empujé y corrí a otro sitio.
—¿Qué te sucede?, ¿por qué haces eso?, ¿acaso la oscuridad te enloquece? Es una rara enfermedad... pero ven, tengo remedios contra todos los males, del cuerpo y del alma. Ven aquí y salgamos, yo curaré tu enfermedad de la noche.
—No estoy enfermo.
—¿Dónde estás? Oigo tu voz muy lejana.
—Estoy junto a ti, a pocos pasos de ti.
—En dónde... en dónde...
Volví a correr. Alcancé a ver las dos lucecitas de sus ojos, ahora rojizas. Tal vez por el miedo o por la ira.
—Sígueme —le dije—, vamos a bailar en la oscuridad.
—Nada sé de bailes. Mejor salgamos, para que pueda verte.
Y así, poco a poco, lo fui llevando al lugar donde pendían las cuerdas con que habíamos descendido. Él gritaba, yo lo empujaba y volvía a esconderme, acercándome a la boca de la caverna.
—¡Basta... si no salimos quedaré ciego, no podré ver la luz del polo ni el amanecer en el desierto!
Yo tenía un plan. Pensaba en la botella. En su historia.
—Aquí —grité—, ven aquí y salgamos.
Con el eco de mi voz una piedra se movió y después de ella otra y otras hasta formar un derrumbe en el fondo de la caverna.
—¡Esto se cae! ¡Esto se cae! —gritaba el infeliz.
Fue entonces que corrí adonde estaba él, lo arrastré hasta las cuerdas y lo amarré a una. Era incapaz, en ese momento, de moverse. Sólo gritaba. Tomé los peces y subí.
Afuera recogí la cuerda por donde había subido y le dije al hombre que había quedado abajo, amarrado a una cuerda de la que no era capaz de valerse:
—Tengo un cuchillo en la mano. Voy a cortar la cuerda...
—¡Estás enfermo! ¡Yo puedo curarte!
—No. Nada de eso. Estoy tan sano como estos peces. Sólo te subiré si prometes algo.
—Todo. Pero súbeme ya. No veo nada.
—¡Quiero la historia de la botella!
—¡Nunca! ¡Nunca!
—¿Por qué siempre repites las palabras?
—No sé, no sé... súbeme.
—Por la historia.
—Nada de eso.
—Voy a cortar la cuerda, ya siento el frío del cuchillo en mi mano.
—¡No, imbécil! ¡No!
—La historia.
—Es por tu bien: ¡no!
Grité hacia el interior, un chillido agudo y sostenido. Esperé.
Del interior, como una marca creciente, se acercó el ruido del derrumbe.
—¡Sácame! ¡Sácame!
—La historia.
—Es tuya, te la doy para que te arrepientas de haberla oído. ¡Súbeme! ¡Esto se cae, esto se cae!
Jalé la cuerda.
—Apóyate en lo que puedas, ¡pesas mucho!
Afuera, deslumbrado por la luz del atardecer, el hombre quedó tirado, resollando entre saliva y borborigmos de anciano moribundo. Tomé una cuerda y le até las manos. Dejé un cabo para tirar de él. Esperé a que se calmara. Poco después caminábamos por el páramo desolado. Así, con las manos atadas al final de la cuerda, el comerciante se parecía a su bestia parda. Iba con la vista clavada en el suelo. Los peces se mecían en mi espalda. Yo silbaba.
De frente al ocaso me sentía feliz, a punto de recibir un regalo inesperado. Nos detuvimos al borde de un abismo que bruscamente se interponía en nuestro camino. Nos sentamos.
—Comamos aquí.
El comerciante no respondió. Se miraba las manos. Me daba pena su condición pero la perspectiva de conocer una historia insólita, una historia capaz de cambiar la vida de aquel que la supiera, hacía que atemperara mi piedad por el hombre.
—Mátame aquí —dijo de pronto.
—No voy a matarte. Todavía te quedan muchas rutas que recorrer.
—Es mejor, es mejor.
Desaté los peces y tomé dos. Le ofrecí uno. Él me enseñó el nudo que juntaba sus manos.
—De todos modos, no me gusta crudo. Aprendí a cocerlo al fuego.
Lo miré incrédulo. Ahora, después de muchos años, me he acostumbrado a comerlo así, y la época en que comía pescado crudo me parece inverosímil, la historia de otro. Pero en ese momento la sola idea de cocinarlo me dio náuseas.
—Sé hacer fuego —me dijo—, alzando por primera vez los ojos.
—Yo también, pero el fuego sólo es para mirarlo, para pensar en él. Para divertirse con la forma de las llamas.
—Si he de contarte la historia que sea después de haber comido y mientras fumo mi pipa. Si no es así, mejor mátame.
¿Qué hacer? Él era fuerte, más que yo, y era fácil que con las manos libres me apretara el cuello hasta morir. Dudaba.
La tarde se había convertido en noche, llena de planetas y estrellas girando más allá de nuestro tiempo de pescados muertos. Los insectos empezaron a cantar una copla que ya conocía y canté con ellos.
—Eso es muy hermoso. En todos mis viajes no había oído una copla tan hermosa. ¿Qué decía lo que cantaste con los insectos?
—Hablaba de otro tiempo y decía cosas, cosas tan remotas que ya nadie sabe qué significan.
—Perdidas.
—Vacías.
—Huecas.
—Deshabilitadas.
Quedamos en silencio.
Muchas veces, a la misma hora, había caminado al mismo lugar en que ahora nos encontrábamos para ver el momento justo en que las luces de la ciudad que se distinguía a lo lejos, entre la neblina del valle, se encendían. Pero en esa ocasión me sorprendió tanto ese milagro que estuve a punto de bajar corriendo a esas calles, a esas plazas, a esas luces.
—¿Qué es eso? Eso de allá abajo.
—Una ciudad.
—¡Una ciudad!
—Sí, pero no hay nadie en ella, está vacía.
—Deshabitada.
—Hueca.
—Perdida.
Ahora él mismo estaba de buen humor. Miramos durante mucho tiempo las luces. Después me levanté y corté la soga que ataba las manos del hombre. Él permaneció en la misma posición. Sólo miraba, los ojos llenos, hacia abajo, la ciudad que titilaba.
Con los ojos ardientes levanté una mano y dije:
—Allá no hay nada. Sólo la luz, el tiempo, las estatuas.
—Es tan hermoso que me ha devuelto el hambre. Comamos mientras vemos la ciudad.
De su mochila sacó algunos instrumentos e hizo fuego. Puso los peces en las brasas y comí por primera vez un pescado asado.
Después encendió su pipa y se acostó, mirando las estrellas.
—Las estrellas que ahora vemos están marcadas en los mapas que voy a darte. Son otra cosa pero brillan como estrellas.
—Tal vez sean ciudades de otros sitios, cuelgan del cielo.
—Pueder ser. Pero están muy lejos para asegurarlo. ¿Qué se puede pensar de algo que de lejos es una cosa pero que allá, donde está, es otra cosa? ¿Cómo existe con dos condiciones? ¿Estrella? ¿Ciudad?
—Si bajamos por este lado llegaremos a una autopista que lleva a la ciudad. Más allá se extiende la ciénaga y después, donde nadie ha podido llegar, está la selva, las poblaciones de los perros. Yo nunca he ido. Pero muchas veces, de noche, he venido hasta aquí para ver sus luces, sus cristales, sus edificios. Todo está intacto, acabado de hacer y en espera de ser habitado.
—Si no has ido, ¿cómo lo sabes? Todo eso de cristales y edificios.
—Lo he oído por ahí. Se cuentan historias.
Tal vez recordó la que me había prometido porque calló.
—Di tu historia ahora. Es el momento.
Su voz era tenue, entrecortada, pero ya no había terror al recordar su promesa.
—Habla también de una ciudad vacía, abandonada de repente...
Volvió a llenar su pipa. Fumando observaba la ciudad.
—Tal vez ésta sea aquélla.
—Puede ser. En realidad no sé mucho de eso.
Dudaba. Él dudaba. Lo recuerdo, recuerdo el temblor de su mano, el miedo que regresaba.
—¡No puedo! ¡No puedo hacerlo!
—Puedes —le dije.
Pero el abatimiento, como una gran ave negra, le doblaba la cabeza, lo cubría con sus alas.
—Mira la ciudad, ahí está con sus luces y sus calles. Di tu historia. Para eso se hicieron las palabras, para recordar minuciosamente y después perder los significados.
—Sí –dijo con dificultad—, hablas y pronuncias palabras que te alejan de lo que quieres decir. Ese doble filo nos orilla al abismo. Desde que sé la historia he vivido a un paso de él.
—El filo de una navaja —le puse mi cuchillo en el cuello—, eso es lo que quieres decir. Un gusano que se arrastra por el filo de una navaja. Habla entonces, gusano.
—¡Pero ya no estoy seguro de lo que digo!
—No importa, decir dos veces la misma verdad es decir una mentira. El acero en tu cuello es real, atente a eso, no te importe si no eres fiel a lo que escuchaste en la botella. Di la historia pensando en otra cosa.
—No es eso, o tal vez sí. Ya no sé. Pero el caso es que una vez salida de tu boca la palabra se mueve por sí sola, busca huecos, escondites, entradas imposibles. El caso es que terminamos hablando de otra cosa, de alguien que no somos.
—Háblame de ti entonces, gusano. Arrástrate sobre el acero —le dije haciendo presión con el cuchillo en su cuello. Somos lo que somos... pero no es cierto. Abajo está la ciudad, arriba hay ciudades. Y no sabemos cuál es cuál. ¿Qué, con toda seguridad, sigue siendo lo mismo en el momento de nombrarlo? Ése es el terror que me persigue.
—Ve las cosas: tierra, peces, fuego, roca, viento...
—Polvo en el viento, eso es más seguro. Viento no: polvo en él, siendo-no siendo, yendo-viniendo, entrando-saliendo, polvo que es viento y parte de otra cosa: tierra, cadáver, agua, roca, pez, fuego. Flotando por ahí y tomando nombres nuevos. Pero viento, nunca. Eterno como nombres tenga.
—Entonces pronuncia tus nombres, mide tu eternidad.
—Los he olvidado. Son tantos que mis años no alcanzan para decirlos. Ya soy otro. Nunca me encuentro.
—Entonces entra por otra puerta a la historia de la botella.
—El hombre de la puerta de atrás. Ese nombre es nuevo y lo tomo y lo sumo a los que ya poseo. Mi eternidad se alarga.
Con el mango del cuchillo le di un golpe en la cabeza. El hombre quedó bocabajo, llorando. Lo tomé del pelo y alcé su cara. Sus ojos eran amarillos.
—Di la historia, gusano. Arrástrate en el filo, ábrete el vientre, sácate la historia.
Lo solté. Gemía. Se quedó inmóvil. Por fin se incorporó y buscó su pipa. Encendió una llama diminuta. La sostuvo entre los dedos.
—La historia es la misma —dijo—, nunca se consume. Toma nuevos nombres, engorda su infinito. Nos toma. Pero aun así sigue siendo la historia de la noche, la única y verdadera historia del todo se acabó.
—Enciende tu pipa y habla, cuéntame lo que dijo la botella.
—Lo haré. Pero es necesario que vayamos a la ciudad. Allí es donde sucede, donde va a suceder.
Tomamos la autopista hacia el fin de la noche. La ciudad se acercaba perfecta, inmutable, eficaz. A punto de ocurrir.
—¿Sientes —me dijo— que la ciudad está a punto de suceder? ¿Sientes que está
cerca de la orilla, a un paso de pronunciar su nombre, de crearse a sí misma, de hablar por ella?
—Veo luces, calles, plazas de nadie bajo la noche, objetos que desconozco.
—¿Pero no sientes que está en el límite?
—Escucho sirenas. Autos. Pasos en las banquetas. Pero no hay nadie.
—Vamos a sentarnos en ese parque.
En medio había un farol como un ojo turbio. Bancas recién pintadas. Andadores de grava intacta. Hierba que crecía pronunciando hierba.
—Las cosas se están nombrando. Se están creando desde adentro, fluyendo en sentido inverso al tiempo, acomodando sus átomos al revés, hablándose para estar.
—Lo que sucede es que no hay nadie quien las nombre.
—No, no —moviendo la cabeza—. Escucha cómo pronuncian sus nombres como si produjeran células. Crecen al decir sus letras. Virus de la palabra. Vida a partir de diminutas lenguas que suben y bajan escondidas en los pliegues de los objetos. Oye. Pronuncia algo.
—Qué.
—Lo que sea.
—Aqualung...
—...¿Ves cómo nada sucede? ¿Ves cómo nada se crea cuando la pronuncias? Sólo los objetos saben su nombre real, aquél con el que construyen a sí mismos. Aqualung se creará cuando recuerde su nombre y lo pronuncie en el lugar donde fue llevado. Todas las cosas que andan perdidas, invisibles, esperan la memoria de sus nombres, aquella palabra que perdieron con el fuego; aguardan que vuelvan las letras que un viento nauseabundo les arrancó. Esperan, recuerdan, buscan sus letras en ese lugar donde están amontonadas, hirviendo en un caldo burbujeante, en el Hoyo de la Bomba donde todo fue a pudrirse y tomar otra condición de objeto.
—Nada existe. Eso es lo que dices.
—No, no. Digo todo. Al hablar se crea el mundo, sólo hay que encontrar la palabra exacta, el nombre verdadero de las cosas, de modo que al decirlo aparezca el mundo ante tus ojos, escupiendo objetos en el aire, brotando del vacío, ordenando su estructura a partir del hueco.
—Entonces todo ha salido de su vaina. Brilla con la certeza de lo único e irrepetible, jamás usado.
—Eso, eso. Lo que gasta a los objetos son las palabras. Envejecen a medida que los llamamos por sus nombres, se diluyen hacia dentro cada vez que decimos tierra, agua, estrella. Se van.
—Pronuncia algo. Llámalo.
—Luz.
—... La luz ha envejecido, era nueva cuando llegamos. Basta, no pronuncies nada, deja que las cosas brillen, lejos, en su soledad.
—Los objetos son sus propios padres, están pariéndose.
Mudos, veíamos el mundo suceder en nuestros ojos, ahuyentando palabras y sonidos. Metió la mano en su mochila y sacó un libro de pastas negras, a punto de deshacerse.
—Aquí lo anoté todo, para no olvidar. Desconozco el significado de muchas palabras pero sí sé pronunciarlas.
—Cállate. Cuenta la historia.
Abrió el libro, acomodó algunas hojas marchitas y cerró los ojos.
Habló durante horas. Alas ligeras, las estrellas se movían. Los objetos le respondían desde lejos. Decía "verano" y un establecimiento de hojas recorría el parque; "agua", y los peces se movían en el interior de su mochila; "fuego", y alguna lumbre quemaba mis labios; "años", y el alba se acercaba, cometas cruzaban la bóveda, que en su cenit aún era negra. Todo sucedía según era invocado en un idioma corrupto, directo, desnudo.
Alas ligeras. Polvo en el viento de la madrugada. El hombre cerró el libro y abrió los ojos; hizo una fogata con aquel objeto milenario. Preparó una bebida caliente con un ramo de flores secas que recogió por ahí. Yo vomitaba, inclinado sobre un árbol.
—Bebe esto.
Pero no podía tragar nada. Sobre mi cabeza, ahora, sentía el peso del ave negra. Sus alas me cubrían.
—No podría repetirlo. Te comprendo —dije escupiendo un hilo de bilis.
—La historia es lo de menos. Lo terrible es recordar ese nido de palabras moviéndose como gusanos. ¿Recuerdas algo de ella?
—Algo. Un sabor, un rostro, pasos por una ciudad vacía, una búsqueda descabellada, ciertas luces, el nombre de la guerra, algún crimen indecible. Nada que se pueda recordar del todo.
—Aunque pudieras, no la repetirías. No sé cómo pude hacerlo; pero para tu consuelo, no creo haberte dicho ni la mitad. Tampoco la recuerdo, oíste fragmentos y seguramente el hombre que me dio la botella sólo recordó, en el momento de morir, algunas cuantas palabras.
—Pero bastan, bastan.
—Claro, y es necesario que se acabe la cadena. Nunca la repitas. No supe lo que hice.
—Te obligué. No tienes la culpa.
—No me obligaste. Me hubieras matado y no la hubiera dicho. Algo en mí se movió, algo habló por mi boca.
—La historia hablaba. O el libro.
—En ese libro no había nada escrito, sólo me servía para poder aferrarme al mundo, para que ese viento no me arrebatara de este lugar. El libro era un amuleto, nada más. No contenía ninguna palabra.
—Pero ¿por qué lo quemaste?
—Amuleto utilizado, amuleto inútil. Era algo real y con él me guiaba entre la neblina de esos lugares donde la historia sucede, sigue sucediendo. No tienes idea del sitio donde estuve mientras te contaba la historia.
—¿Era la ciudad? ¿Estuvista ahí mientras hablaba?
—Peor: estuvo aquí, estuvimos en ella...
—Ésta. Era ésta.
—Ésta, pero otra; en otro tiempo ésta, aquí otra.
—Tú lo supiste, ¿cómo es?
—Lo ignoro, entro y salgo pero no sé dónde entro ni cómo salgo. Son las palabras las que me llevan, me muestran con el dedo cosas que ahora son polvo en el viento, reagrupándose, persiguiendo el tiempo de su antigua condición, convocando sus metales, sus moléculas, para otra edad del mundo. Objetos reales, salidos del aire, padres de ellos mismos. Nos rondan todavía.
—Repites, repites siempre. Yo vi pájaros y sentí que los peces se movían. Nada más. Pero tengo miedo. Algo, ciertamente, me acecha. Soy vigilado.
—El poder de la historia. Te tiene, sin más. Antes, de noche, sólo alcanzabas a escuchar el susurro de los objetos y lo confundías con las coplas de las insectos. Ahora, desde ahora, los verás brillar todas las madrugadas de tu vida, que ha de ser larga, insoportable. Ese brillo te anunciará que el objeto está a punto de pronunciar su nombre, de volverse otra cosa, lo que es en realidad. Los objetos, en la madrugada, dicen: soy yo, aquí me fundo y tomo nombre, soy mi padre y nazco de mí. Eso dicen, te dirán, los objetos. De madrugada.
La luz del amanecer giró al ser invocada. Una tela se rasgó más allá de la ciudad, sobre el horizonte de montañas que la rodean: la luz entraba a la ciudad, borrándola.
Regresamos por la autopista. Ya no lo recuerdo, pero atravesamos un páramo de flores diminutas que crecía junto a la ciénega.
Junto a la entrada de mi choza, su bestia dormitaba, movía las orejas, espantando las moscas. El hombre tomó la soga que pendía del cuello del animal y se alejó. Regresó al poco tiempo, solo.
—La ahogué en la ciénega. Ya dejé de viajar.
En la mano traía enrollado el lazo con el que había jalado su montura por el hielo y la selva, por el desierto y las montañas.
—Nunca trates de escribir lo que te he contado. No caigas en tentación.
Salió de la choza y durante un rato lo escuché caminar por los alrededores, a veces lograba verlo por la puerta. Yo, tendido en mi cama, temblaba de fiebre, rondado, acechado, vigilado. La historia se movía dentro de mí como un reptil en su nido. Casi al atardecer salí por un cántaro de agua. El mundo, afuera, tenía la apariencia de las cosas que soñamos cuando tenemos hambre: verde, lejano, irreal, irrecuperable.
De la rama de un árbol colgaba el cuerpo del comerciante, los ojos y la lengua de fuera. El viento lo movía lentamente.
Tomé agua y vi el sol caer. Vino la noche.
—Vengo del polo. Allí aprendí la lengua de los marinos que habitan esos hielos. Vi las luces en el cielo, las rayas púrpuras que vienen de otros mundos y cruzan la bóveda celeste. Es una locura mirar al cielo en el polo. Te caes.
Te vas de bruces cuando miras hacia arriba, es un abismo invertido. Además, tuve aquella enfermedad del frío; durante meses caminé perdido dentro de un círculo de montañas lejanísimas, babeando y sangrando, tropezando con mi sombra. Unos cazadores me rescataron y me llevaron a una colonia de hombres, pero les contagié la peste y fueron muriendo uno tras otro. En mucho tiempo fueron mi único alimento. En fin, aquí estoy como todos los años que vengo de regiones desoladas, sólo para cambiar mis mercancías y alguna historia por leña; si tienes peces o semillas, sería mejor. No deseo otra cosa.—Peces hay, pero en la caverna. Semillas en ninguna parte.
Desató sus bultos y los fue apilando en la entrada de mi choza. Dejó que su bestia fuera por ahí, en busca de algo que sólo ella sabía. Me miró con sus ojos azules de tanto ver blanco.
—Vamos entonces a la caverna. Te doy una historia por los peces que pueda llevar sobre mis hombros. Los peces, al fin y al cabo, son eternos.
Subimos por una colina hasta encontrar la antigua autopista a la costa. Silbos de aves invisibles sobre el cielo luminoso. El hombre caminaba a mi espalda, oía el arrastrar de sus botas sobre la superficie agrietada del asfalto.
—Tenía miedo de no encontrar gente donde los mapas marcan su existencia. Pero por suerte te encontré. Uno se acostumbra a ver hombres en los extremos de las rutas. Cargo anillos y objetos numinosos para que la gente siga en los lugares donde voy. Mira.
Huesos. Plumas. Acero brillante. Cabellos terrosos. Rondanas opacas. Hielo atrapado en cristales.
—Voy y vengo confiado a estos objetos. Sólo yo sé su nombre exacto, esa palabra que está atrás de lo que tú llamas acero, hueso, pluma. Atrás de todo algo susurra.
—Hay noches que pienso en eso. Pienso que las cosas tienen un nombre verdadero. Es más, creo haber escuchado ese susurro que está más allá del nombre de las cosas. Me da miedo. Pero cuando las toco, nada sucede. Sólo se oyen, entonces, los insectos que cantan sus coplas en algún idioma lejano, más allá de la selva. He aprendido algunas.
—Dilas, dilas. Mientras llegamos a la caverna puedes enseñarme eso de los insectos.
Y en el idioma lejano de los insectos dije sangre y nube, agua, espejos en círculo, lumbre-fuego-llama, otro tiempo en otra parte, sol en medio del océano, plumas quebradizas, hueco de polvo, ojo en el cielo, barco de cristal, días extraños, luz interna, canción del lodo, canción del inmigrante, humo en el agua, estrella de la autopista, pared del sueño, el tiempo en una botella, un viejo por el camino, océanos topográficos. Y otras que han dejado de existir. Muchas.
—Eso. Eso de la botella está muy bien, tener el tiempo en una botella. Me recuerda que hace mucho tiempo tuve una botella. En ella había una luz-voz que parpadeaba mientras contaba cosas de los tiempos de cuando la Gran Desolación; sí, un hombre, junto a un mar de topacio, me la dio poco antes de morir. Esa noche escuché la historia de la luz-voz que salía de la botella, era como si adentro se repitiera una explosión ocurrida hace millones de años, el cristal la hacía parecer una estrella a punto de consumir sus gases y sus llamas. Tú entiendes, a punto de borrarse de los mapas del cielo. No podría repetirte la historia que contó esa botella, es terrible. Mejor te platico lo de los mapas, traje muchos de ellos. Mapas antiguos, detallados, donde cada estrella está donde está y no se mueve y ningún sabio puede tocarla o cambiarla de lugar. Mapas de mares de otros mundos, de rutas de caravanas que atraviesan continentes desaparecidos. Mapas de agua, donde el rumbo de un barco queda marcado entre las olas y sólo hay que seguir su huella como si fuera la de los pájaros en el cielo. Te podría dar alguno.
Siempre me han gustado los mapas, caminar en ellos como si en verdad fueran el mundo.
—Te daré los peces a cambio de los mapas; pero también me habías prometido una historia.
—La que quieras, la que quieras.
No lo dudé: quería oír la de la botella luminosa.
El hombre quedó en silencio. Lo repetí.
—Quiero oír la historia aquella de la Gran Desolación.
Se detuvo y me tomó de los hombros. Sus ojos me miraron fijamente.
—Conozco miles de historias en muchas lenguas. Te podría contar cosas que nunca imaginaste, que nunca podrás oír hasta otra edad del mundo. Te puedo dar todos los mapas que guardo en mis bultos. Pero esa historia que la botella anda contando quién sabe por qué lugares de sufrimiento no la repetiría. El hombre que me la dio, al momento de morir, me pidió que la destruyera; dijo que conocer aquello que la luz-voz contaba era causa de la muerte, de su muerte. Yo caí en la tentación, escuché la historia. Y desde entonces vivo en la vigilia, acechando cosas que sólo yo veo, viviendo agarrado de las uñas a estos harapos; siento que algo me jala, me arrastra a un abismo; tal vez eso sea la muerte. Vivo dentro de una máquina monstruosa, vigilado, siempre atisbando una rendija para poder salir.
No dije nada. Pero seguí pensando en la botella.
* * *
Llegamos a la entrada de la caverna. Una boca de dientes enormes abierta en un costado del monte. El comerciante sacó unas sogas de su mochila y empezamos a descolgarnos.
Pequeños derrumbes, ecos lejanos. No veíamos nada, después de varios minutos de ir descendiendo. Sin verlo, tocamos el fondo de la caverna. Organismos mínimos que latían en la noche precipitada al interior. Larvas de criaturas ciegas. Olores que iban tejiendo una tela salada, rocas detenidas en la ausencia de todo, invisibles. El hombre habló, su voz sonaba arriba de mi cabeza pero sentía el roce de sus ropas junto a mí.—¿Esta piedra existe, logras verla?
—No. Pero está ahí. Siéntela: no se mueve, ahí está.
Caminamos entre la materia espesa de la oscuridad, remontando una corriente de sangre cosida a los ojos, alargando brazos y piernas como en la más profunda de las fosas del mar.
—Ya escucho el chapoteo de los peces, sus escamas rozando el musgo de las piedras sumergidas.
—Atraviesan su eternidad. Huyen de nosotros, nos han oído.
Peces en el frío de su estanque, navegando en otro tiempo, eternos. Cuchillos que entran y salen de la nada.
—Los oigo, los oigo.
—Cállate. Ellos también te oyen.
El ruido afilado de los peces huyendo hacia el fondo me erizaba la piel. Me detuve y toqué la orilla del agua.
—Toca el agua de los peces, llámalos con tu lejanía.
El hombre se inclinó junto a mí. Dos lucecitas lejanas, como dos hogeras en medio de la noche, brillaban a mi lado. Le dije:
—Cierra los ojos, si ven luz nunca vendrán. Sólo toca el agua, ellos sienten tu lejanía, tu tiempo remoto, y vienen hasta tus manos. La luz y el ruido los aleja. Toca el agua de los peces.
* * *
En la oscuridad, el hombre amarró los peces que habíamos atrapado. Y entonces hubo una persecución a ciegas.
Yo conocía el camino de salida, todos los días iba a la caverna por peces, durante años. Cuando no sintió mi cuerpo a su lado, me llamó; primero en voz baja, pero poco a poco subió de tono hasta gritar. Yo lo acechaba tras unas rocas, aunque sabía que él no podía ver más allá de su nariz.
—¡Hombre!, ¡hombre! ¡Hey, tú! —gritaba.
Lo sentí tropezar, escuchaba su respiración agitada, entre dientes pronunciaba palabras en alguna lengua tenebrosa.
—¡Ven aquí!, ¡no conozco el camino!, ¡ven!
Estaba a punto de tocarme sin saberlo. Lo empujé y corrí a otro sitio.
—¿Qué te sucede?, ¿por qué haces eso?, ¿acaso la oscuridad te enloquece? Es una rara enfermedad... pero ven, tengo remedios contra todos los males, del cuerpo y del alma. Ven aquí y salgamos, yo curaré tu enfermedad de la noche.
—No estoy enfermo.
—¿Dónde estás? Oigo tu voz muy lejana.
—Estoy junto a ti, a pocos pasos de ti.
—En dónde... en dónde...
Volví a correr. Alcancé a ver las dos lucecitas de sus ojos, ahora rojizas. Tal vez por el miedo o por la ira.
—Sígueme —le dije—, vamos a bailar en la oscuridad.
—Nada sé de bailes. Mejor salgamos, para que pueda verte.
Y así, poco a poco, lo fui llevando al lugar donde pendían las cuerdas con que habíamos descendido. Él gritaba, yo lo empujaba y volvía a esconderme, acercándome a la boca de la caverna.
—¡Basta... si no salimos quedaré ciego, no podré ver la luz del polo ni el amanecer en el desierto!
Yo tenía un plan. Pensaba en la botella. En su historia.
—Aquí —grité—, ven aquí y salgamos.
Con el eco de mi voz una piedra se movió y después de ella otra y otras hasta formar un derrumbe en el fondo de la caverna.
—¡Esto se cae! ¡Esto se cae! —gritaba el infeliz.
Fue entonces que corrí adonde estaba él, lo arrastré hasta las cuerdas y lo amarré a una. Era incapaz, en ese momento, de moverse. Sólo gritaba. Tomé los peces y subí.
Afuera recogí la cuerda por donde había subido y le dije al hombre que había quedado abajo, amarrado a una cuerda de la que no era capaz de valerse:
—Tengo un cuchillo en la mano. Voy a cortar la cuerda...
—¡Estás enfermo! ¡Yo puedo curarte!
—No. Nada de eso. Estoy tan sano como estos peces. Sólo te subiré si prometes algo.
—Todo. Pero súbeme ya. No veo nada.
—¡Quiero la historia de la botella!
—¡Nunca! ¡Nunca!
—¿Por qué siempre repites las palabras?
—No sé, no sé... súbeme.
—Por la historia.
—Nada de eso.
—Voy a cortar la cuerda, ya siento el frío del cuchillo en mi mano.
—¡No, imbécil! ¡No!
—La historia.
—Es por tu bien: ¡no!
Grité hacia el interior, un chillido agudo y sostenido. Esperé.
Del interior, como una marca creciente, se acercó el ruido del derrumbe.
—¡Sácame! ¡Sácame!
—La historia.
—Es tuya, te la doy para que te arrepientas de haberla oído. ¡Súbeme! ¡Esto se cae, esto se cae!
Jalé la cuerda.
—Apóyate en lo que puedas, ¡pesas mucho!
Afuera, deslumbrado por la luz del atardecer, el hombre quedó tirado, resollando entre saliva y borborigmos de anciano moribundo. Tomé una cuerda y le até las manos. Dejé un cabo para tirar de él. Esperé a que se calmara. Poco después caminábamos por el páramo desolado. Así, con las manos atadas al final de la cuerda, el comerciante se parecía a su bestia parda. Iba con la vista clavada en el suelo. Los peces se mecían en mi espalda. Yo silbaba.
De frente al ocaso me sentía feliz, a punto de recibir un regalo inesperado. Nos detuvimos al borde de un abismo que bruscamente se interponía en nuestro camino. Nos sentamos.
—Comamos aquí.
El comerciante no respondió. Se miraba las manos. Me daba pena su condición pero la perspectiva de conocer una historia insólita, una historia capaz de cambiar la vida de aquel que la supiera, hacía que atemperara mi piedad por el hombre.
—Mátame aquí —dijo de pronto.
—No voy a matarte. Todavía te quedan muchas rutas que recorrer.
—Es mejor, es mejor.
Desaté los peces y tomé dos. Le ofrecí uno. Él me enseñó el nudo que juntaba sus manos.
—De todos modos, no me gusta crudo. Aprendí a cocerlo al fuego.
Lo miré incrédulo. Ahora, después de muchos años, me he acostumbrado a comerlo así, y la época en que comía pescado crudo me parece inverosímil, la historia de otro. Pero en ese momento la sola idea de cocinarlo me dio náuseas.
—Sé hacer fuego —me dijo—, alzando por primera vez los ojos.
—Yo también, pero el fuego sólo es para mirarlo, para pensar en él. Para divertirse con la forma de las llamas.
—Si he de contarte la historia que sea después de haber comido y mientras fumo mi pipa. Si no es así, mejor mátame.
¿Qué hacer? Él era fuerte, más que yo, y era fácil que con las manos libres me apretara el cuello hasta morir. Dudaba.
La tarde se había convertido en noche, llena de planetas y estrellas girando más allá de nuestro tiempo de pescados muertos. Los insectos empezaron a cantar una copla que ya conocía y canté con ellos.
—Eso es muy hermoso. En todos mis viajes no había oído una copla tan hermosa. ¿Qué decía lo que cantaste con los insectos?
—Hablaba de otro tiempo y decía cosas, cosas tan remotas que ya nadie sabe qué significan.
—Perdidas.
—Vacías.
—Huecas.
—Deshabilitadas.
Quedamos en silencio.
Muchas veces, a la misma hora, había caminado al mismo lugar en que ahora nos encontrábamos para ver el momento justo en que las luces de la ciudad que se distinguía a lo lejos, entre la neblina del valle, se encendían. Pero en esa ocasión me sorprendió tanto ese milagro que estuve a punto de bajar corriendo a esas calles, a esas plazas, a esas luces.
—¿Qué es eso? Eso de allá abajo.
—Una ciudad.
—¡Una ciudad!
—Sí, pero no hay nadie en ella, está vacía.
—Deshabitada.
—Hueca.
—Perdida.
Ahora él mismo estaba de buen humor. Miramos durante mucho tiempo las luces. Después me levanté y corté la soga que ataba las manos del hombre. Él permaneció en la misma posición. Sólo miraba, los ojos llenos, hacia abajo, la ciudad que titilaba.
Con los ojos ardientes levanté una mano y dije:
—Allá no hay nada. Sólo la luz, el tiempo, las estatuas.
—Es tan hermoso que me ha devuelto el hambre. Comamos mientras vemos la ciudad.
De su mochila sacó algunos instrumentos e hizo fuego. Puso los peces en las brasas y comí por primera vez un pescado asado.
Después encendió su pipa y se acostó, mirando las estrellas.
—Las estrellas que ahora vemos están marcadas en los mapas que voy a darte. Son otra cosa pero brillan como estrellas.
—Tal vez sean ciudades de otros sitios, cuelgan del cielo.
—Pueder ser. Pero están muy lejos para asegurarlo. ¿Qué se puede pensar de algo que de lejos es una cosa pero que allá, donde está, es otra cosa? ¿Cómo existe con dos condiciones? ¿Estrella? ¿Ciudad?
—Si bajamos por este lado llegaremos a una autopista que lleva a la ciudad. Más allá se extiende la ciénaga y después, donde nadie ha podido llegar, está la selva, las poblaciones de los perros. Yo nunca he ido. Pero muchas veces, de noche, he venido hasta aquí para ver sus luces, sus cristales, sus edificios. Todo está intacto, acabado de hacer y en espera de ser habitado.
—Si no has ido, ¿cómo lo sabes? Todo eso de cristales y edificios.
—Lo he oído por ahí. Se cuentan historias.
Tal vez recordó la que me había prometido porque calló.
—Di tu historia ahora. Es el momento.
Su voz era tenue, entrecortada, pero ya no había terror al recordar su promesa.
—Habla también de una ciudad vacía, abandonada de repente...
Volvió a llenar su pipa. Fumando observaba la ciudad.
—Tal vez ésta sea aquélla.
—Puede ser. En realidad no sé mucho de eso.
Dudaba. Él dudaba. Lo recuerdo, recuerdo el temblor de su mano, el miedo que regresaba.
—¡No puedo! ¡No puedo hacerlo!
—Puedes —le dije.
Pero el abatimiento, como una gran ave negra, le doblaba la cabeza, lo cubría con sus alas.
—Mira la ciudad, ahí está con sus luces y sus calles. Di tu historia. Para eso se hicieron las palabras, para recordar minuciosamente y después perder los significados.
—Sí –dijo con dificultad—, hablas y pronuncias palabras que te alejan de lo que quieres decir. Ese doble filo nos orilla al abismo. Desde que sé la historia he vivido a un paso de él.
—El filo de una navaja —le puse mi cuchillo en el cuello—, eso es lo que quieres decir. Un gusano que se arrastra por el filo de una navaja. Habla entonces, gusano.
—¡Pero ya no estoy seguro de lo que digo!
—No importa, decir dos veces la misma verdad es decir una mentira. El acero en tu cuello es real, atente a eso, no te importe si no eres fiel a lo que escuchaste en la botella. Di la historia pensando en otra cosa.
—No es eso, o tal vez sí. Ya no sé. Pero el caso es que una vez salida de tu boca la palabra se mueve por sí sola, busca huecos, escondites, entradas imposibles. El caso es que terminamos hablando de otra cosa, de alguien que no somos.
—Háblame de ti entonces, gusano. Arrástrate sobre el acero —le dije haciendo presión con el cuchillo en su cuello. Somos lo que somos... pero no es cierto. Abajo está la ciudad, arriba hay ciudades. Y no sabemos cuál es cuál. ¿Qué, con toda seguridad, sigue siendo lo mismo en el momento de nombrarlo? Ése es el terror que me persigue.
—Ve las cosas: tierra, peces, fuego, roca, viento...
—Polvo en el viento, eso es más seguro. Viento no: polvo en él, siendo-no siendo, yendo-viniendo, entrando-saliendo, polvo que es viento y parte de otra cosa: tierra, cadáver, agua, roca, pez, fuego. Flotando por ahí y tomando nombres nuevos. Pero viento, nunca. Eterno como nombres tenga.
—Entonces pronuncia tus nombres, mide tu eternidad.
—Los he olvidado. Son tantos que mis años no alcanzan para decirlos. Ya soy otro. Nunca me encuentro.
—Entonces entra por otra puerta a la historia de la botella.
—El hombre de la puerta de atrás. Ese nombre es nuevo y lo tomo y lo sumo a los que ya poseo. Mi eternidad se alarga.
Con el mango del cuchillo le di un golpe en la cabeza. El hombre quedó bocabajo, llorando. Lo tomé del pelo y alcé su cara. Sus ojos eran amarillos.
—Di la historia, gusano. Arrástrate en el filo, ábrete el vientre, sácate la historia.
Lo solté. Gemía. Se quedó inmóvil. Por fin se incorporó y buscó su pipa. Encendió una llama diminuta. La sostuvo entre los dedos.
—La historia es la misma —dijo—, nunca se consume. Toma nuevos nombres, engorda su infinito. Nos toma. Pero aun así sigue siendo la historia de la noche, la única y verdadera historia del todo se acabó.
—Enciende tu pipa y habla, cuéntame lo que dijo la botella.
—Lo haré. Pero es necesario que vayamos a la ciudad. Allí es donde sucede, donde va a suceder.
* * *
Tomamos la autopista hacia el fin de la noche. La ciudad se acercaba perfecta, inmutable, eficaz. A punto de ocurrir.
—¿Sientes —me dijo— que la ciudad está a punto de suceder? ¿Sientes que está
cerca de la orilla, a un paso de pronunciar su nombre, de crearse a sí misma, de hablar por ella?—Veo luces, calles, plazas de nadie bajo la noche, objetos que desconozco.
—¿Pero no sientes que está en el límite?
—Escucho sirenas. Autos. Pasos en las banquetas. Pero no hay nadie.
—Vamos a sentarnos en ese parque.
En medio había un farol como un ojo turbio. Bancas recién pintadas. Andadores de grava intacta. Hierba que crecía pronunciando hierba.
—Las cosas se están nombrando. Se están creando desde adentro, fluyendo en sentido inverso al tiempo, acomodando sus átomos al revés, hablándose para estar.
—Lo que sucede es que no hay nadie quien las nombre.
—No, no —moviendo la cabeza—. Escucha cómo pronuncian sus nombres como si produjeran células. Crecen al decir sus letras. Virus de la palabra. Vida a partir de diminutas lenguas que suben y bajan escondidas en los pliegues de los objetos. Oye. Pronuncia algo.
—Qué.
—Lo que sea.
—Aqualung...
—...¿Ves cómo nada sucede? ¿Ves cómo nada se crea cuando la pronuncias? Sólo los objetos saben su nombre real, aquél con el que construyen a sí mismos. Aqualung se creará cuando recuerde su nombre y lo pronuncie en el lugar donde fue llevado. Todas las cosas que andan perdidas, invisibles, esperan la memoria de sus nombres, aquella palabra que perdieron con el fuego; aguardan que vuelvan las letras que un viento nauseabundo les arrancó. Esperan, recuerdan, buscan sus letras en ese lugar donde están amontonadas, hirviendo en un caldo burbujeante, en el Hoyo de la Bomba donde todo fue a pudrirse y tomar otra condición de objeto.
—Nada existe. Eso es lo que dices.
—No, no. Digo todo. Al hablar se crea el mundo, sólo hay que encontrar la palabra exacta, el nombre verdadero de las cosas, de modo que al decirlo aparezca el mundo ante tus ojos, escupiendo objetos en el aire, brotando del vacío, ordenando su estructura a partir del hueco.
—Entonces todo ha salido de su vaina. Brilla con la certeza de lo único e irrepetible, jamás usado.
—Eso, eso. Lo que gasta a los objetos son las palabras. Envejecen a medida que los llamamos por sus nombres, se diluyen hacia dentro cada vez que decimos tierra, agua, estrella. Se van.
—Pronuncia algo. Llámalo.
—Luz.
—... La luz ha envejecido, era nueva cuando llegamos. Basta, no pronuncies nada, deja que las cosas brillen, lejos, en su soledad.
—Los objetos son sus propios padres, están pariéndose.
Mudos, veíamos el mundo suceder en nuestros ojos, ahuyentando palabras y sonidos. Metió la mano en su mochila y sacó un libro de pastas negras, a punto de deshacerse.
—Aquí lo anoté todo, para no olvidar. Desconozco el significado de muchas palabras pero sí sé pronunciarlas.
—Cállate. Cuenta la historia.
Abrió el libro, acomodó algunas hojas marchitas y cerró los ojos.
* * *
Habló durante horas. Alas ligeras, las estrellas se movían. Los objetos le respondían desde lejos. Decía "verano" y un establecimiento de hojas recorría el parque; "agua", y los peces se movían en el interior de su mochila; "fuego", y alguna lumbre quemaba mis labios; "años", y el alba se acercaba, cometas cruzaban la bóveda, que en su cenit aún era negra. Todo sucedía según era invocado en un idioma corrupto, directo, desnudo.
Alas ligeras. Polvo en el viento de la madrugada. El hombre cerró el libro y abrió los ojos; hizo una fogata con aquel objeto milenario. Preparó una bebida caliente con un ramo de flores secas que recogió por ahí. Yo vomitaba, inclinado sobre un árbol.
—Bebe esto.
Pero no podía tragar nada. Sobre mi cabeza, ahora, sentía el peso del ave negra. Sus alas me cubrían.
—No podría repetirlo. Te comprendo —dije escupiendo un hilo de bilis.
—La historia es lo de menos. Lo terrible es recordar ese nido de palabras moviéndose como gusanos. ¿Recuerdas algo de ella?
—Algo. Un sabor, un rostro, pasos por una ciudad vacía, una búsqueda descabellada, ciertas luces, el nombre de la guerra, algún crimen indecible. Nada que se pueda recordar del todo.
—Aunque pudieras, no la repetirías. No sé cómo pude hacerlo; pero para tu consuelo, no creo haberte dicho ni la mitad. Tampoco la recuerdo, oíste fragmentos y seguramente el hombre que me dio la botella sólo recordó, en el momento de morir, algunas cuantas palabras.
—Pero bastan, bastan.
—Claro, y es necesario que se acabe la cadena. Nunca la repitas. No supe lo que hice.
—Te obligué. No tienes la culpa.
—No me obligaste. Me hubieras matado y no la hubiera dicho. Algo en mí se movió, algo habló por mi boca.
—La historia hablaba. O el libro.
—En ese libro no había nada escrito, sólo me servía para poder aferrarme al mundo, para que ese viento no me arrebatara de este lugar. El libro era un amuleto, nada más. No contenía ninguna palabra.
—Pero ¿por qué lo quemaste?
—Amuleto utilizado, amuleto inútil. Era algo real y con él me guiaba entre la neblina de esos lugares donde la historia sucede, sigue sucediendo. No tienes idea del sitio donde estuve mientras te contaba la historia.
—¿Era la ciudad? ¿Estuvista ahí mientras hablaba?
—Peor: estuvo aquí, estuvimos en ella...
—Ésta. Era ésta.
—Ésta, pero otra; en otro tiempo ésta, aquí otra.
—Tú lo supiste, ¿cómo es?
—Lo ignoro, entro y salgo pero no sé dónde entro ni cómo salgo. Son las palabras las que me llevan, me muestran con el dedo cosas que ahora son polvo en el viento, reagrupándose, persiguiendo el tiempo de su antigua condición, convocando sus metales, sus moléculas, para otra edad del mundo. Objetos reales, salidos del aire, padres de ellos mismos. Nos rondan todavía.
—Repites, repites siempre. Yo vi pájaros y sentí que los peces se movían. Nada más. Pero tengo miedo. Algo, ciertamente, me acecha. Soy vigilado.
—El poder de la historia. Te tiene, sin más. Antes, de noche, sólo alcanzabas a escuchar el susurro de los objetos y lo confundías con las coplas de las insectos. Ahora, desde ahora, los verás brillar todas las madrugadas de tu vida, que ha de ser larga, insoportable. Ese brillo te anunciará que el objeto está a punto de pronunciar su nombre, de volverse otra cosa, lo que es en realidad. Los objetos, en la madrugada, dicen: soy yo, aquí me fundo y tomo nombre, soy mi padre y nazco de mí. Eso dicen, te dirán, los objetos. De madrugada.
La luz del amanecer giró al ser invocada. Una tela se rasgó más allá de la ciudad, sobre el horizonte de montañas que la rodean: la luz entraba a la ciudad, borrándola.
Regresamos por la autopista. Ya no lo recuerdo, pero atravesamos un páramo de flores diminutas que crecía junto a la ciénega.
Junto a la entrada de mi choza, su bestia dormitaba, movía las orejas, espantando las moscas. El hombre tomó la soga que pendía del cuello del animal y se alejó. Regresó al poco tiempo, solo.
—La ahogué en la ciénega. Ya dejé de viajar.
En la mano traía enrollado el lazo con el que había jalado su montura por el hielo y la selva, por el desierto y las montañas.
—Nunca trates de escribir lo que te he contado. No caigas en tentación.
Salió de la choza y durante un rato lo escuché caminar por los alrededores, a veces lograba verlo por la puerta. Yo, tendido en mi cama, temblaba de fiebre, rondado, acechado, vigilado. La historia se movía dentro de mí como un reptil en su nido. Casi al atardecer salí por un cántaro de agua. El mundo, afuera, tenía la apariencia de las cosas que soñamos cuando tenemos hambre: verde, lejano, irreal, irrecuperable.
De la rama de un árbol colgaba el cuerpo del comerciante, los ojos y la lengua de fuera. El viento lo movía lentamente.
Tomé agua y vi el sol caer. Vino la noche.
Tomado de:
Meneses, Alejandro. Días Extraños. Universidad Autónoma de Puebla, Colección Asteriscos No 9, México, 1987.
Alejandro Meneses (18 de junio, Altzayanca, Tlaxcala, 1960 — 4 de julio de 2005, Puebla, Pue.), narrador que destacara dentro del ámbito poblano por lo cuidadoso de sus tratamientos, el lento desarrollo de atmósferas y un lenguaje de personal poética que le valiera, durante su vida, ser considerado el mejor cuentista de Puebla.
Heredero de los cánones literarios, estudió la carrera de Lingüística y Literatura Hispánica en la UAP. En ese mismo ámbito fue conocido también por su participación en revistas como Infame Turba. Fue profesor de SOGEM Puebla y de La Casa del Escritor. Una broma entre los talleristas aseguraba que si algún alumno deseaba perfeccionar su poesía, necesitaba entrar al taller de cuento de Meneses.
Sin ser un cultivador de la CF, sin pretender construir una historia bajo este género que durante un tiempo despreciara, este Equipo Langostero piensa que la anterior pieza es uno de los claros ejemplos de la Ciencia Ficción Lingüística y lo posteamos en este primer número como humilde homenaje a él; como una manera de compartir, más allá de estas fronteras geográficas, físicas, el trabajo de un gran literato y amigo que lamentablemente hace casi cuatro años se nos adelantara en esa travesía definitiva.
Obra Publicada
Días Extraños (UAP, 1987)
Ángela y los ciegos (Cal y Arena, 2000)
Vidas Lejanas (ABZ editores, 2003)
Casa Vacía (Lunarena, 2004)
Póstumos:
Noche adentro (BUAP, 2005)
Tan lejos, tan cerca (Educación y Cultura, 2005)

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