E
El proyectil dejó una serie de estrías humeantes en la pared tras impactase en ella. El cantinero, más preocupado por la gente que se iba sin pagar que por el enano sin oreja desangrándose en el suelo, tomó su
escopeta y amenazó con disparar a cualquier desgraciado que intentara huir.Saltando como canguro, el robusto cantinero pasó de la barra a la pista, encañonando a todo aquel que parpadeara. Los dedos de su única mano, amoratados y llenos de cortadas, temblaban ansiosos por jalar el gatillo. A simple vista él era un bisonte, un animal buscando el mínimo error para embestir.
Ensimismado en su furia, caminó entre las mesas, a veces tirando las bebidas y otras golpeando a los clientes; en su mirada acuosa se notaba que cualquiera de los que estábamos en la cantina podía terminar con una bala en el rostro.
Sin lugar a dudas, aquella bestia pensaba abrir fuego a la menor provocación, sólo era cuestión de tiempo para que alguien lo suficientemente estúpido se sintiera héroe; por eso, cuando la mujer de vestido amarillo se acercó a él no me sorprendió que le clavara una bala expansiva en el cráneo. Su voluptuoso cuerpo, enfundado en un amarillo que se teñía naranja, dio cuatro pasos antes de desplomarse, instante suficiente para ver con más detalle su escote. Clay, el necrófilo que estaba sentado junto a mí, me dijo rascándose la entrepierna: Viejo, no todos los días puedes metérsela a una mujer que no te pedirá que le digas, te amo.
Desde la mesa en que jugaba dominó con Clay, observamos el espectáculo, él atento a las piernas de la descabezada mientras yo veía al micro-hombre convulsionándose, al cantinero con su escopeta y la inquietante pintura de John Wayne de la que salió la ráfaga que mató al enano.
A
En el cuadro, el Duque lucía su famosa pose de manos en la cintura y sombrero ladeado, de camisa azul y mano firme sosteniendo el revólver que tantas victorias le dio en e
l Viejo Oeste. Wayne, tan soberbio como los caballos salvajes, sonreía clavando la mirada al frente, observando desde su lienzo estático al cantinero que hacía explotar el pecho de quienes intentaban escapar.Quizá porque la muerte estaba más cerca en representación del cantinero, o porque el espectáculo del enano tomaba tintes risibles, o porque la mujer descabezada tenía senos enormes, pero nadie observó el instante en que el Duque se llevó la mira del revolver al rostro y abrió fuego; por eso, ver al cantinero desplomarse con la espina dorsal hecha añicos y escupiendo sangre, tomó por sorpresa a todos.
Aprovechando el desorden con que se movían las personas dentro de la cantina, Clay se acercó a la mujer sin cabeza para besarle las amoratadas piernas; verlo me recordó el día que murió mi mujer pero sobre todo, vino a mi memoria el momento en que observé a Clay sodomizar su cadáver. Nunca le reclamé nada, pues más allá de ser mi amigo, tenía ese aspecto que sólo los verdaderos hijos de puta tienen.
Una carcajada áspera dejó en silencio a la gente, que se movía sobre los charcos sanguinolentos. El Duque había salido del cuadro.
S
John Wayne, cojeando un poco y escupiendo a la izquierda, se acercó a la barra, tomó una botella de whisky y después de observarla le dio un trago, aparentando indiferencia ante lo sucedido, pero bastaba que alguien diera unos pasos a la puerta para que se volteara y le metiera una bala en la nuca.La cantina iba adquiriendo olor a pólvora, la lluvia de esquirlas colmaba todo. La caída de los trozos metálicos sobre el suelo me recordó la risa de mi mujer y cómo la imaginé disfrutando desde su féretro la sacudida que le estaba dando Clay.
Mientras pensaba en eso, John Wayne notó que no le quitaba los ojos de encima, entonces fue cuando caminó hacia mí. El Duque, viéndome con desprecio, puso una bala dentro del cargador de la pistola, misma que dejó sobre la mesa, retándome a tomarla. Observé unos segundos el revólver y luego negué con la cabeza. John Wayne sonrió y me dijo que la cobardía era la mejor defensa contra malnacidos maniáticos como él. Brindé por ello. El Duque se sentó a mi lado y desde ahí puso en práctica su puntería. El sonido de los disparos hacía que me encogiera de hombros y que deseara esconderme bajo las tablas, pero el temor de que me viera huir me dejó pegado a la silla.
John Wayne tomaba como blanco a cualquiera, por eso el necrófilo no escapó; el Duque haciendo rechinar sus dientes, apuntó a la entrepierna de Clay que, sin notar el momento en quéela bala lo atravesó, aullaba desde el suelo, muriendo como uno de sus cadáveres ultrajados. Al ver la muerte de Clay, sentí una profunda admiración por el Duque y quise haber sido yo el que estuviera matando sin piedad a todos los de la cantina.
T
Cuando te acostumbras a la mierda es difícil salir de ella, por eso los que estábamos en la cantina nos tranquilizamos poco a poco; ya casi nadie intentaba escapar ni acercarse a John Wayne, que volvió a la barra para seguir bebiendo. Alguien se levantó para hacer funcionar la rockola y sacó a bailar a una de las ficheras. Al principio, el temor del disparo alejó a la gente de la pista, pero pasado el tiempo empezaron a moverse, incluso alguien tomó el cuerpo putrefacto del enano y bailó con él. El Duque permitió la fiesta y por primera vez desde que empezó la masacre se respiraba tranquilidad. La música, mezcla de rock and roll y folk cubrió la cantina que, entre nota y nota parecía un cubo reluciente de melodías frenéticas.John Wayne, que observaba con agrado a la gente bailar, soltó una serie de disparos al aire; cada una de las balas rebotaron en el techo metálico, alcanzando a derribar a algunos de los bailarines sin herirlos de gravedad. Uno de los proyectiles rozó mi brazo y fue a dar a otra de las mesas, donde estaba sentado un vaquero que llevaba en sus hombros una especie de sarape, un hombre alto y rubio que puso su atención en el tarro de cerveza que hizo explotar la bala. Su mirada, perdida en las gotas que escurrían de los cristales, simulaba un paisaje árido y sólo la risa del Duque lo sacó de su trance. El vaquero, arqueando las cejas, sacudió los fragmentos del tarro que había en su pantalón, sacó su revólver y de un tiro silenció la rockola.
W
Tras el disparo, la cantina se transformó en un sepulcro adornado de luces y cuerpos incapaces de hacer algo; todavía pasmado, un bailarín de voz chillona y temblorosa, le reclamó al pistolero el por qué acabar con la música, a lo que él respondió, entreabriendo su boca y observándonos con sus ojos azules, que nadie saldría vivo de ahí, que era mejor que nos largáramos. Como si hubiéramos ensayado, todos volteamos hacia John Wayne, que observaba lo sucedido entre la humareda de su cigarro.Cuando el pistolero volvió a apuntar su arma, di un salto tratando de escapar, pero la voz del Duque, pidiendo que no hiciera una estupidez me detuvo. Dándoles la espalda y temblando como epiléptico, escuché a John Wayne levantarse de su silla y caminar en dirección al pistolero. Tratando de ver lo sucedido, giré un poco la cabeza hasta distinguir a uno frente al otro, retándose con la mirada y con una mano puesta en el revólver. Nunca supe quién fue el primero en disparar, sólo escuché los gritos y el caer de cuerpos. Desde el suelo, y tratando de cubrirme de la balacera, me sentí fuera de lugar; no podía sentirme parte de algo cuando la mitad de los que estaban allí eran víctimas mientras yo, temeroso, me ocultaba tras las decenas de cuerpos inertes. Desde mi trinchera pude ver cómo a pesar de tantas detonaciones, los dos cowboys permanecían de pie, con su arma entre las manos, sin ningún viso de arrepentimiento y arropados por el olor de la pólvora y el crujir del metal caliente de sus pistolas.
O
El hedor seco y rancio de la pólvora se impregnó en mi rostro: sentí los ojos arder, irritándose hasta las lágrimas. La mezcla de sangre, calor y miedo me revolvió el estómago obligándome a vomitar tras la barricada. Desde ahí, pude ver al Duque y al pistolero retándose.- Maté a doce- Dijo un John Wayne furioso
- Yo a trece- La voz llena de tranquilidad del pistolero irritó aún más al Duque, que escupiéndole a las botas le dijo que ése era su número de la suerte.
- Me alegro, porque ése es el número de balas que te meteré en el pecho y no me gustaría que anduvieras muerto y sin fortuna.
John Wayne soltó una carcajada y le ofreció un trago al pistolero. Cuando el Duque notó mi presencia me ordenó que sirviera dos whiskys. No tuve más remedio que hacerlo. Temblando como quien desactiva una caja llena de explosivos, serví las bebidas. Al llevárselos, el pistolero preguntó mi nombre pero antes de hacerlo, el Duque interrumpió para decir que no importaba porque los muertos y cobardes no responden a ningún alias. Al escuchar a John Wayne, oriné mis pantalones. El pistolero pidió que apartara mi presencia de ahí; una vez más no tuve que obedecer.
Al alejarme, me imaginé como un pistolero sosteniendo un revólver con firmeza, con determinación, sin temor de reventarle la cara a mis enemigos; por desgraciada la voz profunda del Duque, retando a duelo al pistolero, interrumpió mi sueño de ser alguien.
O
Antes de la pelea, se sentaron sobre los cuerpos apilados. Yo, a las peticiones constantes de John Wayne, estuve atendiéndolos diez o quince minutos, llevando whisky y cigarrillos. En los dos se notaba seguridad de triunfo, sin embargo, el Duque se veía ansioso por disparar mientras el pistolero estaba más preocupado por impedir que me acercara a él, contándome cada vez que me aproximaba historias sobre sus asesinatos, como aquella donde hizo explotar un tren, me dijo que ese día notó que los cuerpos, antes de carbonizarse, huelen a orines.Yo estaba más nervioso que ellos porque sabía que cualquiera que fuese el resultado, mis vísceras terminarían en una bolsa negra que los médicos etiquetarían, sin importarles mi nombre, como una de las víctimas de la masacre. A fin de cuentas, como dijo John Wayne, mi nombre no significaría nada porque la bolsa quedaría junto a otros sacos llenos de cadáveres putrefactos. Mientras pensaba en eso, el Duque se levantó disparando para anunciar la contienda.
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Bajo una mesa, observé al Duque y al pistolero enfrentándose en un duelo de valentía, sin titubear, sin parpadear. Sus manos, calculadoras en tanto la distancia del revólver, se movían palpando con sua
vidad el aire, sintiendo el magnetismo del acero de los cañones. La respiración del Duque aceleró al tiempo en que el pistolero mordía sus labios.El estruendo rebotó por las paredes dejándome un zumbido constante.
No pude observar quién disparó primero, lo que sí pude ver fue al Duque desplomarse con un hueco en el vientre y al pistolero tomándose el hombro izquierdo. Inmutable ante el dolor, observó al Duque que respiraba con dificultad en el suelo y, encañonándolo una vez más, le dijo que había llegado el momento, así que abrió fuego hasta vaciar el cargador.
Al salir de debajo de la mesa, el pistolero me pidió un trago y se lo di rápidamente. Se quedó ahí un rato más, observando los cuerpos en el suelo pero no al Duque. Puso un par de balas a su revólver y me apuntó.
Al sentirme encañonado, recordé las veces que mi mujer pidió ser cremada y la terquedad de Clay por sepultarla. En ese momento, la imagen de ella, ultrajada después de su muerte, me mareó. Observé el cuadro vació de John Wayne, apreté las mandíbula y los ojos, mismos que no abrí hasta escuchar al pistolero alejarse, diciendo que ya no había tan buenos cobardes como yo.

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