El Libro de Pixeles
Narrativa Sin Límites

02/11/09

Condena Inmortal

 ©2009, Eugenio Zigurat |

En la guerra y en el amor
todo se vale
Refrán Popular


En las búsquedas aberrantes de obtener respuesta del más allá, conseguí, mediante métodos cuestionables emparentados con la alquimia y la magia verde, encontrar al fin una manera de conectar la ouija a mi PC, en especial a mi procesador de textos. La noche del 30 de octubre, mientras bebía a rabiar como es mi costumbre en Halloween, obtuve un manuscrito que a todas luces parecía provenir del más allá.
    Ahora, tras haber calmado a mis vecinos, tras entregar al de vigilancia del infonavit mi máscara de jockey y la sierra de cadena de plástico llena de sangre falsa y limpiado casi todos los estropicios que hice en casa (excepto esa mezcla de calabaza y veladora que aún pende de mi cieloraso, como carne purulenta de zombi reventado); la duda me surge: ¿Fue en verdad del más allá tal manuscrito? ¿O sólo del más allá de mi consciente?
    Quizá la duda puedan resolverla ustedes. Yo les ofrezco el manuscrito tal como apareció en mi laptop (o casi; los fantasmas parecen desconocer la ortografía, las puntuaciones y hasta los paréntesis). Es éste:


No vivo en el infierno. Vivo aquí, sin vivir. Ser fantasma es la mayor jodedera que te puede pasar en la no vida. Y conste que dije la mayor, no la peor.
    Mi nombre no tiene importancia. Es más, me da pena siquiera escribirlo, por aquello de que esto se de a conocer en el mayor medio pornográfico que existe: la maldita internet.
    Y digo maldita, porque me consta. Mi historia es un producto, un derivado de tal porquería.
    De veras que me gustaría afirmar que todo esto que estoy a punto de contar tiene un origen más fiel a quién era yo. Es más, hasta estaría orgulloso de decir que mi vida era ejemplo de rectitud y ciudadanía, que siempre voté por el partido más cercano a la iglesia, que jamás compré un disco pirata y nunca contraté a una desnudista, ni siquiera para el casi insignificante table privado (que no implica ningún contacto carnal), que mi departamento era ejemplo de orden y pulcritud y que en mi Jetta del año jamás se pudo identificar olor alguno a cigarro o peores yerbas fumables, es más, ni siquiera era identificable ninguna huella de lodo o aceite o lubricantes en tapetes o vestiduras. Yo seguía las reglas, punto por punto. Y no me andaba con payasadas extrañas. O casi no.
    Lo de las japonesas me vino como cuestión natural. En un mundo tan corrompido --quise decir prostituido--, la única opción para conocer viejas decentes era el Japón. Por aquí las que no cojean de plano ruedan. Y tampoco he de negarlo, las únicas fotos de internet que me interesaban eran de las niponas, porque ver exámenes ginecológicos y rectales en las americanas y hasta europeas (eso sí, nada como la porno por detrás de las checas y todos esos paisitos de Europa del Este), era un asco (que a veces añoro) que me provocaba náuseas.
    La cosa es que (aunque me dé pena, al fin y al cabo soy fantasma y no saben mi nombre), con todo lo buen partido que era, ni una maldita zorra se me arrimaba y yo ya andaba desesperado, no sólo porque siempre estaba como cautín, sino porque mis santos padres (que todavía siguen por allá) se la pasaban fregándome con dudas sobre mi hombría y exigencias de descendencia. Entonces, ni tardo ni perezoso, me puse a escribir en cuanto chat y nodo de encuentro y red de citas se me puso enfrente. Siempre pedía una japonesa viviendo en México, una que supiera español (o lo medio masticara) y quisiera quedarse aquí y tener hijos con un hombre solvente, de buena familia y apegado a las máximas de la decencia.
    No fracasé. Al principio la respuesta fue tibia, pero al cabo de mis rechazos públicos (cómo hay zorras que hacen cualquier mierda con tal de obtener ciudadanías, cómo hay de gays que se hacen pasar por el sexo bello), terminé por encontrar verdaderas citas interesantes. Y es de la última de la que debo hablar.
    Se llamaba Katsumi y desde la primera foto, tengo que reconocerlo, yo quedé prendado. La vieja estaba chulísima, buenísima. Una cara redonda, de nariz respingadita, de labios carnosos en pucherito; sus senos pequeños pero con una cintura, unas nalgas que hacían que la mente se me convirtiera en cámara porno.
    Como siempre, en estos casos, chateamos y chateamos hasta que ya no fue posible evitar más el encuentro.
    Nos encontramos en una plaza comercial y toda ella destilaba lujuria, desde sus alpargatas de madera hasta su semi-kimono con el moño enfrente. Creo que si entonces hubiera sabido el significado de ese nudo de regalito, tampoco la cosa hubiera resultado distinta.
    A ella se le salían las hormonas por cada centímetro de exquisita piel. A mí se me arremolinaban, se me congestionaban en cada poro hasta hacerme salivar y babear más allá de lo recomendable.
    Eso no fue todo. Implacable, la nipona empezó a hablarme de mis escritos sobre la cultura japonesa, de mis versiones críticas sobre la Segunda Guerra Mundial. Y a mí, poco a poco ya no me iban quedando líquidos; repartidos todos entre lo que prometía ser material para el orgasmo del siglo y las toneladas de saliva que derramaba, me iba quedando por completo seco y descerebrado.
    Me encantaría contarles cómo fue todo antes de irnos al departamento, pero la mera verdad temo que sea tal el impacto que, como yo, decidan quedarse de plano en esa seducción. Créanme, no vale la pena. Nadita de nada.
    Nos fajamos en el carro, en el elevador, en el pasillo, en la sala. Yo me sentía a mis anchas, como si estuviera protagonizando algún thriller soft porno, como si todo fuera a convertirse en una leyenda digna de los grandes mitos del siglo XXI, pero no. Justo a punto de quitarle la tanga, ella empezó a llorar.
    Había visto el suficiente porno japonés, estudiado más que bastante de la historia de las tierras de los samurais, por lo que no me detuve y seguí chupándole todo lo disfrutable hasta que una patada me derribó de la cama.
    Ni siquiera atinaba a decidirme entre si romperle los labios a punta de chingadazos (perdón por el francés) o sólo violarla, cuando ella se acabó de quitar los trapos y se puso ahí, así sin más, a besarme las patas con chillidos en japonés y reverencias a mí, como si fuera el Sagrado Corazón de Jesús.
    La abracé, la acaricié con ternura y mantuve a mis gónadas bajo supervisión judicial mientras le aseguraba que todo estaba bien. Entonces, justo entonces, ya en un español claro, ella lo dijo:
    --Ya soy tuya, pero para acabar de serlo, de manera física, tienes que hacer un ritual. El fantasma de mi ex-novio me persigue. No me deja en paz. Por eso me vine a México, en serio, te lo juro. Si no te deshaces de su fantasma, morirás en nuestro primer amor.
    Y entre juradas y más tonterías, logró convencerme. En pocas palabras, Katsumi aseguraba que Kohyi se había quitado la vida una tarde de verano, en la torre más alta de Hiroshima, muchos metros más arriba del parque donde se habían quedado de ver para cerrar el ritual de compromiso. Se había arrojado al vacío porque pensaba que ella no lo amaba. Y cada nuevo novio era una confirmación de sus deducciones, pese a las miles de explicaciones, pese a oir gritar, a su lado, al padre de Katsumi lo bueno que era que aquel inútil se hubiera suicidado.
    Yo creía saber todo de la cultura japonesa, pero me equivocaba. Mis errores eran tan grandes que decidí, después de estar un rato en el hotel, fingir que todo me era natural y más que sabido, que cada adición de hierbas respondía a una receta secreta que yo me sabía como a las líneas de la palma de mi mano.
    Katsumi sonreía, como si estuviera agradecida y poco a poco, sobre todo de su bolsa (cosa que entonces sólo me llenó de orgullo: esta vieja sabe a lo que viene) fuimos sacando las cosas necesarias para armar eso que ella llamaba el "altar fúnebre".
    Encuerados del todo y yo con un deseo tal que casi podía verme la cara con ese tercer ojo, acabé de trazar el último detalle con una cruz de cenizas. Ahora que lo repaso, la textura de tal polvo era en exceso húmeda y me cosquilleaba los dedos mientras iba trazándola, de espaldas al suelo, de costado al altar. Katsumi estaba a hojarcadas sobre mí y cuando terminé la cruz, ella acabó de bajar.
    El calor se hizo insoportable, en mi miembro y también en mi flanco izquierdo. Al principio no le di importancia, pero conforme el ritmo del pistoneo fue aumentando, así creció el quemor en mis costillas. Pensé que una veladora se habría caído y giré la vista sólo para ver cómo la cruz de polvo negro se agitaba, arremolinaba, de manera rápida, hasta formar la silueta de un ser humano, tamaño Max Steele, uno que no se detuvo a contemplarme. Como si fuera el engendro de un soldado furioso se arrojó contra mi cara, y empezó a arañarla. Traté de combatirlo, de aventarlo lejos con dos certeros puñetazos, entonces sentí el sexo de Katsumi, apretando el mío en una caricia que me hizo gemir.
    Y ahí acabó todo. La maldita silueta de ceniza empezó a meterse en mi boca, a asfixiarme con su cuerpo pica-pica a tal punto que ni siquiera podía toser.
    Entonces ella habló. No sé si en español o si ya para ese momento entendía el japonés, la vaina es que en ese instante ella empezó a soltar la sopa.
    --Esto es para que sepas más de Hiroshima. Mi novio murió calcinado con la primera bomba. Yo también. Esas son nuestras cenizas. Hoy, con las tuyas, vamos a tener más.
    Y el calor creció y creció, mientras ella se agitaba sobre mi vientre y él se introducía por mi garganta.
    Los recuerdos se me quemaron como vieja cinta en un cinematógrafo.
    Y sin embargo, hoy recuerdo más. Por eso quise escribir.
    Katsumi está a mi lado. No me pregunten cómo. Y también su maldito novio. Y todos los idiotas, como yo, de internet, que siguen haciéndole caso a sus mensajes.
    Al parecer la cosa es muy simple. Katsumi se posesiona de cuerpos cada que visitan su tumba, y espera, ahí, sentadita en alguna parte, sugiriéndole cosas a sus huéspedes, haciéndolos elegir víctimas, hasta que llega el siguiente portal de los muertos, en el día del diablo. Entonces resucita, se apodera de cada célula y es tamaña su furia, por la muerte sorpresiva, que hace que huésped y víctima se calcinen en eso que ya nadie quiere llamar combustión espontánea.
    Hoy, de mi cuerpo, sólo quedan cenizas. Unas que, una y otra vez, son recogidas, enviadas a nuevas direcciones de gente que es sometida a proceso policiaco, bajo sospecha de secuestro.
    Hoy logré apartarme a la casa del vecino y escribir esto. Mañana aparecerán las cenizas, la falta de otra mujer, la nueva sospecha de secuestro. Y así. Hasta que cada hombre y mujer paguen, lo que los gringos hicieron a Hiroshima.
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09/10/09

El incomprendido


©2009, Carlos Alvahuante |

Se dio un tiro. Justo en la sien derecha. Ya había tenido suficiente de depresiones, de lágrimas en la almohada, de sentirse un incomprendido permanente. Así que tomó el revólver que escondía su padre en uno de los cajones del buró, al carajo, dijo, aunque a nadie en especial, y detonó el grito de la pólvora, el olor a carne chamuscada, las salpicaduras de humo.
    Dolió. Bastante. Sobre todo después, cuando abrió los ojos. Se encontraba tirado en el suelo. Boca abajo. A su alrededor, un charco viscoso y escarlata. Sobre el revólver, su mano aún se sacudía como una tarántula moribunda. ¿Qué pasa?, se preguntó. Luego de varios esfuerzos, consiguió levantarse. Las piernas le temblaban. Pero estaba consciente, eso que ni qué: podía sentir el chorro de sangre caliente escurriéndole por la cara.
    A tropezones llegó hasta el baño. Se miró en el espejo. ¿Qué pasa?, volvió a preguntarse, aunque ahora francamente asustado ante la posibilidad de haber sobrevivido. En su reflejo había un círculo negro a la altura de la sien derecha. Dejó caer el revólver y se llevó un dedo a la herida. Recorrió el borde. Luego introdujo un dedo. Era, en definitiva, un hoyo. Decidió retacarlo con gasas para detener la hemorragia. No era que le molestara la perspectiva de morir desangrado, pero a su madre sí que le iba a molestar el batidero. Muerto o no, debía limpiar todo aquel desorden. Y limpiarlo bien, a pesar de la migraña que no lo dejaba pensar con claridad.
    Una hora después llegaron sus padres. Lo sorprendieron con el trapeador en la mano. En la cabeza, una venda teñida de rojo. Y sobre la venda, una gorra de beisbol. ¿Qué pasa?, preguntó su madre, como si ese tipo de preguntas fueran cosa de familia. Él bajó la mirada. Me di un tiro, balbuceó. Y siguió trapeando. ¡Qué barbaridad!, gritó su madre. ¡No puede ser!, exclamó su padre, quien a grandes pasos fue hasta la recámara, hasta el buró, hasta la ausencia del revólver en el cajón y entonces lo entendió todo.
    Él siguió trapeando, incapaz de levantar la mirada. Su madre se había dejado caer en una silla. Recogía lágrimas con las dos manos. Su padre volvió de la recámara con pasos pequeños. ¿Por qué lo hiciste?, preguntó. Él, el incomprendido, guardó silencio. Los padres compartieron una mirada triste, cómplice, adulta.
Vete a tu cuarto, le ordenó su madre. ¿No me van a llevar al hospital?, preguntó él. No, dijo su padre. Y agregó turbado: no.
    Recargó el trapeador en una pared y se fue cabizbajo a su recámara. Apagó la luz. Se quitó la gorra. Al acostarse se sintió más incomprendido que nunca. Exhausto, cerró los ojos. Y como cada noche, lo ilusionó la posibilidad de soñar. En sus sueños, si es que alguna vez llegaba a tenerlos, no habría depresiones, ni llanto, ni la sensación de ser un exiliado en el mundo. Al carajo, dijo, aunque esta vez a sí mismo, y se durmió. Bajo la piel de su pecho, una luz roja comenzó a parpadear, señal de que la batería se estaba cargando, señal de que un revólver no sería, nunca, suficiente.
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14/07/09

PARA-SKIM

©1997, Pepe Rojo |

Skim es todo. Skim lo es todo para mí. Vendería la mitad de mis implantes, carajo, vendería la mitad de mi alma tan sólo para estar unos minutos a solas con ella. Skim llena de colores. Skim llena de olores. Skim con ojos de circuito, con corazón en gigabytes, Skim con la voz de los ángeles, cantando canciones obscenas en mi oído cuando despierto, cuando trabajo y cuando me acuesto para dormir.
Skim se convulsiona como sólo ella lo sabe hacer en una esquina de mi cuarto. La calidad del holograma deja mucho que desear, pero de todos modos es Skim, con sus implantes cromados, con su piel tersa como arena fina y blanca, con todas las partes de su anatomía saltando en espasmos que demuestran que ella puede sentir como nunca antes nadie había sentido. Skim hace música que está más allá de toda la música. Lo dijo en una entrevista por la red. «Mis manos nunca han tocado instrumento musical que no sea el teclado de una computadora». Skim primitiva, una bestia salvaje como las que hay en el zoológico, pero sin una jaula que la detenga. Skim sofisticada, una obra de arte efímero, cuyo recuerdo la hace cada vez más bella.
Tomo el bisturí que compré la semana pasada y me corto el dedo meñique de la mano izquierda. Lo sostengo frente a mis ojos y al verlo, ya no lo puedo reconocer como mío. Nada de lo que tengo es mío, todo es de ella. El dedo gotea sangre, y poco a poco, las gotas van cayendo más lentamente. «Un labio hinchado, un ojo morado, un arma blanca; el amor no vale mucho más que eso», canta Skim en una de sus canciones. Yo te voy a demostrar lo contrario. Skim que se baña en un mar de desilusión. Ahoguémonos juntos si fallo en el intento de rescatarte. Meto el dedo meñique que antes era mío en una bolsa sellada. Después meto la bolsa en un sobre y apunto la dirección de Skim en él. La dirección la tomé de su último CD, «Adolescente Imperial». Dice que cualquier comentario para Skim será recibido en esa dirección. También hay un e-mail al que escribo diariamente, pero nunca he recibido respuesta de Skim.
Pero yo la entiendo. Skim dijo una vez en una entrevista que «el correo electrónico es muy impersonal, prefiero el contacto físico directo». Por eso le mando mi dedo meñique. Estoy seguro que en cuanto Skim toque mi dedo, me conocerá inmediatamente. Y después, quizás empiece a contestar mi correspondencia. ¿Puede haber algo más personal y directo qué eso?

* * *

Otra vez en el trabajo. La misma rutina de siempre. Llego a mi casillero y lo abro. Espero que los técnicos hayan arreglado mi brazo laboral. Ha estado teniendo fallas continuamente y mi supervisor piensa que el que tiene problemas soy yo. Desconecto mi brazo, que dice Made in Taiwan, y lo guardo. ¿No te sorprende, Skim, que nuestro cuerpo exista en partes intercambiables? Siempre me altera un poco ver el muñón que queda cuando no tengo brazo. Lo comparo con mi mano izquierda. Donde antes empezaba mi dedo meñique hay ahora una cicatriz. La piel es áspera y sensible. Apenas se empieza a formar una costra. En cambio, mi brazo derecho está limpio, su superficie es lisa, sin imperfecciones. Decenas de pequeñas conexiones se asoman, casi todas obsoletas. No lo puedo conectar a los nuevos modelos. No habría comunicación, no se podrían entender. Hice una solicitud a la compañía, para poder obtener un préstamo y escalar la interfase de mi brazo. Hasta ahora no han respondido. Lo único que me mantiene vivo eres tú, Skim. «Nuestras imperfecciones nos convertirán en dioses de aluminio», cantas en tu último CD, y yo te creo. Ajusto mi brazo laboral al muñón en mi torso. La conexión queda un poco floja. Seguramente nadie la ha arreglado.
En mi lugar de trabajo y al igual que otros cientos de empleados, conecto mi brazo al disco duro de una computadora. Me pongo unos lentes que sirven como monitor e inserto un cable que sale del disco duro en el orificio que está tras mi oreja izquierda. Así puedo controlar la producción en serie de una pieza que se está construyendo a tres mil kilómetros de aquí, en una fábrica completamente automatizada en el desierto. No sé para qué sirve la pieza que ayudo a construir, sólo sé cómo hacerla y ese es todo mi trabajo.
No me desconecto, como hacen casi todos mis compañeros de trabajo, a la hora de la comida. Quiero visitar el sitio virtual de Skim, para revisar si su mensaje semanal ya fue renovado. Como era de esperarse, no hay nada nuevo, sólo la vieja frase que he escuchado salir de los labios de Skim más de treinta veces. «No mastiques, sólo traga. Alimenta el tallo y no a la flor», me dices, mientras sonríes coquetamente, mirándome fijamente a los ojos.
En la tarde, el trabajo se hace insoportable. No hay cubículos, sino una larga mesa donde ponen todos los discos duros, y uno de los problemas del trabajo es que cuando uno está conectado en la computadora, tiende a desarrollar tics nerviosos, que si no se controlan pueden afectar las funciones del compañero que está sentado a tu lado. No hay nada más molesto que los codazos de tu compañero, o el movimiento constante de su pierna. El compañero de trabajo que está junto a mí empieza a hacerlo. Insistentemente. No sé si es mi cansancio o si sus temblores son más fuertes que otros días. Dejo por un momento la planta en la que trabajo y me conecto al servidor de «Problemas laborales» para reportarlo. Después de un momento, alguien viene a ayudarlo, pues dejo de sentir el golpeteo.
Cuando salgo del trabajo, alguien me dice que un trabajador sufrió un ataque al corazón y murió. Curiosamente, era el que reporté, el que se sentaba junto a mí. ¿Lo puedes creer, Skim?

* * *

En mi casa, en mi cama, me conecto de nuevo. Estoy en el set del video de Skim. Me acerco para tocarla. Me acerco para sentirla. Skim fantasma. Skim mujer. Ella canta con su voz que taladra mi piel sin prestarme atención. Skim suicida. En sus brazos hay cicatrices que contienen más información sobre la muerte que todas las bibliotecas del mundo. En sus brazos hay orificios donde miles de agujas han inyectado su semen, para convertirse en imágenes, para convertirse en sueños que serán capturados por la herrería oxidada de la realidad. Skim sobre el fuego. Skim sobre el agua. Skim canta cómo clava el cuchillo en el abdomen de un hombre que la traicionó. Skim dice que le da la vuelta al cuchillo para hacer el mayor daño posible. Skim dice que goza. Y abre los ojos como una niña inocente, asustada de lo que está diciendo. Y en sus ojos hay miedo. Y en su voz hay placer. Yo nunca te engañaría, Skim. Yo nunca te haría nada malo. Skim fuma mientras la música pierde coherencia. Si el amor es un cigarro, por favor Skim, quémame con él. Ciega mis ojos con el fuego discreto del tabaco, abre mi carne con las brasas de un ilusión que se convierte en humo y que se pierde en el aire. Fuma mi alma, Skim. Aspira mi cuerpo. Y si así lo deseas, después escúpeme y písame. Déjame tirado junto a una alcantarilla, que yo seré feliz. Eres todo para mi, Skim, eres todo para mi.

* * *

Nueva información y todo cambia. El mundo se vuelve a acomodar en patrones que yo nunca antes había visto. Skim viene a mi ciudad. Skim tocará en vivo ante los ojos de miles de personas, que tratarán de capturarla, de grabar su recuerdo en su memoria. Pero yo haré más, Skim, yo dejaré que tú hagas una nueva circunvolución en mi corteza cerebral. Yo dejaré que tú entres en mí y que me conviertas en algo nuevo, en algo tuyo.
Mañana empiezan a vender los boletos, y no hay nada peor que la espera en la computadora, tratando de que una sola llamada entre miles haga conexión. Me conecto y hago algo ilegal. Altero las líneas para ser uno de los primeros en comprar boletos. Es el destino Skim, estamos unidos. Soy el plástico que cubre tus cables, soy el fósforo que ilumina tu monitor, soy el cero que necesita de tu uno para existir.

* * *

El día se acerca. El día del concierto. Y decido no ir a trabajar. Faltar un día a mis labores es mortal. Hay cientos de desempleados dispuestos a tomar mi lugar. Soy una pieza intercambiable, soy dispensable, soy deshechable. Sólo tú me haces único, Skim. Lo que tú me haces sentir me convierte en humano. No hay trabajo, no hay vida, no hay cielo ni infierno, no hay más realidad que la que tú me das.
El sex shop brilla con una luz roja que atrae la mirada de la misma manera que el neón engaña a los insectos ilusionándolos con calor. Me gustan los sex shops. Nadie te mira a los ojos, todos esquivan tu mirada. Hay más culpabilidad aquí que en una cárcel. Llego al mostrador y pronuncio la única palabra que conozco: Skim. Un señor viejo y gordo me mira y eso me molesta. Me insultan sus pupilas. Me insulta que él piense que sabe lo que yo quiero. Me da una copia del CD «Adolescente Imperial». Lo aviento en el mostrador y le digo que quiero algo más. Sonríe y por un momento pienso que su sonrisa se va a hacer cada vez más grande, cercenando su cabeza que desaparecerá, flotando en el aire. Lo sigo hasta un cuarto que abre con llave. Saca otro CD, no tiene funda, y me lo da. Repite lo mismo que yo: Skim. Le creo y le pago.

* * *

Otra vez en mi casa, y me vuelvo a conectar. Ante mis ojos aparece la pantalla de presentación: Eroti-Skim. La imagen es de baja resolución, el sonido de mala calidad. Skim te mira a los ojos y dice «ven». Esto no es Skim. En un ambiente virtual tan falso como la vida, Skim empieza a desnudarse. Esto no es Skim. Ella se acerca a mí y muerde el lóbulo de mi oreja. Yo toco su piel y siento a una mujer. A una mujer como hay miles. Pero esto no es Skim. Empieza a frotarse contra mi cuerpo mientras mira en mis ojos, esperando complacerme. No eres tú, Skim. Lleva mi cuerpo a su boca y sonríe. Y el cuerpo es más gordo que Skim, menos pálido que Skim, más amable que Skim, menos distante que Skim. La voz no es de Skim. Los implantes no son de Skim. Ella me guía para que la penetre y yo no me puedo negar. Las caderas que no son Skim penetran en mi ingle. La humedad que no es de Skim escurre por mi pierna. Esto que no es Skim me quiere atrapar.
Arranco el cable de mi cráneo y me quedo desorientado por un momento, mientras eyaculo copiosamente. Hay lágrimas en mis ojos. Me acuesto en un rincón para lamer mis heridas. Necesito a Skim, no puedo vivir sin ella. Arruiné mi interfase al arrancarla y en mi cabeza hay más información que capacidad para contenerla.
Tengo ampollas en mi pene. Tengo ampollas en mi cráneo. Skim, por favor, cura las ampollas en mi alma.

* * *

Vendo todas mis cosas y rento una casa en las afueras de la ciudad. Una casa para ti, Skim. Para ti y para mí. Una casa donde empezaremos de nuevo. Sólo me quedo con la computadora. Y con comida para Skim.

* * *

El concierto es el infierno. No soporto a tanta gente junta. Siento que me quieren tragar, que me quieren convertir en un fantasma como ellos. Cada roce, cada palabra cruzada con alguno de ellos me roba un pedazo que nunca podré recuperar...
...hasta que Skim sale al escenario y me siento completo otra vez. Su apariencia es impresionante. Parece que alguien intentó cortarle el pelo a la fuerza, pero que ella lo impidió, y los mechones de pelo, de distintos colores, se asoman por toda su cabeza, en algunas partes rapada. Muestra con orgullo su interfase craneal. Su pálida piel tiene marcas de rasguños, y es como un crucigrama de cicatrices y de moretones. Sus ojos claros parecen querer saltar fuera de sus órbitas, mientras que abajo de ellos hay manchas negras, como si hubiera estado llorando durante horas y sus lágrimas de ácido hubieran ennegrecido su piel. Skim va vestida con correas que recorren todo su cuerpo. Uno de sus senos es de metal, y en vez de leche ofrece una cadena que recorre su cuerpo y se pierde entre sus piernas. Es mi cordón umbilical, dijo en alguna entrevista, prueba de que yo misma me parí. Su otro seno está tapado por masking tape, cruzando su pezón. Lo demás son ganchos y aretes que a veces dejan asomar la piel. Skim es bella. Skim es única. Skim cierra los ojos y empieza a gemir, y los sonidos que encierra su garganta llenan el auditorio y me hacen estremecerme, unido en ella a un dolor que jamás podría haber imaginado. Y Skim me llama con cada canción. Y Skim me ama con cada canción. Hay lágrimas en mis ojos y el tiempo se disuelve en el ritmo de su música, convirtiéndose en un líquido que me envuelve, donde me siento en paz, donde me siento tranquilo. Los golpes metálicos, los gritos, las melodías aberrantes que pueden lograr que cualquiera pierda su mente me tocan y estimulan todos mis poros. Salgo de mi trance para ver a Skim sollozando, convulsionándose en el suelo del escenario. Ella tiembla y el mundo lo hace al mismo tiempo. Le falta aire y tose, y el sonido áspero y seco es perfecto para la música. Con el cuerpo temblando, Skim se pone de pie, toma las cadenas que están unidas a varios aretes en su piel y las empieza a jalar. Su piel se levanta y se tensa en distintos puntos, formando pequeñas y frágiles erupciones. Skim sigue cantando con una voz que alejaría al mismo Dios, horrorizado ante la intensidad de los sentimientos, ante lo irrevocable del abismo que trata de devorar a Skim y que ella aleja con su música. Skim grita y da un jalón de sus cadenas. Su piel se rasga en veinte mil partes y en cada herida un líquido oscuro, viscoso, aparece como un punto negro, una pústula de una infección mortal que después empieza a escurrir. Ríos de sangre recorren su piel, formando un mapa de carreteras que serpentean sobre un fondo blanco, casi transparente, pero ella no deja de cantar, no deja de quejarse. Las convulsiones son cada vez más violentas y Skim ya no pronuncia palabras, sólo alcanza a cifrar sonidos que no tienen correspondencia con ningún punto en la realidad, que reflejan ideas y sentimientos que nunca nadie ha tenido, ni sufrido. Skim comete el más grande pecado que puede cometer un ser humano. Ella inventa un lenguaje nuevo, a partir de gritos, sollozos y quejidos, un lenguaje que sólo los dioses pueden entender, pues este frágil cascarón que llamamos cuerpo no encuentra manera de soportarlo. Las pupilas de Skim se esconden y sus ojos son completamente blancos, como si dirigiera su mirada hacia adentro, hacia su interior. Skim se desploma. La música acaba. Las luces se prenden. El ritual ha terminado. Y todos pueden regresar a sus casas con humildad, después de haber encontrado algo sagrado.

* * *

Yo espero en la oscuridad hasta que el estacionamiento queda vacío. Y la oscuridad me envuelve y me traga. La vida es un hueco que hay que llenar, y ese hueco tiene tu forma, Skim.
La limosina sale del estadio y las llantas levantan una nube de polvo. Mido el tiempo necesario y salgo a la calle, justo enfrente del automóvil. El chofer gira el volante por reflejo, aunque puedes jurar, Skim, que si no hubiera sido sorprendido me hubiera arrollado sin ningún remordimiento. El carro se frena abruptamente contra un muro y yo rompo el cristal con mi brazo. El chofer está semiconsciente después del choque. Abro la puerta y él trata de cerrarla. Meto mi brazo mecánico para evitar que se cierre y, aunque no puedo sentirlo, me doy cuenta que el metal se retuerce y se dobla. Abro de nuevo la puerta y golpeo al chofer, y seguramente te has de estar riendo, Skim, pues mi brazo es ahora una caricatura, una escultura deforme que sale de mi torso.
Me sorprende no encontrar ningún otro guardaespaldas en el carro y me asomo a la calle, esperando encontrar otro coche. Pero sigue vacía. Seguramente no te gusta que te sigan, Skim. No importa, todo es más fácil así. Si ellos no se preocupan, yo lo haré.
Estás acostada en el asiento trasero, completamente inmóvil. No te mueves. Quizás el choque te afectó de alguna manera. Al sacarte del carro me sorprende lo poco que pesas. Yo te voy a alimentar, Skim. Las heridas que te hiciste al arrancar las cadenas siguen ahí, y la sangre se ha hecho costra sobre tu piel. Nadie se preocupó por curarte, Skim. Por eso de ahora en adelante yo me encargaré de ti. Te cargo en mis brazos y no lo puedo creer. Eres mía. Estamos juntos. Al fin.
Vamos en mi carro, rumbo a mi casa, y tú no me respondes Skim. Y eso me preocupa. Eres el final del tiempo, Skim, su perímetro y su contenido. Me preocupas, Skim. ¿Qué vamos a hacer si estás enferma? No te puedo llevar a un hospital. Me preguntarían cosas que no sabría cómo responder, me confundirían y les diría cosas que no quiero decirles. Despierta, Skim, despierta por favor.
Quizás son las drogas. «Sólo me enfermo cuando dejo las drogas», dijiste en la red una vez. Quizás es eso. Las drogas te tienen así. Pero ya se te pasará, Skim. Y verás lo felices que vamos a ser.
Tu piel está fría, Skim. Más fría que el metal de tu seno y los cables que envuelven tu cuerpo. No te vayas a morir, Skim, no me vayas a dejar solo aquí, sin una guía que me explique cómo es la vida, que me diga de qué sustancia está construida mi existencia. No me dejes solo, Skim.
En mi cuarto, te envuelvo con sábanas y te cubro con mi cuerpo, esperando que robes mi calor, rezando para hacer las cosas de la manera correcta y que regreses a mí, Skim, que regreses con quien estabas destinada a estar. Te envuelvo en mis brazos como un capullo Después coloco tu mano sobre mi cabeza, me quedo dormido sobre tu pecho metálico, y sueño que nadamos en un mar de información y que te acercas a mí y me abrazas, convirtiendo los hechos en verdades y las mentiras en posibilidades, que tejes una telaraña a mi alrededor, envolviéndome y otorgándole una razón de ser, un programa que pueda leer el archivo de mi cuerpo y mi alma.

* * *

En la mañana sigues fría, Skim, y eso me angustia más de lo que puedes imaginar. Tu corazón está bajo un seno metálico que no me deja escucharlo, y en tu cuerpo no hay vida alguna. Abro tus ojos y estos me miran sin ninguna expresión. No hay pulso en tus venas ni aliento en tu boca. ¿Qué te hice, Skim? ¿Estás enojada? ¿Qué hice mal? Respóndeme o la locura entrará en mi cabeza y hará de ella su residencia. Una señal, cualquier señal...
Te preparo un baño. Te acuesto bajo la regadera y por fin noto alguna respuesta. Estás viva, Skim. Aunque tus movimientos son tenues, estos me dan esperanzas. Me gusta tenerte de regreso, aquí conmigo. Tu cuerpo se estremece y refleja la luz bajo el agua. Quizás estás muy débil, pero yo te compondré, yo te haré sentirte mejor. Lavo la sangre de tu piel y curo las heridas que tú misma te infligiste. Seco tu cuerpo y eso me excita, pero no te preocupes, nunca haría nada sin tu consentimiento. Te cargo y te llevo hasta la cama, y tu cuerpo recupera un poco de calor.
Vas a estar bien, Skim, vas a estar bien.

* * *

La noche no te cae bien, Skim. Tu cuerpo se empieza a enfriar y sigues sin responder. Tu piel empieza a adquirir una textura extraña, tu piel se empieza a secar como un pergamino donde cada célula es un signo que cada vez se hace más visible y permite leer tus misterios. Podría pasar horas leyendo tu cuerpo, Skim, descubriendo los misterios que en él están encriptados. Respóndeme y dame vida otra vez. Dame pasión y dame fuerzas. No hay pulso en tu cuerpo, la sangre no corre por tu cuerpo, excitando cada célula al pasar, no tienes reflejos que muevan tus músculos, no tienes aliento que me dé esperanzas. Tus ojos están secos, y no hay humedad en ellos que refleje mi mirada. La vida es fría, Skim. Pero sin ti se detiene a medio movimiento, sin ti congela.

* * *

Prendo la computadora y me conecto. Mi interfase está averiada desde hace tiempo y la conexión falla constantemente. El mundo virtual parece colapsarse sobre sí mismo en cada momento, Skim. Las figuras y las formas se deconstruyen continuamente. Llego a tu sitio en la red y hay noticias tuyas, Skim. Y yo ya no sé que pensar. Ayer y antier diste conciertos en otras ciudades, dice una voz seria y profesional. El concierto en mi ciudad fue todo un éxito. Tú estás cansada pero contenta de seguir en la gira. Y el sitio fue actualizado la noche de ayer. Yo no entiendo, Skim. Esto es muy complicado. necesito que me lo expliques personalmente. No hay noticias de lo nuestro. Nadie dice que has desaparecido. Todo sigue de lo más normal y tú estás dando un concierto ahorita mientras estás también en mi cuarto. Y eso no puede ser, Skim. Siento que estoy colgando de un hilo que alguien quiere cortar. Todo esto no cabe en mi cabeza. Me quito los visores y ahí estás, inexpresiva, fría, y en cuanto me pongo los visores te puedo ver ayer, en otra ciudad, en otro concierto. Alguien está mintiendo. Y si yo no puedo confiar en mis propios ojos, en mis propias manos, y si tú no estás para explicarme lo que pasa, qué es lo que queda, Skim. Dímelo por favor.

* * *

Tu cuerpo está marchito. Tu seno se ha encogido y el implante metálico le queda grande, pero sigue pegado a tu piel, y el metal chupa desesperadamente la seca piel que antes lo sostenía. Tus ojos están completamente inmóviles, y perdóname, Skim, pero toqué tu vagina. Tenía que hacerlo. Nunca más lo volveré a hacer sin tu consentimiento. Pero tengo que saber todo. Tengo que cerciorarme de lo que pienso y de lo que veo. Tu vagina está seca, y en tu boca no hay saliva. Y sin humedad no hay vida...

* * *

Voy a seguir tus consejos, Skim, voy a hacer lo que tú haces, para no perderme. Voy a clavarte un cuchillo en el abdomen. Voy a lavar tu traición con sangre, como tú misma dices, para que el líquido vital ponga un orden a las cosas. Perdóname, Skim. Será rápido y te prometo que dolerá lo menos posible.
Tu piel se rasga fácilmente, como un tela. Ante mi sorpresa, no hay sangre, sólo una línea negra que cruza tu abdomen. Cierro los ojos y meto la mano. Adentro está seco. «Donde no hay humedad no hay vida», dices en una de tus canciones y lloro por recordarlo. Sólo las máquinas pueden funcionar sin humedad. Hay una tela dentro de ti, Skim, no sé si ya lo sabías, pero por dentro sólo hay una tela, suave y tersa, pero sin vida. No te asustes, Skim, pero era necesario averiguarlo. Meto más la mano y me encuentro con algo sólido. Metal. «Seres de aluminio», decías en una canción. Es un tubo que está donde debía estar tu columna vertebral. El tubo está rodeado de cables, Skim.
Corto tu brazo, con mi navaja, a lo largo, como dicen que uno se debe suicidar. Adentro hay más tela, Skim. Y pedazos de metal que funcionan como huesos. Aprieto uno y tu mano se mueve. Me asusto y me alejo. Hay un número bajo tu piel, Skim. No sé si tu puedas explicar esto, pero yo ya no puedo. Sólo que alguien me haya, bueno, nos haya engañado y haya puesto una máquina en tu lugar. Pero las cicatrices que tienes están exactamente en el lugar de donde arrancaste las cadenas, Skim. Nadie puede imitar eso. Y yo te estaba viendo cuando lo hiciste. Y estabas viva. Viva como cualquier persona que escucha tu música. Viva como tu voz me hace sentir. Y el cuerpo es el mismo. Yo lo sé, Skim, yo te conozco como nadie más te ha conocido en este mundo. De eso puedes estar segura. Puedes confiar en mi.

* * *

Perdóname Skim por haber dudado de ti. Seguí tus consejos. Escuché tus discos. Casi pude reír cuando me di cuenta de lo que me estabas tratando de decir. Déjame explicarte, a ver si lo entendí bien. «Con dolor sientes, con dolor ves, el dolor abre tus ojos a un mundo sin razón; no te preocupes si no puedes llorar, clava una aguja en tu ojo». Eso es lo que querías, ¿verdad, Skim? Esto es una prueba. Es cuestión de fe. Tú eres mi realidad, Skim. Si tú no existes ya no queda nada.
Te tomo entre mis brazos y te levanto, Skim. Hoy hay que celebrar. Tú y yo vamos a bailar. Sé que no puedes seguir bien mis pasos pero no importa. Y no te vayas a confundir, las lágrimas de sangre no son de dolor, son de felicidad...
Vamos a la cama, Skim, donde te voy a abrazar. En tus ojos veo los circuitos que explican la diferencia entre locura y realidad. La vida no es de carne ni es de metal. La vida está en otra parte. Yo te voy a calentar, Skim, voy a cuidar tu piel, pues en algún momento vas a regresar.
A veces me levanto sobresaltado, pensando que moviste un brazo, o que suspiraste, o que tu corazón, por un momento, volvió a latir. No puedes empezar a imaginar mi decepción. Pero no te preocupes, toma el tiempo necesario, yo aquí voy a estar...
Yo te espero, Skim, aunque sea una eternidad, yo te espero...
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12/07/09

Índice V-1.0.1

El Holocausto Pasivo

  • La Langosta Se Ha Twitteado de José Luis Zárate. Minicuentos exclusivos para esta Langosta, apegados a la temática monográfica. En gadget permanente en la columna izquierda de este sector.
  • El Sonido del Quiebre de Eugenio Zigurat. Cuento extravagante sobre un apocalipsis más clásico, aunque no por ello, menos ácido.
  • Los Felices Días Del Bombardeo de Alejandro Badillo. Un hombre, una cueva como suerte de refugio, y el incesante bombardeo a un mundo que supone en ruinas.
  • En Un Parpadeo de Ana Delia Carrillo. Las pesadillas infantiles de una mujer parecen cobrar vida amenazando la tranquilidad de un mundo indiferente.
  • Disparos Al Aire (Il Buono, Il Codardo, Il Duce) de Yussel Dardón. Al más puro estilo pop-western (según las propias palabras del autor), un John Wayne muy particular se enfrenta a una serie de personajes de lo más heterogéneos.
  • Polifemo Sin Ojo de Gabriel Benítez. Después de un viaje accidentado a un agujero negro, el mito de Polifemo da un giro inesperado.
  • Thanatos de Armando M. Zanker. Los avances tecnológicos, la comercialización y la investigación científica convergen en la persona de Henry, un sujeto con problemas de personalidad, reducido a conejillo de Indias.
  • La Simetría Oculta de Carlos Alberto Limón. Sumido en la desesperación ante la pérdida de lo que conformaba su vida, un hombre a punto de terminar con ella, se encuentra con una oportunidad imposible de rechazar.
  • El Hombre De La Puerta De Atrás de Alejandro Meneses. Narrativa faulkneriana sin intenciones subgenéricas que termina siendo un magnífico ejemplo de ciencia ficción lingüística.
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El Sonido del Quiebre

©2009, Eugenio Zigurat |

No podía esperar a que la niebla se disipara, cada segundo era indispensable, de hecho cada millonésima de él. Las tropas se desplegaron, a su señal, como un virus hambriento, una horda de langostas que no atendían mas que a su sed de sangre.
El capitán Jean Cachalot, en la vanguardia, sin rechistar, sin un sólo quejido o protesta, gruñía por lo bajo y aferraba con excesiva energía el manubrio del periscopio. Sus sentidos expandidos por el omniesqueleto buscaban distinguir las resultantes de la reciente acometida: doscientas cabezas nucleares contra un blanco de ínfima escala, idéntica en medida métrica a la humana, calculadas para detonar a distintas alturas, algunas incluso por debajo del nivel del mar. Sólo un cinco por ciento de ellas fallaron en su misión, y eso al inicio de toda la campaña y, sin embargo...
—Insuficiente, insuficiente —bramó el Capitán Cachalot y, acto seguido, como si su vida se hubiera desarrollado en simbiosis con aquel aparato, como si sus días se hubieran gastado frente a la pantalla de un video-juego, activó de forma expedita y certera la secuencia de autolanzamiento.
—¡No! —bramó el general Briones— Está saltándose los protocolos, usted no tiene la autoridad suficiente para...
—Just watch me —respondió el aludido e incluso su voz en el sistema de comunicaciones resultó apagada por los chasquidos de los cierres herméticos y los subsecuentes rugidos de los motores. En su complejo pero acelerado digitar, el Capitán Cachalot había aislado, convertido en un misil balístico una sección vital del submarino.
A punto de la asfixia, entre el abrazo de los cinturones de seguridad y las manos asquerosas de una gravedad multiplicada que lo oprimían contra el asiento, aún alcanzó a escuchar la plegaria múltiple, unísona de los operadores de comunicación de toda su flotilla:
—Suerte, Padre Cachalot.
—¡Suerte! —escupió, cómo si esa estúpida entelequia tuviera algún rasgo de existencia, como si no hubiera clamado por ella, aullado por ella durante los meses previos y hasta los años anteriores a que todo se deteriorara de forma tan definitiva, tan absurdamente pasiva. Estaban a un parpadeo de la hecatombe total y la mayor parte de ese grupo de resistencia armada aún se negaba a dejar fuera toda práctica burocrática. Eso lo pudría, lo hacía rabiar hasta lo indecible. La bilis le saturaba las papilas gustativas y sus demás sentidos, pese al omniesqueleto, se negaban a reaccionar con la velocidad deseada.
Cuando logró enfocar la mirada, su cápsula apenas emergía de entre las aguas del mar; el reloj aseguraba que no habían pasado más de tres segundos, pero a él todo aquello se le antojaba como una eternidad.
—Insuficiente, insuficiente —violó los mandos y forzó una sobrequema de combustible. Los sistemas de emergencia empezaron la expulsión de espuma antichoque aun en pleno cenit de su curva parabólica, obliterando toda visión de sus instrumentos; los displays del omnitraje parecían desquiciados, trató de sincronizarlos, evaluarlos con la mente, pero el choque llegó antes.
Una mano, un puñado de ellas pareció sumar fuerzas bajo su asiento. Hubo caos, pérdida de orientación; rebotes, como si estuviera en el centro de un balón de futbol. Cuando fue capaz de manipular su traje, liberó el corrosivo que se encargaría de la espuma antichoque.
—Metros, me está arrastrando a metros de mi objetivo —se quejó, al tiempo que vislumbraba una diminuta grieta en aquella plasta elástica que lo rodeaba. Los dedos metálicos de su omniesqueleto forzaron la fisura y consiguió salir en el inicio del nuevo arco de rebote.
Estaba aún al centro del cráter o casi allí. En el eje radial geométrico se encontraban los restos imbricados de su cápsula y, bajo ellos, la carne inmaculada de su blanco. Un brazo se crispaba en un intento por la readquisición de dominio muscular.
En ese instante, el Capitán Cachalot aterrizó, desplegando una enorme polvareda. De haber estado en la Luna, la huella de sus botas hubiera sido una falla geológica. Entonces todo se aclaró: la espesa nube de escombros que deberían saturarlo todo, estaban ausentes y también faltaba el grado extremo de radiaciones que deberían llenar la zona.
—Insuficiente, insuficiente —bramó y su traje, respondiendo al mandato de su cerebro, se erizó de armas. Sus piernas forzaron el límite nominal y se vio arrojado a escasos centímetros de su blanco.
El hombre, porque no semejaba ninguna otra cosa, no tenía un solo rasguño en su blanquísima piel; sus mismos cabellos, largos, rubios y ensortijados, carecían de todo rastro de batalla, lucían como recién salidos de un salón de belleza de altos vuelos. Las ropas, eran otro cuento: sólo girones, harapos chamuscados colgaban de su anatomía toda, esa que se hizo del todo visible en cuanto el agredido se liberara de los restos retorcidos de su cápsula como quien se quita una sábana.
El Capitán Cachalot no dudó en lo absoluto, descargó a plena potencia todas y cada una de sus armas. El estruendo fue terrible, sus piernas tenían dificultad para resistir el retroceso de tan pletórica detonación, pero se afirmó, del todo decidido. Pronto, las alarmas de emergencia empezaron a saturar su traje y un display parpadeaba en rojo el casi total agotamiento de su reserva energética. Al alcanzar el 16 por ciento, suspendió la andanada y, plegándose a sus deseos, la mayor parte se desvió hacia el despliegue de una espada de antimateria; el restante, al escudo de protección.
La hoja crepitaba al quemar los átomos circundantes en un centelleo continuo que le daba la apariencia de una espada de Zeus o de otros dioses semejantes. Blandió la hoja, procurando despejar el brumoso y cerrado ambiente; antes de conseguir el segundo mandoble un huracán lo golpeó, lo arrastró un par de metros antes de que el anclaje de su omniesqueleto lo afirmara a la tierra.
Al centro del torbellino, el rubio se abanicaba con la diestra el rostro y múltiples y encontradas corrientes surgían de ese afeminado gesto.
—Insuficiente, insuficiente —bramó el capitán Cachalot y de un salto, enarbolada a dos manos la espada, alcanzó un perfecto arco de ataque. Sus músculos, su conciencia toda centrada en ese tajo que podía imaginar: la inmaculada figura, de exagerado pene y testículos sustituidos por una estrecha vagina, era cortado, en el medio exacto, de la cabeza a la entrepierna; su sangre salpicándolo, llenando todo su ser de ese furor de triunfo.
Milésimas de segundo de goce, para sentir cómo algo terrible le estallaba en las manos. Materia contra antimateria en terrible, abominable exterminio que lo arrojara a más de quince metros de distancia. En el último impacto con el suelo, su traje entero se partió, exactamente con el apagado sonido de una nuez rota, dejándolo semidesnudo, apenas con tenis, shorts y camiseta sin mangas en camuflaje urbano, en policromía de grises.
Sus ojos no se apartaron ni un solo instante del hermafrodita desnudo. Ahora, sobre el suelo, se distrajeron analizando esos senos diminutos, como los de una mujer en exceso flaca, pero en definitiva, femeninos.
—¿Eso fue demasiado rápido para ti? —preguntó y su voz era semejante a la de un castrato y también sensual y bastante erótica. Jean Cachalot, odiaba de especial manera esos momentos, sobre todo por incontrolables; como en otras ocasiones y sin poder evitarlo, se descubrió con una erección—. Va de nuevo, entonces, mi querido Padre —y como si alguien hubiera presionado la tecla rewind y luego la de cámara lenta, en su mente, en algo así como la doble vista del drogado, pudo ver el momento exacto en que el rubio extraía una breve bayoneta flamígera y la oponía a su propia hoja; más reducción de velocidad y su espada antimateria se hacía añicos contra ese estúpido puñal flamígero—. Ah, de estúpido no tiene nada, por eso es que tengo que dejarlo en su funda.
—No es justo —bufó el capitán Jean Cachalot y escupió a la izquierda.
—Sólo Dios es justo, ya debería saberlo, Padre Jonás.
—Padre, mi puto sexo.
—Ah, no, nada de blasfemias aquí; ya bastante se te ha permitido.
—No necesito el permiso de nadie —farfulló Cachalot y en un movimiento sorprendente, se incorporó y tiró una patada, sólo para otra vez ser repelido.
—Más rewind, pues —y en su mente vio cada segmento de aquella agresión: su vuelo, el giro perfecto de su patada y el blanco, el pecho como blanco que, en un parpadeo que ni siquiera esa extrema cámara lenta fue capaz de captar: de pronto su suela golpeaba una especie de azulejo de barro y lo convertía en añicos, en polvo absoluto, uno que tenía un símbolo extraño, pero no ajeno, algo que miró durante sus cursos de teología, en especial durante la parte dedicada a los apócrifos; un símbolo angélico—. Y yo diría deífico, de cualquier manera, gracias, ahí se fue lo que tanto querías proteger. Se ha roto el séptimo sello.
—Imposible —protestó Jean Cachalot—, esa es tu tarea: romperlo.
—Mi opción es el cómo.
Haciendo uso de su entrenamiento, Jean Cachalot saltó en pie y desarrolló de inmediato una compleja kata mortal. Patadas, puñetazos, hachazos con el filo de la mano y al maldito rubio ni siquiera un pelo se le despeinaba.
—Detente, te estás perdiendo el espectáculo —y la mano del rubio aferró su derecha, la llevó a su espalda y lo obligó a presenciar lo que ocurría: el total de su comitiva rebelde, de defensa última, rodeaba al cráter y, justo en ese instante, el cielo se volvía rojo y una lluvia de fuego iniciaba para luego volverse tormenta, chubasco que arrasara con toda resistencia en un pase mágico, absoluto. La lluvia resbalaba sobre una semiesfera alrededor de ellos. Jean Cachalot se sintió en ese momento liberado de la llave de sometimiento, no de los sentimientos que lo carcomían a velocidad luz—. Ah, tampoco exageres, Padre Jonás, si te hubiera preocupado el mundo, te hubieras aplicado a cumplir tu misión.
—Siempre la he cumplido —dijo, levantando el puño—. La cumplí a extremo, me rajé el lomo tratando de hacer visible la palabra de Dios y... y... Con qué me paga él.
—Dios te paga con la vida, no te hagas el inocente ahora, Padre Jonás.
—¿Y qué es la vida?, ¡Eh!, responde.
—A mí no me vengas con minucias. Ese era el trato: vida a cambio de pleitesía. En ninguna parte de la Biblia se habla de felicidad, sólo de mera justicia. Es más, puesto en tus términos, ¿acaso no tener hijos es una condena? ¿Entonces cuál era el maldito premio a Abraham, te pregunto?
—¿Crees que con tan poco te vas a librar? —rugió, con el corazón a punto de brotarle por la garganta, con cada músculo en tensión, con cada deseo pugnando, saliendo en esa diatriba.
—Yo no necesito liberarme de nada. Es más, esto es por pura compasión, un acto que Dios pondera sobre todos los otros.
—¿Y qué significa esa puta compasión?
—Caridad. Darte tu premio, por lo que hiciste bien. Ponderas tanto el raciocinio, pobre ex-jesuita, que me pareció una adecuada salida alimentar esa parte de tu ego.
Jean Cachalot, de oficio capitán de las fuerzas de resistencia ante el apocalipsis, de ex oficio sacerdote y educador jesuita, se levantó de un salto, como impulsado por un resorte y desplegó katas más complejas, más retorcidas en forma y efectividad. A cada golpe, a cada bloqueo de su agredido, el miembro atacante parecía imbuido por una extraña anestesia, hasta que ya no hubo un ergio de energía en su ser para intentar el ataque.
—Cálmate, no eres Jacob —dijo el rubio y por primera vez una escueta sonrisa asomó en sus labios—, jamás serás llamado Israel. Jamás podrás sostener conmigo una batalla parecida.
—Si sólo hace falta ser justo, yo lo fui: luché por el débil, evangelicé.
—Sí y hasta ahí todo iba bien.
—Oré cada puto día de mi vida y, en la hora más oscura, rogué aún más. Recé sin parar por el perdón de nuestro pueblo cuando vi las señales...
—Pero terminaste rebelándote...
—Por que no fui escuchado.
—Quizá todo se reduce a un problema de comprensión, pero, a final de cuentas, da igual, malentendiste la palabra justicia. Dios es un patrón justo. En todo caso, como dijo su Hijo, un padre justo. Y como a todo patrón y padre hay una cosa que ha de ofrendársele sin rechistar: OBEDIENCIA. Y es lo que ustedes menos tuvieron, mi querido Padre Jonás, así que...
—Jean, mi nombre es Jean Cachalot.
—Jean, Johns, Jones, Jonás... meras variantes. Ustedes tienen la culpa, inventaron tantas porquerías que llenaban el éter que al final todos los mensajes les llegaron tergiversados, pero, otra vez, culpa suya. Tenías una misión, la cumpliste y la echaste a perder, así que, en tu caso, la transmigración, la reencarnación te sirvió para maldita la cosa. Más te hubiera valido fracasar en Nínive. Ahora no hay empate, ahora para ti sólo queda el castigo —movió la mano, en un gesto bastante amanerado.
Y Jean Cachalot, también conocido como Jonás en las altas esferas divinas, sintió cómo todo su cuerpo se elevaba en temperatura, hervía, se evaporaba hasta la extinción y, sin embargo, aunque todo su aprendizaje le decía que era imposible, su conciencia siguió existiendo. Era un fantasma, un podrido y, aparte, espantado fantasma. El ángel se le acercó y lo tomó por el cordón umbilical; lo arrastró tras de sí como si fuera un globo, hasta que llegaron a esa mítica parte del cielo donde todo es visible, esa que tantos profetas han relatado. Ahí los esperaban los seis ángeles restantes.
—Mirá que sos sentimental, ché. Para qué lo has traído —dijo el más orgulloso del hepteto.
—Es su premio de consolación.
—Te pasas de cruel, lo trajiste para que sufra —terció otro.
—Creo que de tanto luchar con el otro bando, ya les he aprendido algunas cosas, pero míralo, hasta parece que lo disfruta.
Jean Cachalot no disfrutaba, por el contrario, el pasmo parecía a punto de desintegrarlo. Estaba en primera fila, presenciando el apocalipsis en visión de mosca. Al unísono, a un solo tiempo era capaz de observar cómo hervían París, Buenos Aires. New York, Glastonbury, la Ciudad de México. A un tiempo era capaz de experimentar la agonía de cada ser humano muerto.
—Soltalo, ya, mirá que los de abajo ya lo esperan,
—Suerte en el infierno, mi querido Jonás —dijo el ángel y liberó su cordón umbilical.
Entonces fue capaz de verlos. No eran muy diferentes de los ángeles, más bien, la única diferencia, es que parecían clochards.
—Normalmente esto sería más como un arresto —dijo el líder—, con esposas, cadenas, golpes, macanas y toda la parafernalia, pero, la verdad, quisiéramos felicitarte.
Apestaban a azufre y los piojos llenaron su inmaterial cabellera en cuestión de segundos. Su abrazo, sin embargo, resultaba reconfortante.
—No le queda mucho tiempo al infierno, pero el Mandamás, de donde ustedes han derivado lo de Satanás, ha pedido que se te reciba en Pandemonium como a un héroe.
—Has de perdonar —dijo otro pobre diablo—, pero si no agarro tu cordón umbilical, si no te llevo como a vil globo, estás condenado a la total desintegración.
El antes capitán Jean Cachalot, ahora convertido en simple ánima condenada de nombre Jonás, se dejó arrastrar y, al fin, sin poderlo evitar más, se soltó a llorar mientras era conducido al abismo por una docena de pobres diablos que en algo le recordaban a sus amigos de infancia.
La tierra quedó atrás, muy atrás, cada vez más muerta, más calcinada.
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07/02/09

La Simetría Oculta

©2005, Carlos Alberto Limón |

I
Lluvia. Lluvia fina y tenaz cayendo sobre el pavimento.
Lluvia ilógica de primavera.
Lluvia como lágrimas.
Lágrimas rodándole por el rostro enfermo, carcomido por la desgracia.
Ve al hombre circular en su Suburban por el boulevard San Felipe Hueyotlipan, cerca del Suburbia de Reforma. Ve su cara delgada, austera, exultante, llena de felicidad. Un triunfador, sin duda. Como él lo fue en algún momento. También lo ve perderse entre el tráfico, entre la lluvia, que lo cubre con su manto; un telón cerrando el primer acto de esa vida.
El último de la suya.
La gente corre presurosa para guarecerse a buen puerto; las parejas, con el pretexto de cubrirse, acercan sus cuerpos más de lo permitido en otras ocasiones. Los autos y el transporte urbano circulan a toda prisa, levantando grandes ráfagas de agua que le caen directamente, aunque eso ya no importe en realidad. Protegido por su vieja gabardina negra Club Europe importada (el único recuerdo de su vida anterior) dirige sus pasos hacia la Prolongación de la Reforma, hacia su destino final: ese puente con sendos espectaculares que nunca tomó en cuenta, mientras iba a su trabajo, en pleno corazón de La Paz, día tras día.
Hasta hoy.
Mientras camina hacia su destino corren veloces frente a sus ojos los recuerdos. Sucesos tan insignificantes que ni siquiera valieron una nota en los diarios. Su muerte tampoco, sin duda, será relevante. Respira profundamente y deja que el aire húmedo, frío entre a raudales por sus pulmones. Se deja llevar por la intemporalidad de la memoria.
Una sola maniobra, un sólo desliz para que su carrera de gerente bancario se hiciera pedazos, una carrera en ascenso, prometedora. Las fotos dentro y fuera del Bahamas son reveladoras; los gestos de placer de los amantes fornicando, inconfundibles. Las miradas llenas de vergüenza, llenas de sonrojo involuntario saliendo del motel no dieron lugar a dudas. Culpable de adulterio. Pero también fue consciente de la trampa (y de muchas cosas) mas nunca lo probó con certeza. No hubo una batalla legal escandalosa por el divorcio y, extrañamente resignado, perdió todas sus pertenencias, incluso el trabajo. Todos lo olvidaron poco a poco: la mujer que siempre amó, a pesar que recientemente las cosas no fueran como imaginara de recién casado, en las más dulces mieles del matrimonio; sus superiores y empleados del banco, sus clientes, sus amigos, su amante (o lo que fuera la perra esa de Adriana).
Todo su mundo.
Pero aquello no fue sino el principio.
Cuando empieza a trabajar como supervisor de pintura en la VW, piensa en un nuevo comienzo desde abajo, como lo hizo antes. Nada podría derrotarlo de nuevo, no así. En un destartalado ático de un anónimo edificio de la 2 Norte a un costado del viejo Monte de Piedad, con la fachada desconchada por el clima, por la falta de mantenimiento, y un viejo Renault que parecía una caja de zapatos infantiles, decide conquistar el mundo otra vez.
Sin embargo, no es así.
Esa gran ironía de nombre vida, que enseña a todos por igual, simplemente dice “nunca más”. Hundido en la miseria, en el dolor, en los pensamientos obsesivos, morbosos, la depresión se vuelve, se torna crónica, eterna.
“Estás embrujado, hijo, bien trabajado... pero grueso... eso se ve desde lejos. Se te huele”, es lo primero que exclamó una conocida de su familia cuando lo encontró en plena 5 de Mayo, el noviembre pasado, deambulando entre aparadores, y la ausencia asomando por sus ojos. Su madre también se lo dice, pero ella le pone nombre al culpable: “la bruja, la puta de tu ex mujer”. Nunca la toma muy en serio. ¿Cómo, ella? ¿Beatriz haciéndole brujería? Imposible. Simple, y lógicamente imposible.
Hoy su madre cumple seis meses de muerta.
Puede olerse aún el incienso, el copal, el cempazúchil fresco y el agua de azahares de las hojaldras que impregnan el ambiente, motivo por el que doña Delfina le sugiere una visita a su casa para tomarse un “cafecito”, leerle las cartas y recomendarle un brujo muy bueno, de San Pablito (¡Cómo no, m’ijo, de los mejores!), que le ayudará a resolver su “asunto”. Pero la rápida espiral descendente, su caída libre hacia su fin le mantienen alejado hasta que es demasiado tarde.
“Pareces alma en pena”. Las palabras de doña Delfina todavía resuenan en su mente. Días después el espíritu de su madre lo visita para despedirse, para advertirle del peligro acechando cerca pero parece como si, resignado más allá de la obstinación, aceptara su destino con tranquila parsimonia, con extraña filosofía, con pasiva tolerancia. Realmente estaba embrujado, atrapado por algo contra lo que no le enseñaron a combatir en la universidad...
Así, presa de lo inevitable, más allá de su voluntad perdida, continúa su senda particular de descenso, hasta tocar fondo. Sin trabajo ni casa, ni auto, primero come de la compasión; al final, de la caridad solamente.
Sin embargo, la ausencia puede más.
Subir a través de los espectaculares que cubren el puente no es difícil: ser un vil simio nunca se olvida. La lluvia es fina, tenaz, casi feroz, arreciando por momentos; pero los dedos de las manos y las viejas botas con suela antiderrapante no ceden en su empeño para llevarlo hasta arriba, como si estuvieran vivas, fuera de control. Ya en la cima mira con nostalgia hacia abajo, hacia la calle. Los pocos autos que circulan a esa hora harán el resto, lo que el golpe no pueda. En fin, hora de despedirse, de dormir un sueño.
Cierra los ojos.
Da un paso hacia adelante. En ese momento, ese instante que abarca soñar un segundo, su infancia, su adolescencia, su juventud se apresuran vertiginosas, invadiendo sus sentidos; pedazos de vida atrapados en la vitrina de su mente, transformados en olvido.
Recuerda.
Recuerda las cenas en la casa de la abuela mientras toma chocolate caliente con pan de dulce recién salido del horno.
Recuerda la primera novia de la secundaria, las tardes de invierno paseando por uno de los parques de El Carmen (el de la 25 Oriente) tomados de la mano.
La primera vez que hizo el amor a una mujer, lleno de miedo y una erección “rompiendo” el pantalón de tan fuerte (según él, claro).
También, la primera ocasión que llora de tristeza, porque sí, porque sale del fondo de su alma.
Recuerda todo. La universidad. Su graduación. Su primer empleo. Su rápido ascenso. Las fiestas de soltero. Su boda.
Recuerda todo. Y recuerda a todos.
La voz es suave pero clara.
—No hay necesidad de eso. Para qué quieres morir. Qué caso tiene. —dice el anciano de traje bajo la gabardina, el cabello cano, bien afeitado, que deja ver el sombrero de ala corta, guantes negros de cuero, bostonianos de lazo y una barba corta de candado restándole edad a su rostro. Viste todo de negro, como un sacerdote. O un enterrador. —Si quieres morir, por qué no confesarte primero...
— ¿Por qué ahora..? ¡Maldita sea! ¡Mierda! —estalla con rabia después de trastabillar, perder el equilibrio por el susto y con grandes esfuerzos agarrarse del borde para lograr sentarse con dificultad. “Maldito viejo estúpido”, piensa para sí. Pasa el momento clave; tendrá que esperar la soledad de nuevo para intentarlo, aunque será ya muy difícil pues una sensación casi olvidada invade con renovado brío su cuerpo.
Miedo.
Un miedo nuevo, diferente; no a lo oculto, al misterio, a lo desconocido, sino a entenderse una pieza incógnita en el entramado del destino.
O en su más reciente juego.
Piensa en un Dios al que hace mucho tiempo no eleva una plegaria. Sólo él le enviaría a este abuelo justo en el momento crucial. Aunque, pensándolo bien, podría ser el guía al infierno. Aunque…
— ¿Por qué ahora? Porque te ofrezco esperanza —continúa el anciano desde abajo, contestando pregunta y pensamiento, ignorando su silencio hosco. —Porque no tienes nada que perder, eso ya lo hiciste… Además, sabes que tengo razón.
Mira aquellos ojos, ocultos por las sombras. Ojos viejos, serenos, tranquilos; un remanso de agua cristalina de río. Sus ojos son de paz.
Y sabe que tiene razón, el desconocido le inspira confianza, confianza para una confesión.
Vencido, contrito, con las manos callosas, las uñas negras, crecidas , la mirada triste, su barba mal afeitada, la cara quemada por las capas acumuladas de mugre, sudor y sol, su ropa hecha harapos y los calcetines húmedos, Martín Domínguez se deja llevar por la opresión que le invade desde lo más profundo de su pecho en ese instante, de lo más profundo de su alma, de toda la frustración, de la tristeza, de todo el dolor acumulado esos años. Llora como niño, dejando todo escapar al vacío, lavándolo con lluvia. Con lágrimas del cielo.
—Me llamaste. Aquí estoy —de nuevo dice el anciano.

II
En el principio fue el amor.
El amor que une sus vidas, tan disímbolas, tan alejadas una de la otra. Amor los primeros años del matrimonio; después la rutina, la del trabajo y la del placer: esas constantes repeticiones, los pequeños olvidos, los pequeños reclamos, las dulces reconciliaciones y la rivalidad, nunca soslayada, creciendo como tumor. El amor que poco a poco adquiere sabor amargo, a podrido.
Más tarde, el gran olvido, ese que prefiere las fiestas a deshoras, las comidas fuera de casa, los compromisos de último momento, el calor de otros labios, de otros cuerpos.
Ese, el blues de la infidelidad.
Al final, el rencor, el odio: tormenta acumulada de lluvias de verano, año tras año. El dolor de no saberse el uno para el otro. “Para nada perfectos”, dice después una amiga de la universidad; palabras llenas de envidia, siempre enamorada en secreto de él, con el despecho a flor de piel. La pequeña herida (curable según los taumaturgos del alma) transformada en una brecha demasiado amplia para cruzarla de un salto.
Pero con la necrura llega de nuevo la magia, esa que de pequeña le enseñara su abuela allá en Santa Mónica, en plena Sierra Norte, donde aún se ven a “La Llorona” y al “Jinete sin cabeza” deambular por los ríos, por los maizales, entre las milpas, por los caminos de tierra apisonada, buscando borrachines desvelados mientras el tecolote canta a lo lejos, en la madrugada; esa magia que su madre nunca aceptara yendo a vivir a la capital; un destino incompleto, postergado pero no inevitable. Primero esas furtivas escapadas a las tiendas del Centro Histórico, después los tranquilos, desenfadados paseos por La Acocota en busca de los materiales indispensables para pequeños hechizos, para conjuros breves; después, para acciones más complejas, de las que no pasan desapercibidas.
Ahí es donde las conoce.
Carmela y Adriana. Dos morenas oaxaqueñas (de Juquila y Puerto Ángel, según ellas) más altas que el promedio, con cuerpos distribuidos más allá de la anatomía de su raza. Nalgas prietas, duras caderas, senos modestos, gestos angelicales de barro negro. Por una extraña empatía no se niega al encuentro predeterminado, seguramente por alguna lectura de tarot, pero se mantiene a la expectativa. Accede a la cita.
La desconfianza que muere en el Vip’s de La Victoria y la amistad alumbra un nuevo vástago días después. Ahí descubren sus secretos, ahí planean regresar la ofensa de la infidelidad.
Ahí conoce al señor Pedro.
Parecía tener cincuenta años, sin embargo el señor Pedro es un hombre elegante: viste un traje gris de tres piezas, camisa blanca, corbata con motivos dorados, bostonianos de lazo negros; adorna su cabeza con un abundante cabello entrecano, bien afeitado así como barba de candado de quien se niega a abandonar del todo la juventud. Al estrecharle la mano Beatriz siente una corriente eléctrica fuera de lo normal, más allá de la mera atracción física: lo que siente es deseo. Un imán de piedra.
—Las niñas me hablaron muy bien de ti pero nunca me imaginé que fuera algo más —exclama Pedro con deleite mal intencionado.
—Exageran —responde de inmediato como defensa.
—No, por el contrario, eres como te imaginé... Además, recuerdo algunas de las exposiciones colectivas en las que participaste con algunas compañeras de generación de Artes Plásticas, en Artes Visuales. Imágenes muy emotivas, bellísimas, me conmovieron mucho por cierto.
Sorprendida por el detalle de recordárselo sólo musita un “gracias, cómo cree, era una niña”, muy quedo.
—¿Para que..? —dice, a continuación, sin contenerse. Por un instante quiere reprimir el ansia que le desborda, rayando en la imprudencia.
—De ninguna manera eres imprudente —sorprende el señor Pedro, sabedor del impacto de sus palabras. —Te diré la verdad: quiero que seas mi mano izquierda. Así de simple. Mi mano izquierda.
“¿Su mano izquierda?”
Carmela y Adriana se ven con alegría mal disimulada, seguramente serán recompensadas con creces más tarde, en privado. Beatriz abre desmesuradamente los ojos.
—Sí, mira alrededor. ¿No hay momentos en que la vida te parece nada, terriblemente aburrida?, ¿qué todos son muñequitos de cuerdas, perritos falderos, siempre tras unas moneditas?, ¿qué todo funciona alrededor de eso?... ¿Qué se fueron los sueños y las esperanzas para siempre de este mundo? ¿Qué no hay nada más? —suspira con profundidad. —Quiero de nuevo la magia, los sueños entre nosotros, entre los seres de carne y hueso. Quiero de nuevo la inquietud, la incertidumbre, el miedo, ¡la esperanza de vivir cada día, cada instante con intensidad! ¡De temer de nuevo a los dioses, de regocijarse, de festejar, de llorar, de sentirse vivo otra vez! ¡Por eso necesito la magia! —termina exultante mientras los comensales de las mesas vecinas les miran sin disimular su sorpresa o su disgusto. Tenían que ser poblanos. A Beatriz le brillan los ojos con intensidad.
—Es interesante su propuesta señor Pedro...
—Botero. Pedro Botero —apunta sin ocultar una gran sonrisa. —Pero para ti, sólo Pedro.
El pacto queda sellado en ese momento.
Poco a poco las travesuras entre las tres rebasan la mera diversión. Después del aojo se hacen varios hechizos: de los múltiples “trabajos” a los “amarres” inevitables. Hasta formar un constructo de relaciones mágicas, intrincado como un Dédalo y tan alto como un castillo al cielo. Una babel de energía.
Verdaderamente intrincado. Diabólicamente intrincado.
La caída de Martín Domínguez fue rápida. La “travesura” es supervisada por el señor Pedro con beneplácito en su rostro. No se equivoca. Tiene que pasar a la siguiente fase. El poder de Beatriz, al parecer, es incalculable. Generaciones de magia, de poder bruto, puro, acumulado en sus genes parece no tener fin.
Su “bautizo”, una noche tibia después de una leve borrachera bajo la lluvia, en el cuarto de una abandonada, semiderruida vecindad donde viven Adriana y Carmela, allá en la 2 Oriente, en pleno barrio de La Luz. La vecindad está en silencio, ajena a lo que sucede dentro; aislados por alguna burbuja que no deja pasar el sonido, los cuatro desnudos se miran. Pedro Botero inicialmente copula con las otras brujas, con fuerza, sabedor de ser algo más que un macho adulto.
Una fuerza de la naturaleza,
Cuando le toca a Beatriz, literalmente es montada, como una yegua sólo para el semental.
A punto de perder la conciencia por el dulzón, mareante olor del incienso encerrado, por algún caprichoso espejismo nocturno las velas le devuelven las sombras (serpenteantes, burlonas, engañosas, alucinantes) de un macho cabrío antropomorfo golpeándole inclemente, con sus embestidas, las nalgas. Pero las manos grandes que sujetan su cadera, impidiéndole escapar, contradicen sus visiones extáticas.
—Sé mi mano izquierda —dice una vez más Pedro Botero. Después viene el orgasmo, infinitamente placentero, como hacía tiempo no experimentaba.
Cuando llega a casa su marido aún no está, perdido en sus propios rituales.
Meses más tarde, la jugada del engaño se revela como un golpe sensacional. Lo demás sólo consiste en estirar la de por sí tensa cuerda hasta romperla. La inercia de los actos hace lo demás.
Las noches después de su separación son eternas, inolvidables para Beatriz. Tras celebrar varios ritos de refuerzo llega el señor Pedro a su casa de Rancho Colorado, traspasando puertas como si fueran humo; saluda a todas con cariñoso entusiasmo. Como siempre, Carmela y Adriana se desvanecen de la casa en silencio. Cena con el señor Pedro a la luz de las velas: vino, queso y pan negro, todo desde Francia y Alemania; más tarde, el baile lleno de magia, de calor, de roce y cercanía, con música suave, inevitablemente se entrega a su cuerpo que, sediento, suplica apagar el fuego que, día con día, es una amenaza para su cordura.
Inevitable llega el arrebato, los gemidos, el sudor, la cabalgata, mientras él, extático, siempre le pregunta.
—Sé mi mano izquierda —es su chillido, casi inaudible, presa de su muy particular gozo.
—Sí... sí... —gime Beatriz entre sollozos, mientras recorre en un instante ese infinito túnel— ¡Sí quiero!
Su voz, clara: “quiero ser tuya”.
Quiero ser tu mano izquierda.

III
De todo eso es testigo mudo, incapaz de hacer nada; en primera fila ver una película en la función de medianoche. Solo, en el amplio espacio de su sueños, de las recurrentes pesadillas nocturnas, con el ojo de la mente proyectando sin clemencia las imágenes. De eso es testigo mudo.
De eso y mucho más.
Sus leves intentos de reclamo mueren en sus labios con rapidez diáfana, aquejado por sus remordimientos, por sus eternas dudas. Traga la rabia de saberse engañado: el ensueño, esa vigilia que le asalta cada noche quemándole las entrañas, no es prueba suficiente para acusarla. ¿De qué? ¿De brujería? No, por Dios, sólo haría el ridículo. Tampoco sería relevante si las cosas y situaciones dejaran de funcionar o, simplemente, se deshicieran como un nudo desatándose desde la lejanía, más allá de la simple casualidad. Mucho menos las semanas completas de duermevela en su auto, presa de la angustia e hilando cigarro tras cigarro; que dejara de comer, descuidara su salud, olvidara las responsabilidades del trabajo... que finalmente perdiera el interés en su mujer, ya no sólo como persona sino como eso, como mujer, como hembra; después, ser testigo en sus pesadillas (interminables para entonces) de lo que sucedía en esa mugrienta vecindad que nunca reconoce con certeza de día, mientras busca con frenesí, ante el asombro y la creciente hostilidad de los habitantes del barrio de La Luz, siempre difíciles con los extraños.
Cuando Adriana, una de las tantas ejecutivas del departamento de la Afore del banco, abre de nuevo su cuerpo al deseo de la carne (la misma Adriana que ve en sus enfebrecidos delirios junto a su esposa, pero sin entender del todo) quiere saber el por qué. Encerrarla en el cuarto del motel hasta arrancarle algo de verdad que le devuelva la cordura. Pero lo único que hace es cogérsela, fornicarla literalmente, un verdadero animal con la conciencia anulada sin importarle nada más.
El resto es de sobra conocido.
— ¿Ves a lo que me refiero? —exclama el anciano, conmovido pero firme, mientras se sienta a su lado, sobre el espectacular. —Eso pasa: el caos se apoderó finalmente de nuestras vidas, nada tiene sentido, nada importa. El mal triunfó... nos ganó sin darnos cuenta, poco a poco, sin necesidad de Apocalipsis, milenios de terror eterno ni anticristos. Estamos a un paso del verdadero fin —sentencia mientras coloca un neceser negro de cuero sobre sus piernas, que Martín, hasta ese momento, no había notado. Las gotas, iluminadas por las luces mercuriales del camellón, resplandecen fantasmagóricas sobre el lustroso cuero. —Necesitamos contrición. Te necesito para traer orden de nuevo, para restituir el equilibrio, la paz en el corazón de Dios.
— ¿Yo? ¿Para qué quieres a un pobre infeliz como yo?— dice con cansancio Martín, moviendo manos y hombros en un gesto de indiferencia. — No tengo nada, lo perdí todo... hasta la fe en Dios... Si es que esa fe alguna vez existió.
—Por eso. Por que estás al final, por que dudaste... —continúa el anciano quitándose el sombrero, descubriendo una cabellera completamente cana pegada al cráneo. Voltea hacia Martín para verlo con esos ojos claros, llenos de decisión. Ojos que no admiten negativas. — Aún frente al milagro —dice, calándose el sombrero de nuevo.— Por que estás desesperado pero en el fondo de tu alma, donde no alcanza tu vista, crees en mí, en mis palabras, en nosotros. Eres un verdadero creyente, de los que casi no hay —breve pausa. —Siss in bluth... Está en tu sangre.
“Eso sólo yo lo veo”, resuenan aún las palabras del anciano en sus oídos con claridad absoluta.
¿Brujería? ¿Magia? ¿Milagros? O simple locura. Martín Domínguez encoge los hombros de nuevo. Y de nuevo acepta su destino.
—Dígame señor... —voltea a ver al anciano, que sonríe satisfecho de sus palabras. —Hábleme de su necesidad.
—Miguel, llámame Miguel. De hecho, no tengo apellido... ni nombre, pero así me conocen todos.
Minutos después el anciano Miguel, con una voz cantarina clara, musical, de agua fresca; un coro de aves le habla de hombres, demonios, ángeles, de luchas eternas y lugares ya olvidados. Le descubre viejas geografías que desde niño no escuchara mas que en boca de su abuela.
—...mira, éste es el bien más preciado del equipo —dice Miguel trayendo de nuevo a Martín de su ensueño. Del neceser, que parece no tener fondo, extrae un bulto de terciopelo rojo; al desenvolverlo puede apreciar la hoja del hacha reluciente, perfectamente conservada, como si la hubieran fabricado ayer. También aprecia el cuerpo del hacha desmontado en cuatro partes y los seguros de anclaje en una pequeña bolsa, —esta francisca perteneció a Carlomagno en su juventud pero al coronarse emperador la olvidó para siempre, confiado en el mayor (y duradero, a su juicio) poder que otorga el dominio de los francos bajo su mano. Bueno, luego vino lo de la lanza de Longinos, pero eso es otro asunto.
—Después de su muerte se pierde el rastro de ella y circula de manera oculta, como reliquia esotérica, por toda Europa, desde Portugal hasta Rusia. Uno de sus tantos dueños, el primer conde de Saint-Germain, antes de perderse en las brumas de su leyenda, cambió el cuerpo de madera por éste; después la adquirimos en una de las tantas subastas del crack del 29, en la organización imaginamos que tarde o temprano nos serviría. Hoy es el momento.
¿Organización? ¿Qué organización? ¿Como masones? ¿Rosacruces? ¡Demonios!, incluso hasta boy scouts radicales podrían ser. O peor aún. Asesinos.
Sin embargo, Martín Domínguez no duda en ningún instante de la historia contada; los últimos minutos ve aparecer y desaparecer, como por arte de magia, todo tipo de armas personales, desde scramasax enormes de un solo filo hasta simples automáticas y revólveres. En efecto, parece no existir un límite de espacio dentro del neceser.
—Es tuyo —susurra Miguel al ofrecérselo, como si recordara su verdadera edad de repente, más allá de su apariencia de anciano intemporal.— Lo demás... —breve silencio— es sólo un trámite. Basta que lo desees.
En verdad le gusta el neceser, en verdad le gusta la francisca. Queda fascinado por su brillo, su fuerza, el poderío que desprende cada destello de la hoja. Siente cómo algo se rompe por dentro; la armadura negra que cubre su alma se hace pedazos y queda anegada en ese torrente líquido que circula por sus venas otra vez. Cromo brillante. Nuevo. Fuerte. Imbatible.
Recién nacido.
Inmortal.
Sí. Cromo de vida.
Levantándose de nuevo con dificultad, se pone de pie sobre el borde del espectacular de VW. Mira hacia arriba, hacia el cielo oscuro con tonalidades naranjas de la iluminación citadina. Perpetuo ocaso boreal. A lo lejos, seguramente en La Libertad, se escucha la música de un baile sonidero; la lluvia es fría, fina, pequeños alfileres. Esboza una mueca hacia el infinito de la noche, bajando la vista mira al anciano Miguel, que sonríe con tristeza.
Deus nobiscum —es la única frase formada en su boca.
Kyrie Eleison —responde Martín sin saber a ciencia cierta por qué. Suspira, cierra los ojos mientras da un paso hacia adelante.
Rápida, la calle viene hacia él. Boca abajo, un resplandor invade todo su cuerpo; es cálido, es tibio. No sabe con exactitud cuándo sus huesos se separan, fracturándolo todo, cuándo su cráneo se hunde sobre su cerebro, cuándo cruje suave su cuello al romperse ni cuándo sus costillas aplastadas hacia adentro desgarran su arquitectura interior. La asfixia se convierte en letargo. Abre el único ojo sano, el del alma, y ve su cuerpo a un lado: un saco grotesco, desarticulado, sin estética ni gracia, como una svástica graffiteada por skinheads imbéciles. Y no le importa, como tampoco le importa que unos metros hacia arriba, grabada en ese costado del puente, pueda leerse la frase “Buen Viaje” con letras grandes, negras.
Mil años o unos segundos después, el sonido de unos zapatos bajando suaves los escalones de concreto, resuenan acercándose al cuerpo.
— ¿Sabes?— dice Miguel casi confidencial — Nadie conoce esta historia, pero el hacha fue forjada con el alma de un ángel, quien la sacrificó sólo para esto. Basta mencionar su nombre para que nunca falle, desde cualquier distancia y ángulo. Su nombre es Azrael... —aclara su garganta— Muerte.
—Frn... sca... —barbota el cuerpo por reflejo.
Miguel se acerca al cuerpo roto para susurrarle al oído.
—Sé mi mano derecha —las palabras llegan claras al Martín que esta a su lado.
—Kre... lei... sn... —gorjea de nuevo el cadáver, en un intercambio de fluidos. Sangre arterial saliendo de su boca mientras el agua encharcada, fangosa invade con lentitud sus pulmones.
Primero son los gritos de espanto.
Después la sirena de la ambulancia.

IV
Cuando Beatriz llega a la morgue del panteón municipal, acompañada por un MP que nunca deja de mirarle las nalgas, la angustia que anida en su pecho hace algunos días revienta, provocándole metástasis en el alma.
El crepúsculo juega con las sombras, con las siluetas de árboles, mausoleos y tumbas; el viento se pasea por el solar: ora lento, pasmado, congelando en espejismos continuados todo; ora rápido, haciendo ruidos extraños con su boca de aire, gimiendo como alma en pena.
Después de varios meses Beatriz Vázquez siente miedo de verdad.
Un ligero tufo a desinfectante mezclado con encierro de lo que parecen ser siglos de muerte invade su nariz; con esfuerzos contiene el asco que nace en la boca de su estómago. El MP tampoco puede contener una mueca burlona. Unos metros adelante el forense de guardia, audífonos conectados al walkman, limpia unas gavetas vacías del refrigerador. Viste unos jeans azul cielo, zapatos de enfermero, filipina y encima una bata, también blanca; la parodia de un vampiro, sólo que albino. De no ser por su aspecto pálido, desgarbado, varios años menor, Beatriz casi jura es idéntico al señor Pedro. En ese instante, el forense voltea a verla, parece dudar un momento pero al final sonríe con tristeza mientras señala hacia su derecha. En una de las dos planchas yace, cubierto por una sábana blanca percudida, el cuerpo.
Beatriz Vázquez no puede evitar que una de sus manos cubra su boca.
—Lo encontramos ayer en la mañana bajo un puente, en La Paz. Creemos que se suicidó lanzándose de él —dice el MP con neutralidad.— Tratamos de localizar a su familia pero nunca respondieron las llamadas, y a usted, hasta hace una horas, que nos respondió —termina satisfecho, inspirado por las tremendas nalgas de la mujer.
Acercándose a la plancha, jala suave la sábana hasta los hombros, primero viendo la cabeza del cadáver, amortajada con unas vendas que sólo cubren la parte superior.
—Sí, es él —confirma casi inaudible al ver el cuerpo cetrino, el rigor mortis avanzado, el rostro con los ojos, con la boca cerrada en gesto de paz.
En ese instante alguien, en la lejanía de lo inasible, pulsa el botón de rewind. Su vida comienza a transcurrir hacia atrás. Ve iluminarse las noches y oscurecer los amaneceres; a los protagonistas de su película caminar hacia atrás, levantando las manos, haciendo gestos obscenos, en un idioma extraño que poco a poco queda en rumor nada más, en feedback. Deshaciendo acciones. Deshaciéndola completamente.
Toda.
—Puedo... ¿puedo estar... a solas un momento... con él? —balbucea sin evitar le tiemblen los labios, la mirada empañada con lágrimas. El MP, encogiéndose de hombros, saca de una caja de Boots un cigarrillo, apresura el paso hacia afuera al tiempo que exhala el humo en la noche, en el camposanto; por su parte, el forense continúa limpiando las gavetas al ritmo de Philip Kirkorov. Por un instante parece que la mira de reojo, burlón, casi siniestro, pero sus tarareos prácticamente inaudibles le dicen lo contrario.
De nuevo se zambulle en la visión.
Simultáneamente mira de nuevo la película de la autopsia. Rodeado de practicantes de diversas carreras, curiosos, arracimados alrededor, ve al forense abrir con la stryker lo poco del cráneo sin astillar. Sacar el cerebro, mostrarlo a los estudiantes, que anotan en sus libretas, ansiosos.
—... esquirlas de cráneo incrustadas...
El bisturí abriendo la faringe, terminando de romper la garganta. Ojos bien abiertos de sorpresa. El feedback creciendo a zumbido.
—...ruptura... cuello... asfixia...
Bisturí y sierra sobre el esternón, un crujido; el forense separando hueso, los estudiantes asomándose el interior del cuerpo. Zumbido como chirriar de grillos.
—...estallamiento de vísceras... traumatismos múltiples... hemorragia interna...
De improviso una mano hurga con brutalidad dentro de su cerebro, quitando los cerrojos de la mente, el chirrido se convierte en coro, en llanto de ángeles. “La unidad está rota...”, dicen las voces en su letanía interminable, “El fin está cerca... Es la simetría oculta… Opera la simetría oculta... La unidad debe ser restituida... Alabado sea el Señor.”
—Miren sus ‘güevillos’... —exclama el forense. —de seguro este pendejo murió sin haber cogido... —muecas crueles de los hombres, tímidas sonrisas de las mujeres.
Sí, murió el muy pendejo.
Hay risas.
Continúa la letanía.
Risas.
Letanía interminable.
Risas.
Letanía sin fin.
Risas eternas.
Paso fugaz del maquillista por la escena.
“Dios mío, qué hice”, exclama llena de horror Beatriz, ante las inclementes imágenes que, sin misericordia, no cesan, no se detienen. Pero, al final, también desaparecen Pedro, Carmela y Adriana; después, Martín solo, sonriendo, seguro de sí mismo, altanero, triunfando en la vida, siempre en reversa.
Después, nada.
No puede contener más el llanto.
— ¿Se siente bien, señora? —dice el forense mientras sacude con suavidad su cuerpo. Beatriz, limpiando sus ojos y sacudiéndose la nariz, recobra la compostura.
—Sí, perdón, los recuerdos... —miente. El forense asiente comprensivo. —Nada, perdón.
—No se preocupe. Aquí le “guardamos” al difunto. Mañana, con calma, arregle todo. Mejor descanse —ella afirma con un movimiento casi imperceptible de cabeza.
—Será lo mejor. Voy con el agente para comentarle...
—Ande, vaya.
—Gracias. Hasta mañana.
—Hasta mañana. Seguro —sonríe enigmático el forense.
Arriba, encima de la lámpara, cerca del techo, Martín Domínguez observa todo. Silencioso, su cuerpo le devuelve el reflejo.
Oscuridad.
Luces apagadas hace horas. Días quizá.
Muerte en gavetas.
Basta un movimiento de Miguel para que los huesos crujan reacomodándose, los órganos de nuevo funcionando, la piel elástica otra vez, los músculos flexibles, la sangre fluyendo. Las suturas deshaciéndose para saltar a la nada. Nuevamente la calidez.
De nuevo la vida.
Martín es jalado al interior de su cuerpo para despertar tosiendo, arrojando flemas, ahogándose, con la boca seca, pastosa. Los ojos inundados de lágrimas. Tose de nueva cuenta, tratando de incorporarse de la plancha, lo intenta, sin embargo, cae estrepitosamente al suelo. Aspira con angustia, queriendo acabarse el aire del mundo; lanza un chillido angustioso.
—Vamos, —se acerca Miguel. En su brazo lleva la ropa del forense— ponte esto. Hay mucho trabajo por hacer.
—Trabajo... —repite Martín ensayando otra vez con sus cuerdas vocales. —Me siento... extraño.
—Por supuesto, tienes veinte años... de nuevo —sonrisa amable. Martín, maravillado, comienza a vestirse.
Sin previo aviso, Miguel se acerca y posando su mano sobre el pecho desnudo de Martín presiona con fuerza.
Anestesiado como está sólo siente un ligero cosquilleo. Pero no contiene el grito instintivo al ver su carne chamuscada, con un sello escarlata: una especie de “p” con dos líneas cruzadas. Por un instante tiene la sensación de ser simple ganado.
— ¿Qué me hiciste? —dice con reprobación en sus ojos.
—Calma... es el crismón, el símbolo de nuestra iglesia, del redentor —Miguel le ayuda a incorporarse. —Te protegerá de todo mal, quitará toda duda de tu corazón... La magia, el mal, nunca volverán a tocarte. Toma —extiende el neceser de cuero y un fajo de billetes. —Compra lo necesario, haz tu trabajo con dignidad, con orgullo; enaltece a tu Señor.
Martín sonríe. Lo hará, sin duda alguna. Será la mano derecha. El pasado queda atrás.
Al día siguiente, cuando Beatriz llega a las oficinas del panteón municipal, secundada por Carmela, con extrañeza le dice el director, cubriéndole la espalda a su vez un temeroso vigilante, que ninguna autopsia se hizo ayer ni en varios días; de hecho casi un mes. Quizá mañana, con suerte.
En la delegación no le dan una respuesta clara. Como de costumbre.
—Tranquila, seguramente fue un alucine tuyo, una pesadilla—le reconforta Carmela.
—Ese cabrón ha de seguir chaqueteándole a la vida un poco más. Aguantamos otro poco y le decimos a Pedro si le quitamos el “trabajo”. Ya, no sufras.
—Sí, una pesadilla —dice Beatriz para no alarmarla, mientras se dirigen a Las Ánimas en el Neón gris. Pero sabe que no fue un sueño. Y su miedo ya es otra cosa.
Es terror.

V
Siempre eterno, el presente. El presente eterno.
Martín, sentado en una de las mesas con ventanal del Sanborns Huexotitla, contempla absorto el atardecer. El cielo sólo tiene algunas nubes que el sol ilumina en tono rosa; azul y rosa, como las envolturas de los chicles sabor tutti fruti que tanto le gustaban de niño. Sonríe y se permite un poco de nostalgia.
—¿Desea ordenar, joven..? —inquiere la mesera, todavía sorprendida de que alguien de esa edad (¿cuántos... veinte, veintidós?) vista tan formal. Aunque, pensándolo bien, no le desagrada pero, bajando la vista, continúa su labor. “Vienes a trabajar, no a echar novio”, se recrimina con suavidad, “además, se ve que es bien mamón.”
—Ehhh... hmmm... —mira de nuevo la carta. Confirma. —Una ensalada de espinacas y una naranjada... ¡no!, mejor un jugo de zanahoria. Después café, por favorcito.
—¡Claro, con gusto! ¿Algún postre, pastel, pay..?
—Nada más, gracias —interrumpe Martín y contraataca. — ¿Cómo te llamas?
Sorprendida, sólo atina a decir su verdadero nombre mientras el pudor le colorea el rostro.
“Alma”.
—Bonito nombre —reflexiona Martín con genuino interés. —Tiene fuerza, sencillo pero poderoso —pausa. Esbozo de sonrisa. —Nada más, Alma, gracias.
Gesto devuelto. Alma voltea para dirigirse a la cocina, camina un poco presurosa. Quién sabe, mañana es su día de descanso (¡qué coincidencia!)... en fin, tendrá que inventarle una buena excusa a su novio.
Martín suspira dentro de su traje Armani de tres piezas gris claro, comprado en el Robert's de Reforma, a cinco cuadras de su nuevo departamento. Mira alternados los bostonianos negros, la corbata azul de Hermès y su camisa blanca inmaculada. “Diario depositaré dinero en tu cuenta. Úsalo con prudencia, con sabiduría”, las palabras de Miguel son claras, “estaremos en contacto por el celular. Mi trabajo aquí termina. Hasta nuevo aviso.” El rostro juvenil, anguloso de Martín, con el cabello casi rapado y los ojos tristes, que siempre se negaron a la despedida, acepta tácito su nueva encomienda.
Hoy asiente serio. Ahora es el nuevo jefe. Un hombre nuevo.
El hombre nuevo.
Discreto como siempre, el neceser yace en la cajuela del Chevy gris acero comprado en plazos.
Sin embargo aún tiene unas horas para trabajar a gusto y regresar por Alma más tarde. Ninguna de las dos opciones se excluyen y en el Zócalo siempre hay material disponible.
Gente con deseos de morir.

VI
Mientras camina por el portal Morelos, esquivando gente, mesas y sillas por igual, Beatriz Vázquez tiene la primera visión del fin. La portada de La Voz de Puebla, en la edición de ese día, sólo es un titular de gran puntaje: “¡¡¡Cosido a puñaladas!!!” Arriba, en un balazo no menos escandaloso: “Mujercito masacrado por despechado amante”. Puede ver las fotos del cuerpo, cubierto por una sábana que no oculta por completo las piernas, donde también se aprecian las cuchilladas, y las del presunto asesino: el amante acongojado sosteniendo el arma homicida; su cara, llena de angustia, torva, que no abandona aún los efectos de la droga.
Por un momento pierde el equilibrio, sosteniéndose de uno de los pilares del portal, frente al Vittorio's. Varios transeúntes la miran con recelo, otros con franca burla. Sabe que el amante no es el asesino porque conoce que la policía no menciona el hachazo que partió el esternón de Manuel, matándolo al instante; un detalle discordante. Sabe que las cuchilladas son meros detalles artísticos; conoce la droga con la que fueron anestesiados los pobres imbéciles; conoce con exactitud horas, minutos y segundos que el asesino se sostuvo de las vigas del techo.
Sabe quién es.
Lo sabe, pero también es consciente que nadie le creerá.
En la esquina opuesta, junto al puesto de periódicos de doña Margarita, Carmela y Adriana esperan. Carmela es la primera en verla, alza la mano para llamar su atención. Hacia allá se dirige con rapidez. De pronto las zapatillas le resultan insoportables.
La unión está rota, ahora funciona la simetría oculta, jalando de un lado hacia el otro, tratando de fusionar de nueva cuenta lo que ya no será más; “el fin se aproxima”, dicen las voces. ¿Cuál fin? ¿El suyo? ¿Del mundo? Quizá algo peor. “Dios”, piensa no sin cierta ironía, “si supiera un poco más.”
Pero el cielo nublado permanece impasible ante ella.
Cuando está cerca de ellas, no puede evitar que su mirada ansiosa, con cierto morbo insano, busque el vespertino para corroborar que su mente sólo bromea con ella.
Su horror no tiene límites.
Ahí, junto a otros diarios, está impreso su miedo en cuatricromía. Voltea a ver a sus amigas para advertirles, pero lo que ve termina de desencajarle el rostro.
Frente a ella ya no hay Italian Coffee, únicamente el muro color paja, amplio, de la sala de su casa. Empotradas en él, sus amigas, desnudas, sus cuerpos sometidos a cirugías imposibles para una mente sana. Carmela, encadenada a grilletes que salen de la pared, no tiene una sola pulgada de su cuerpo sin tatuar; frases, oraciones, signos, símbolos y conjuros cristianos marcados con rigor de copista; algunos de ellos todavía sangran.
Biblia hecha carne.
Su boca es una costra reseca que le impide hablar.
Adriana, literalmente está crucificada. Su cuerpo descoyuntado es sostenido por una cruz metálica que sirve de anclaje y sostén. Las venas de sus brazos completamente perforadas por incontables agujas que destilan sueros, nutrientes para evitar la muerte rápida; de sus piernas múltiples heridas canalizadas, gota a gota, lentamente, escapa su alma. La boca ha sido cosida con singular destreza, casi con amor. Una bruma cubre su entrepierna y no le permite ver detalles.
Pero ambas miran con los ojos desorbitados, implorando perdón, más allá de Beatriz, donde su visión periférica dibuja un fantasma. Un giro y el fantasma se transforma en un Martín más joven, de traje, zapatos de lazo, guantes de cuero y sombrero de ala angosta. Todo negro, como un sacerdote. O un enterrador.
Mejor aún. La de un inquisidor.
Un Martín que sonríe mientras le muestra los tatuajes de sus palmas.
Uno es Aleph.
El otro, Tau.
Principio y fin.
Un parpadeo. Todo desaparece. Sólo hay ríos de sangre escurriendo sobre los adoquines del Centro Histórico.
Beatriz Vázquez no se mueve. Llora sola, en silencio.
— ¿Le pasa algo, señorita? —pregunta doña Mago con preocupación. — ¿Se siente bien?
Es en ese instante que Adriana y Carmela se acercan llenas de preocupación. La gente vuelve a caminar presurosa por el portal. Beatriz enjuga sus lágrimas rápido, con un pañuelo.
—Sí, perdón... desde hace tres meses estoy así —de nuevo miente con una sonrisa triste.
—No vaya a ser que esté embarazada —bromea doña Mago una vez que pasa la preocupación. —Ande con cuidado. Cuídese señorita.
—Gracias.
— ¿Seguro estás bien? —quiere corroborar Adriana.
—No fue nada —tranquiliza Beatriz.
—Lo que pasa es que ha tenido unos días pesados —exclama Carmela mirando al cielo, después de que una gota cayera en su mano. —Pero no te preocupes, 'orita nos vamos al Sanborns de la 2 para comer, esperamos a Pedro, que hoy llega de Oaxaca y nos vamos a bailar al Portos, al Aché o al Rumba. ¿Qué te parece?
—¡Chingón! Me gusta más el Aché —interrumpe Adriana. Todas ríen alejando el fantasma amargo del momento anterior, que se pierde confundido con otros tantos que flotan en el aire.
Primero son gotas gordas, frías, cristalinas; después, alfileres de aguacero.
Lluvia ilógica de primavera.
Lluvia lágrimas del cielo.
Lluvia anunciando el fin.

Ciudad de Puebla. 25.12.2005.


Leer Más “La Simetría Oculta”

01/02/09

Thanatos

©2007, Armando M. Zanker |

—¿Seguro que esto no es peligroso? —murmura Henry, sin que nadie le preste atención. Las enfermeras lo ignoran; siguen injertándole tubos por todo su maltrecho, desnudo y encadenado cuerpo. Esto es inhumano, piensa. Añora su celda acolchada, su camisa de fuerza y hasta a los enfermeros, que se divertían golpeándolo, pero al menos le hablaban. Y para colmo, están el doctor Folie y el doctor Wahn, el uno sonriente y el otro ceñudo, mirándolo al pie de su lecho. Tienen puestas aquellas cosas en la frente, con las que se meten en su cabeza y tratan de hacer salir a Kharon.

¡Amplibandas Denken! El más reciente adelanto de PsiCorp. Telepatía artificial instantánea, siempre y cuando se mantenga dentro del radio de diez metros de cobertura. El regalo ideal para Navidad, muy pronto en su tienda departamental favorita…
Un regalo estúpido. El aparato es estúpido. Dígame, ¿quién demonios va a querer comprar esta cosa, con sólo diez metros de alcance?
Estimado colega, su amargura es proverbial. No es un vulgar teléfono de lo que estamos hablando. ¡Comunicación mental! Conocer los pensamientos más profundos e íntimo
s de sus seres queridos, de sus amigos y, ¡más importante! De sus enemigos.
Igual va a fracasar. A nadie le gusta que se metan en sus pensamientos.
Pero Wahn, ¡qué poca visión co
mercial! Ahí es donde entramos nosotros. Después de vender las amplibandas, colocamos en el mercado una serie de accesorios que permitan escudar de ellas ciertas regiones de la mente. Y cuando éstas se agoten, ¡tarán! El nuevo modelo de las amplibandas, más poderoso y contra el que los viejos escudos no funcionan. Y entonces, a vender los nuevos escudos…
Es usted un bastardo capitalista, Folie.
Doctor Folie, amigo mío, que mi trabajo me costó. Y no me diga que como psiquiatra no está fascinado con estas bandas. Sin ellas no podríamos mantener esta conversación telepática, ni tampoco estudiar a fondo a nuestro querido “Jekyll”, aquí presente.
Pobre diablo. Ahora mismo piensa que estaría mejor en su celda del manicomio.
¡Tal vez lo estaría! Todo depende de su definición de “mejor”, y yo no le haría mucho caso, porque, ya sabe, está loco.
Empecemos el maldito experimento, si eso saca sus estupideces de mi cabeza.
¡Oh, doctor Wahn, yo también lo quiero!



Archivo 09133242 de PsiCorp
Informe del Dr. Sigfrid Folie, director del Departamento de Psicoanálisis.
Déjenme comenzar diciendo que adoro las amplibandas. Es lo mejor que ha llegado a este negocio desde el diván. Hágase llegar mi gratitud al Dr. Stein en el departamento de tecnología. Hasta hace unos meses tenía yo que sentarme a escribir estos malditos informes y aburrirme hasta la muerte. Con esta preciosidad puesta, sólo tengo que pensar el informe y se transcribe automáticamente. Claro que eso lo vuelve un poco errático, pero si la Dirección General no se fija…
Oh, bien, el paciente. Henry Curwood, 39 años, cincuenta y un kilos, complejos del 43 al 127 y personalidad múltiple. Lo apodamos Jekyll por razones obvias. La mayor parte del tiempo este alfeñique es cobarde, manso y llorón. Si le grita “Buu” se mea en los pantalones. Si le saca la lengua, se pone a llorar. Debo decir que es un fastidio ser su terapeuta. No se suponía que fuera así. Lo sacamos del asilo Rainer para observación hace un par de años. El perfil era prometedor: abuso sexual a menores, adultos y animales, como víctima en la infancia y como victimario en la madurez. Ataques de locura constantes. Violento como él solo. Varios asesinatos a cuestas, padre, madre y perro incluidos. Sí, era el conejillo de indias perfecto; pero esos medicuchos idiotas del manicomio nos lo estropearon. Le hicieron crear una segunda personalidad para inhibir su locura. Un método barbárico, a punta de golpes y electroshocks. Su personalidad amable (Henry) está en control prácticamente todo el tiempo. Mi querido colega, el doctor Wahn, puede tener paciencia con un sujeto que se suelta a llorar a cada segundo. Yo no. Mi campo de estudio es el Thanatos, el instinto de muerte, la agresión. ¿Qué puedo estudiar en ese jodido enclenque? Quiero a la personalidad que está sepultada, a Kharon, no al maldito maricón de Henry. En eso, estas benditas amplibandas han ayudado hasta cierto punto. Ya no hay que sacarle la información al paciente con interrogatorios ni hipnosis, basta colocarse a diez metros de él y explorar su cerebro. Claro que hay que buscar con cuidado. Lo importante está mezclado con lo inútil. La primera vez que examiné la mente del sujeto con la banda telepática me llevé una decepción. Todo allí era pura basura: dolor, arrepentimiento, tristeza, culpa... Bah. Kharon está sepultado bajo docenas de capas de civilidad artificial y aún no hemos tenido un solo encuentro. Sólo una vez ha ocurrido el cambio de personalidad; según los archivos, fue al momento de llegar a nuestras instalaciones. Nuestros guardias no tuvieron mucha suerte. Kharon se abalanzó sobre uno de ellos -creo que Rusell- y le arrancó los testículos a mordidas, con todo y pantalón. Pobrecillo, aunque no será una desgracia para el patrimonio genético de la humanidad. Computadora, recuérdame enviarle una cesta de frutas o algo así.
Como sea, aquel breve episodio creó expectativas en nuestro estudio que el sujeto actual es incapaz de satisfacer. Si las investigaciones previas tienen algo de razón, el “Hyde”
oculto en nuestro “Jekyll” parece ser la quintaesencia del Thanatos, la contraparte del Eros freudiano. Necesito que libere esa personalidad, y pronto. Aún con las amplibandas, el avance es desesperadamente lento.
Fin de mi informe. Vaya, eso fue muy rápido. ¿Ya he dicho -es decir, pensado- que
amo las amplibandas? No me importa lo que diga Wahn, estas cosas son lo máximo.

Archivo 09133274 de PsiCorp
Informe del Dr. Erich Wahn, subdirector del Departamento de Psicoanálisis.
No acabo de acostumbrarme a este jodido aparatejo. Es más, lo odio. Con odio profundo. Sí, la tecnología es maravillosa, y sus aplicaciones prácticas son extraordinarias, ¡pero, maldita sea! ¿Tener al imbécil del Dr. Folie en mi cabeza, con sus estúpidas divagaciones, todo el día? ¡Mi contrato nunca estipuló nada semejante! ¡Y habla de sacarlos al mercado! Como esto siga así, yo renuncio y me voy a vivir a algún pueblucho, donde no haya idiotas que se metan en mi cerebro. Tengo que preguntar al Dr. Stein cuándo estarán listos los malditos inhibidores…
Y además, mi mente suele ser caótica. Esta banda no puede sustituir a mis manos. Por ejemplo, ya tuve que haber empezado mi informe y en vez de eso pensé una sarta de tonterías que no debí haber revelado en primer lugar. Las transcripciones son confidenciales, ¿cierto? Bueno, al diablo. El paciente. Henry, o Kharon, o “Jekyll” o como sea que esté registrado en la base.
Es cierto que esperábamos una patología completamente distinta en él, pero a diferencia de mi colega, yo no creo que el paciente tenga que ser un maniaco asesino serial para tomarlo en serio. Los terapeutas de Rainer hicieron un trabajo execrable desde el punto de vist
a ético, pero fascinante desde el punto de vista clínico. Con un principio primitivamente pavloviano (golpes y electroshocks al sujeto en caso de comportamiento violento) le forzaron a crear una personalidad alterna, temerosa y débil. Se le obligó a mantenerla a base de abuso físico. No puedo culparlos por ello, la personalidad original era un peligro terrible que no estaban capacitados para manejar. Por supuesto, el Dr. Folie ha hecho berrinche por no poder estudiar al Thanatos personificado que solía ser el paciente. Del estudio con la porquería -quiero decir, la amplibanda-, se deduce que la personalidad “Henry” ha sido implantada tan profundamente, que no veo manera de restaurar o hacer salir la personalidad “Kharon” sin un daño cerebral irreversible para el sujeto, en cuyo caso ya no nos serviría de nada. Recomiendo, en beneficio de la investigación, no hacer ningún intento por revertir al paciente a su patología primaria, sino intentar desarrollar una terapia efectiva para la actual. Para este fin…
…lo siento, tengo que terminar, esta cosa me da dolor de cabeza. Folie no debería usarla tanto…aún es experimental.


Archivo 09133339 de PsiCorp
Memorándum del Dr. Sigfrid Folie, para el Dr. Erich Wahn.
Me dice el Dr. Scheusal, del Departamento de Genética, que quizá haya una manera de liberar a “Thanatos” (Já). Experimental, es verdad, pero suena muy interesante. Estoy dispuesto a tomar el riesgo, así que he enviado una petición a la Dirección General.

Las enfermeras, como siempre, no le responden, ni siquiera lo miran a los ojos. Sabe que todos aquí lo desprecian. Lo tratan como a un perro lisiado que se ha tirado en la puerta. Hoy el doctor Folie no ha venido con el anciano doctor Wahn (el que no lo trata tan mal), sino con uno nuevo, pálido y nervioso. Al menos, ahora no tienen puestas esas cosas. No le gusta tener al doctor Folie dentro de su mente: se siente como si alguien le abriera el tórax, le sacara los intestinos, sin arrancárselos, e hiciera malabares con ellos. Eso es algo que Kharon haría. En realidad no conoce a Kharon, pero le teme, incluso más que a los médicos. El doctor nuevo, sin siquiera saludarlo, le toma el brazo y le inyecta algo. No sabe qué es, pero está acostumbrado a que le introduzcan todo tipo de sustancias.
Esta droga se siente diferente. Henry se convulsiona, su cabeza cae. Su cuerpo está dormido, pero su cerebro bulle de actividad. Tiembla y grita entre sueños. Por fin conoce a Kharon.

Archivo 09133345 de PsiCorp
Informe del Dr. Scheusal, director del Departamento de Genética.
Se le inyecta al ejemplar, durante varios días, una dosis experimental de una enzima genética que, en términos sencillos, provoca una transformación física gradual. Aplicada en los insectos, la enzima acelera la transformación de estado larval a adulto en pocas horas. Sin embargo, si se le administra a un espécimen adulto, replica los patrones de instinto de una larva, con lo que el insecto maduro, a pesar de tener ahora un cuerpo totalmente desarrollado, se comporta como una cría. Los alcances de esta reacción son sorprendentes: mi hipótesis implica que es posible provocar una regresión en los patrones mentales de un sujeto, de vuelta a como eran en una etapa anterior de su desarrollo. Recomiendo un estudio exhaustivo de las posibilidades de desarrollar esta enzima en diferentes especies, el ser humano incluido.

Hola, Henry.
¿Doctor Folie? ¿Qué van a hacerme?
Nada malo, Henry. No te preocupes. ¿Cómo estás?
Asustado.
¿Es necesario realizar la terapia con estas cosas puestas, Folie?
Sí, lo es, querido colega. Ésta es una oportunidad inestimable. Estar presentes en un cerebro mientras éste cambia de estado, de patrón neuronal… estudiar no a una, sino a dos mentes…una de ellas desapareciendo, la otra tomando su lugar…

(La mente de Henry pierde coherencia. Las amplibandas no logran decodificar frases, apenas gramemas sueltos, gritos y sollozos psíquicos).
Lo está asustando, Folie. Está enfermo, pero no es estúpido. Se da perfecta cuenta de que va a pasar algo.
¿Y qué? Tranquilícese, Wahn. Todo saldrá bien si deja de meter sus neuronas don
de no le concierne. Es más, quítese la maldita banda. Va a dificultar todo el proceso.
Está tan loco como él si piensa que voy a dejarlo hacer lo que se le dé la gana. Hablamos de la mente de un ser hu
mano…
“Hablamos” de basura. Una mente desahuciada. No sirve para nada y no tiene cura posible. Ya sea Henry o Kharon, el tipo es un desecho social. No es otra cosa que un experimento científico…

(Henry entra en pánico. Los médicos son golpeados por el terror que invade su cerebro. Wahn da un respingo, Folie no se inmuta).
¡Lo está escuchando, grandísimo idiota!
Que me escuche. ¿Qué va a hacer, liberarse de los grilletes de acero? ¿Salir corriendo? ¿Demandarme?
¡Se lo advierto, Folie, deténgase en este momento!
¿Me advierte, pedazo de idiota? La autoridad la tengo yo. El proceso fue iniciado hace días, no puede detenerse. No hay marcha atrás.
¡Basta, por favor! ¿Qué pretende?
¿Ahora mismo? Deshacerme de usted, viejito estúpido.


Sin que medie palabra, dos guardias detienen al doctor Wahn y le arrancan la banda de la cabeza. El doctor Folie, observado por el doctor Scheusal, se interna en la psique del paciente, llevada ya al extremo de la psicosis. Henry siente tentáculos mentales introduciéndose, husmeando por los pasillos de su cerebro. Kharon lucha por liberarse de la red que lo aprisiona; tiene un éxito momentáneo. Una descarga neural, como una tormenta de arena en el desierto, vuelve a sepultarlo. Pero el doctor Folie lo ha visto. Lanza gritos psíquicos, insultando a Henry, para distraerlo, pero éste no responde a sus injurias: todo su cerebro se concentra en mantener encerrado a Kharon. En el mundo físico, el demente sufre espasmos violentos. Una segunda ola cerebral lo cimbra. El cuerpo de Henry, marioneta tembleque, se sacude con furia. Folie busca a la mente prisionera; conforme el daño es mayor, las defensas se relajan. El doctor excava, penetra mentalmente a Henry, con lujuria. Descubre que el asalto cerebral es más violento, placentero y salvaje que su equivalente sexual. Durante la violación, la personalidad actual se derrumba, la cautiva emerge. Lo encuentra fascinante. Henry se desintegra, grita, se desvanece en el fondo del cerebro. Folie ‘eyacula’: su energía psíquica, que sustituye al esperma, da fuerza al nuevo inquilino. Kharon no titubea; la psique del doctor es atacada, tomada por sorpresa en medio de su orgasmo cerebral. Es su turno de ser la víctima. Thanatos viola a Folie, lo desgarra, sodomiza, parte en tiras y, finalmente, se lo come vivo; pero no corre sangre en este encuentro. Flujos eléctricos descuartizan las neuronas del médico; amputando, seccionando, y después, soldando, reconstruyendo…

Archivo 09133368 de PsiCorp
Informe del Dr. Erich Wahn, director del Departamento de Psicoanálisis.
Expreso a la Dirección General mi gratitud por el ascenso a la dirección de este Departamento y por el retiro de las amplibandas a los investigadores. Mi dolor de cabeza, según me informa el Dr. Stein, era parte de una serie de efectos secundarios. No causó lesiones permanentes a nadie, excepto, me temo, al Dr. Folie, quien abusó de ella. Fue esa herida en el lóbulo frontal la que agravó la situación durante el incidente ocurrido en la terapia de Henry Curwood, quien sufrió una regresión temporal al estado patológico previo al tratamiento en Rainer.
Tengo entendido que el difunto Dr. Scheusal buscaba una oportunidad para desarrollar una enzima humana equivalente a la que había descubierto en los insectos. El Dr. Folie, irresponsablemente, ofreció a Curwood para desarrollar el experimento, enviando incluso un memo a la Dirección General, como consta en los archivos, pero falseando la información sobre la naturaleza del experimento (desde luego, no sugiero que la Dirección General tuvo responsabilidad alguna en el desafortunado desarrollo de los eventos). Según el análisis físico, la enzima basada en el paciente provocó una reacción violenta en el cerebro. El organismo la rechazó, liberando, en una especie de reflejo inmunológico, a la personalidad anterior del sujeto, que permanecía oculta por mecanismos psíquicos. Henry ha caído en estado vegetativo y le mantengo bajo observación en la sala de emergencias. Mis órdenes han sido no suministrarle más drogas, excepto las que sean necesarias para salvar su vida.
El Dr. Folie deseaba poder estudiar a fondo el patrón patológico de la personalidad Kharon. En cierta manera, ha tenido éxito. Como he mencionado, la personalidad reprimida de Henry actuó como una especie de agente inmunológico y atacó al intruso mental, personificado en la psique de Folie, y en última instancia, tomando su lugar. El doctor Folie es ahora Thanatos. Mató a las enfermeras, al doctor Scheusal y a uno de los guardias que me custodiaban antes de que el otro pudiera aturdirle. Si Folie no hubiera ordenado que me apresaran, también yo estaría muerto. El doctor no parece conservar rastros de su antigua persona, al menos ninguno que haya salido a flote hasta el momento. Es peligroso, extremadamente peligroso. Por ahora, se le mantiene bajo sedación profunda en la cámara de máxima seguridad. Recomiendo a la Dirección General considere aplicar a la brevedad posible los protocolos de eutanasia 37c.

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Disparos Al Aire (Il Buono, Il Codardo, Il Duce)

©2009, Yussel Dardón |

E
El proyectil dejó una serie de estrías humeantes en la pared tras impactase en ella. El cantinero, más preocupado por la gente que se iba sin pagar que por el enano sin oreja desangrándose en el suelo, tomó su escopeta y amenazó con disparar a cualquier desgraciado que intentara huir.
Saltando como canguro, el robusto cantinero pasó de la barra a la pista, encañonando a todo aquel que parpadeara. Los dedos de su única mano, amoratados y llenos de cortadas, temblaban ansiosos por jalar el gatillo. A simple vista él era un bisonte, un animal buscando el mínimo error para embestir.
Ensimismado en su furia, caminó entre las mesas, a veces tirando las bebidas y otras golpeando a los clientes; en su mirada acuosa se notaba que cualquiera de los que estábamos en la cantina podía terminar con una bala en el rostro.
Sin lugar a dudas, aquella bestia pensaba abrir fuego a la menor provocación, sólo era cuestión de tiempo para que alguien lo suficientemente estúpido se sintiera héroe; por eso, cuando la mujer de vestido amarillo se acercó a él no me sorprendió que le clavara una bala expansiva en el cráneo. Su voluptuoso cuerpo, enfundado en un amarillo que se teñía naranja, dio cuatro pasos antes de desplomarse, instante suficiente para ver con más detalle su escote. Clay, el necrófilo que estaba sentado junto a mí, me dijo rascándose la entrepierna: Viejo, no todos los días puedes metérsela a una mujer que no te pedirá que le digas, te amo.
Desde la mesa en que jugaba dominó con Clay, observamos el espectáculo, él atento a las piernas de la descabezada mientras yo veía al micro-hombre convulsionándose, al cantinero con su escopeta y la inquietante pintura de John Wayne de la que salió la ráfaga que mató al enano.

A
En el cuadro, el Duque lucía su famosa pose de manos en la cintura y sombrero ladeado, de camisa azul y mano firme sosteniendo el revólver que tantas victorias le dio en el Viejo Oeste. Wayne, tan soberbio como los caballos salvajes, sonreía clavando la mirada al frente, observando desde su lienzo estático al cantinero que hacía explotar el pecho de quienes intentaban escapar.
Quizá porque la muerte estaba más cerca en representación del cantinero, o porque el espectáculo del enano tomaba tintes risibles, o porque la mujer descabezada tenía senos enormes, pero nadie observó el instante en que el Duque se llevó la mira del revolver al rostro y abrió fuego; por eso, ver al cantinero desplomarse con la espina dorsal hecha añicos y escupiendo sangre, tomó por sorpresa a todos.
Aprovechando el desorden con que se movían las personas dentro de la cantina, Clay se acercó a la mujer sin cabeza para besarle las amoratadas piernas; verlo me recordó el día que murió mi mujer pero sobre todo, vino a mi memoria el momento en que observé a Clay sodomizar su cadáver. Nunca le reclamé nada, pues más allá de ser mi amigo, tenía ese aspecto que sólo los verdaderos hijos de puta tienen.
Una carcajada áspera dejó en silencio a la gente, que se movía sobre los charcos sanguinolentos. El Duque había salido del cuadro.

S
John Wayne, cojeando un poco y escupiendo a la izquierda, se acercó a la barra, tomó una botella de whisky y después de observarla le dio un trago, aparentando indiferencia ante lo sucedido, pero bastaba que alguien diera unos pasos a la puerta para que se volteara y le metiera una bala en la nuca.
La cantina iba adquiriendo olor a pólvora, la lluvia de esquirlas colmaba todo. La caída de los trozos metálicos sobre el suelo me recordó la risa de mi mujer y cómo la imaginé disfrutando desde su féretro la sacudida que le estaba dando Clay.
Mientras pensaba en eso, John Wayne notó que no le quitaba los ojos de encima, entonces fue cuando caminó hacia mí. El Duque, viéndome con desprecio, puso una bala dentro del cargador de la pistola, misma que dejó sobre la mesa, retándome a tomarla. Observé unos segundos el revólver y luego negué con la cabeza. John Wayne sonrió y me dijo que la cobardía era la mejor defensa contra malnacidos maniáticos como él. Brindé por ello. El Duque se sentó a mi lado y desde ahí puso en práctica su puntería. El sonido de los disparos hacía que me encogiera de hombros y que deseara esconderme bajo las tablas, pero el temor de que me viera huir me dejó pegado a la silla.
John Wayne tomaba como blanco a cualquiera, por eso el necrófilo no escapó; el Duque haciendo rechinar sus dientes, apuntó a la entrepierna de Clay que, sin notar el momento en quéela bala lo atravesó, aullaba desde el suelo, muriendo como uno de sus cadáveres ultrajados. Al ver la muerte de Clay, sentí una profunda admiración por el Duque y quise haber sido yo el que estuviera matando sin piedad a todos los de la cantina.

T
Cuando te acostumbras a la mierda es difícil salir de ella, por eso los que estábamos en la cantina nos tranquilizamos poco a poco; ya casi nadie intentaba escapar ni acercarse a John Wayne, que volvió a la barra para seguir bebiendo. Alguien se levantó para hacer funcionar la rockola y sacó a bailar a una de las ficheras. Al principio, el temor del disparo alejó a la gente de la pista, pero pasado el tiempo empezaron a moverse, incluso alguien tomó el cuerpo putrefacto del enano y bailó con él. El Duque permitió la fiesta y por primera vez desde que empezó la masacre se respiraba tranquilidad. La música, mezcla de rock and roll y folk cubrió la cantina que, entre nota y nota parecía un cubo reluciente de melodías frenéticas.
John Wayne, que observaba con agrado a la gente bailar, soltó una serie de disparos al aire; cada una de las balas rebotaron en el techo metálico, alcanzando a derribar a algunos de los bailarines sin herirlos de gravedad. Uno de los proyectiles rozó mi brazo y fue a dar a otra de las mesas, donde estaba sentado un vaquero que llevaba en sus hombros una especie de sarape, un hombre alto y rubio que puso su atención en el tarro de cerveza que hizo explotar la bala. Su mirada, perdida en las gotas que escurrían de los cristales, simulaba un paisaje árido y sólo la risa del Duque lo sacó de su trance. El vaquero, arqueando las cejas, sacudió los fragmentos del tarro que había en su pantalón, sacó su revólver y de un tiro silenció la rockola.

W
Tras el disparo, la cantina se transformó en un sepulcro adornado de luces y cuerpos incapaces de hacer algo; todavía pasmado, un bailarín de voz chillona y temblorosa, le reclamó al pistolero el por qué acabar con la música, a lo que él respondió, entreabriendo su boca y observándonos con sus ojos azules, que nadie saldría vivo de ahí, que era mejor que nos largáramos. Como si hubiéramos ensayado, todos volteamos hacia John Wayne, que observaba lo sucedido entre la humareda de su cigarro.
Cuando el pistolero volvió a apuntar su arma, di un salto tratando de escapar, pero la voz del Duque, pidiendo que no hiciera una estupidez me detuvo. Dándoles la espalda y temblando como epiléptico, escuché a John Wayne levantarse de su silla y caminar en dirección al pistolero. Tratando de ver lo sucedido, giré un poco la cabeza hasta distinguir a uno frente al otro, retándose con la mirada y con una mano puesta en el revólver. Nunca supe quién fue el primero en disparar, sólo escuché los gritos y el caer de cuerpos. Desde el suelo, y tratando de cubrirme de la balacera, me sentí fuera de lugar; no podía sentirme parte de algo cuando la mitad de los que estaban allí eran víctimas mientras yo, temeroso, me ocultaba tras las decenas de cuerpos inertes. Desde mi trinchera pude ver cómo a pesar de tantas detonaciones, los dos cowboys permanecían de pie, con su arma entre las manos, sin ningún viso de arrepentimiento y arropados por el olor de la pólvora y el crujir del metal caliente de sus pistolas.

O
El hedor seco y rancio de la pólvora se impregnó en mi rostro: sentí los ojos arder, irritándose hasta las lágrimas. La mezcla de sangre, calor y miedo me revolvió el estómago obligándome a vomitar tras la barricada. Desde ahí, pude ver al Duque y al pistolero retándose.
- Maté a doce- Dijo un John Wayne furioso
- Yo a trece- La voz llena de tranquilidad del pistolero irritó aún más al Duque, que escupiéndole a las botas le dijo que ése era su número de la suerte.
- Me alegro, porque ése es el número de balas que te meteré en el pecho y no me gustaría que anduvieras muerto y sin fortuna.
John Wayne soltó una carcajada y le ofreció un trago al pistolero. Cuando el Duque notó mi presencia me ordenó que sirviera dos whiskys. No tuve más remedio que hacerlo. Temblando como quien desactiva una caja llena de explosivos, serví las bebidas. Al llevárselos, el pistolero preguntó mi nombre pero antes de hacerlo, el Duque interrumpió para decir que no importaba porque los muertos y cobardes no responden a ningún alias. Al escuchar a John Wayne, oriné mis pantalones. El pistolero pidió que apartara mi presencia de ahí; una vez más no tuve que obedecer.
Al alejarme, me imaginé como un pistolero sosteniendo un revólver con firmeza, con determinación, sin temor de reventarle la cara a mis enemigos; por desgraciada la voz profunda del Duque, retando a duelo al pistolero, interrumpió mi sueño de ser alguien.



O
Antes de la pelea, se sentaron sobre los cuerpos apilados. Yo, a las peticiones constantes de John Wayne, estuve atendiéndolos diez o quince minutos, llevando whisky y cigarrillos. En los dos se notaba seguridad de triunfo, sin embargo, el Duque se veía ansioso por disparar mientras el pistolero estaba más preocupado por impedir que me acercara a él, contándome cada vez que me aproximaba historias sobre sus asesinatos, como aquella donde hizo explotar un tren, me dijo que ese día notó que los cuerpos, antes de carbonizarse, huelen a orines.
Yo estaba más nervioso que ellos porque sabía que cualquiera que fuese el resultado, mis vísceras terminarían en una bolsa negra que los médicos etiquetarían, sin importarles mi nombre, como una de las víctimas de la masacre. A fin de cuentas, como dijo John Wayne, mi nombre no significaría nada porque la bolsa quedaría junto a otros sacos llenos de cadáveres putrefactos. Mientras pensaba en eso, el Duque se levantó disparando para anunciar la contienda.

D
Bajo una mesa, observé al Duque y al pistolero enfrentándose en un duelo de valentía, sin titubear, sin parpadear. Sus manos, calculadoras en tanto la distancia del revólver, se movían palpando con suavidad el aire, sintiendo el magnetismo del acero de los cañones. La respiración del Duque aceleró al tiempo en que el pistolero mordía sus labios.
El estruendo rebotó por las paredes dejándome un zumbido constante.
No pude observar quién disparó primero, lo que sí pude ver fue al Duque desplomarse con un hueco en el vientre y al pistolero tomándose el hombro izquierdo. Inmutable ante el dolor, observó al Duque que respiraba con dificultad en el suelo y, encañonándolo una vez más, le dijo que había llegado el momento, así que abrió fuego hasta vaciar el cargador.
Al salir de debajo de la mesa, el pistolero me pidió un trago y se lo di rápidamente. Se quedó ahí un rato más, observando los cuerpos en el suelo pero no al Duque. Puso un par de balas a su revólver y me apuntó.
Al sentirme encañonado, recordé las veces que mi mujer pidió ser cremada y la terquedad de Clay por sepultarla. En ese momento, la imagen de ella, ultrajada después de su muerte, me mareó. Observé el cuadro vació de John Wayne, apreté las mandíbula y los ojos, mismos que no abrí hasta escuchar al pistolero alejarse, diciendo que ya no había tan buenos cobardes como yo.


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25/01/09

En Un Parpadeo

© 2009, Ana Delia Carrillo |

La pesadez del silencio es insoportable. Justo la calma que antecede a la tormenta. Y él, parado ahí, junto a la puerta de la cocina, los ojos fijos en la mesa aún con platos sucios. Checa su reloj, su Rolex Submariner Acero, comprobando mi tardanza. Levanta la vista lentamente hasta detenerla en mis ojos. Procuro hallar un pretexto plausible en el caos que es mi cerebro, con los latidos acelerados a punto de reventar el pecho, y el sudor frío recorriendo mi espalda. Es inútil. Sé lo que viene. Su mirada me da esa certeza que me revuelve el estómago, que me paraliza por completo. Ni siquiera intento seguir lavando los platos de la cena. Me quedo ahí, inmóvil, esperando. Apenas tres zancadas y ya está junto a mí, apretando los dientes, en un afán de autocontrol que, como siempre, será en vano. Toma uno de los platos, aún con restos de comida, y lo arroja al suelo. Los pedazos de cerámica salen disparados en todas direcciones. Levanta su mano a la altura de mi rostro. Anticipando la bofetada, entrecierro los ojos. Entonces la veo. La sombra de lo que parece un tentáculo. El primer golpe hace que todo se vuelva negro. Por unos cuantos segundos olvido dónde estoy, por qué siento este ardor, seguido de una sensación pulsante dentro de mi cabeza, in crescendo, como un estallido ensordecedor. Y antes de que me recupere del primero, vienen los otros. No sé cuál me dobla las rodillas. Sólo sé que estoy en el suelo, hecha un ovillo, cubriendo mi cara con los brazos. Y el silencio otra vez. Como en cámara lenta, abro los ojos. Apenas puedo enfocar la vista en esa silueta que me observa desde arriba. Y las sombras de los tentáculos desaparecen tras la espalda. La sonrisa deja asomar lo que semeja un colmillo puntiagudo, babeante. Sin prisas da media vuelta y se dirige a la puerta, alejándose por el pasillo.

* * *

Siempre supe que estaban ahí. Sin embargo, me negué a aceptar su existencia. Eran sólo producto de la imaginación desbordante de una niña. Además se ocultaban muy bien. Cada vez que parpadeaba, aunque procuraba abrir los ojos casi de inmediato, jamás lograba verlos de frente. Aparecían justo cuando cerraba los ojos, aunque fuera por un segundo. Podía ser cualquiera, la señora que caminaba tras de mí, el viejito de la tienda, Miss Diéguez frente al pizarrón. Bastaba un parpadeo para que se transformaran, para que los brazos se convirtieran en tentáculos, para que las caras adquirieran una nueva forma, distorsionada, grotesca, con dientes puntiagudos y ojos desorbitados. Para que el entorno se volviera oscuro y frío, pesadillesco. Y justo antes de que el miedo me hiciera presa, abría los ojos y todo regresaba a la normalidad. Estás loca, me repetía. Esas cosas no existen. En el fondo no sé si realmente lo creía.

* * *

Después de varios minutos de escuchar una serie de ladridos furiosos, de gruñidos y lloriqueos, se levanta del sofá, indicándome que lo espere. Apenas desaparece por el pasillo voy detrás de él. Escucho abrirse la puerta que da al jardín y el gruñido amenazador de Max, seguido de otros que provienen de lo que supongo es algún animal que no logro identificar. Los gruñidos se convierten en aullidos destemplados. Siento un escalofrío desde la nuca hasta la espalda media. La preocupación es mayor al temor; me asomo con cautela, a unos cuantos pasos de la puerta. Sólo alcanzo a ver sombras en la pared: la silueta alargada de un hombre que golpea lo que parece un bulto en el suelo. Por los chillidos apagados deduzco que es Max. La sombra cambia sutilmente de apariencia: de la espalda salen varias extensiones que ondean en el aire. Los chillidos cesan. Sólo se escucha un jadeo ronco, gutural, que poco a poco baja de intensidad; la respiración normalizándose. La sombra gira y se empequeñece. El sonido de pasos lentos acercándose. Alcanzo a ver la punta de una extensión que se convierte en su mano, abriendo la puerta. Apenas si entiendo lo que dice. Algo sobre un perro enloquecido que atacó a Max. Y lo único claro: está muerto, lo siento... No salgas, el cuerpo está irreconocible. Sus palabras suenan huecas, con un rumor extraño. Me quedo ahí mientras él saca unas bolsas de plástico negras, mientras recoge el cadáver de Max y lo pone en la cajuela del coche. Sigo ahí cuando regresa, sin saber cuánto tiempo ha pasado. Sólo puedo pensar en las sombras. Sin asimilar del todo, lo ocurrido.

* * *

Lo cierto es que jamás le conté a nadie. Ni a la terapeuta que me vio después del divorcio, cuando mi estado emocional era lamentable. Obviamente las alucinaciones eran un modo de explicar el abuso, la violencia vivida. No dije nada, ni siquiera después, ya viviendo sola, cuando alcanzaba a verlos con el rabillo del ojo, su sombra pasando junto a mí, cuando alguno de sus tentáculos rozaba mi pelo, justo al volverme de espaldas al espejo. Siempre había otra explicación: el juego de luces y sombras, alguna brisa moviendo las cortinas, el cansancio después de un día de trabajo. Y, si acaso los recordaba, descartaba de inmediato la idea en aras de la racionalidad. Es imposible, punto. Pero en el fondo la duda quedaba.

* * *

La entrada es un túnel apenas iluminado que desemboca a un galerón. Al fondo, el escenario. La batería, al centro y en un nivel más alto, ejerce un poder casi mágico sobre la multitud allí reunida, que espera ansiosa el inicio del concierto. Me abro paso entre cuerpos sudorosos, envueltos en cuero negro, muñequeras con estoperoles y botas de motociclista. La cerveza circula sin parar. Apenas me llega su aroma, se me hace agua la boca. Pronto tengo un vaso espumeante que bebo casi de un trago. Las luces se apagan y al instante el clamor de cientos de gargantas. Apenas unos segundos más tarde, y en completa oscuridad, el sonido poderoso de tambores en aceleración. Como flotando, una luz azulosa pasa sobre nuestras cabezas, iluminando el escenario. Luego, los furiosos riffs de un par de guitarras sostenidos por un bajo potente, que retumba en mi pecho. Como de la nada emerge del suelo una figura vestida con una túnica negra, la cabeza cubierta por una capucha que incluso le cubre parte del rostro. Levanta el puño al aire. Al unísono, como respondiendo a una señal previamente ensayada, nuestros puños también se levantan en una sincronía perfecta. Una voz metálica inunda el lugar. Furor, adrenalina, voces de diferentes registros entonan la melodía, hermanados por la música. La emoción crece a medida que avanza el concierto. A unos cuantos metros de mí se empieza a formar un mosh pit. En medio, dos tipos se empujan violentamente. Se enlazan en una especie de abrazo atropellado. Y entonces, un tentáculo gris ondea en el aire. Lo veo claramente por unos segundos, y luego, solo son brazos agitándose al ritmo de la música. El corazón me late aceleradamente, ya no de emoción sino de sobresalto. A empujones me alejo de ahí, tratando de sacudir la imagen de mi cabeza. Del escenario, un espontáneo que ha subido, se prepara para surfear en la multitud. Justo antes que lo detengan los roadies se lanza al mar de gente. Y de entre ella, varios tentáculos sostienen su cuerpo, llevándolo de adelante hacia atrás. Las venas de mi cerebro pulsan descontroladamente, me cuesta respirar. En mis oídos, la música se ha convertido en ruido ininteligible, disonante. Necesito salir del lugar. A trompicones me abro paso. El roce con esos otros cuerpos me resulta intolerable, como si en lugar de personas tocara criaturas extrañas, amenazadoras. Tropiezo. Alguien me sostiene, impidiendo la caída. Levanto la vista para encontrarme con un rostro anormal, ajeno, de ojos desorbitados y colmillos puntiagudos. Con horror contemplo aquello que me ha servido de asidero: un tentáculo gris, frío. La cabeza me da vueltas, un rush de adrenalina recorre mi cuerpo. Sin pensarlo dos veces me alejo corriendo, empujando, hasta llegar a la salida, con la sensación de que esas criaturas me pisan los talones. Me precipito hacia la puerta, que cede a mi peso. El frío me golpea la cara, aclarando mis pensamientos. Volteo hacia atrás. Nada, nadie me ha seguido. El rumor de la música apenas se distingue. Río nerviosamente. Tal vez tantas cervezas... No. En el fondo sé que son ellos, que son reales. Quisiera creer que son pesadillas, o alucinaciones escapistas, o tal vez las fantasías de mi niñez. Quiero llegar a casa, arrebujarme entre las sábanas y dormir profundamente, con la certeza de que mañana todo será diferente. De que amanecerá y ellos no estarán aquí.

* * *

Después de varias noches de insomnio, de un miedo cerval a cerrar los ojos, las consecuencias son evidentes. Con sólo un par de horas en la oficina, apenas tolero el encierro. Sintiéndome sofocada, constreñida en ese reducido cubículo, salgo a buscar un poco de aire fresco. Sin pensarlo, mis pasos se encaminan hacia el parque. El Sol está en su punto más alto y brilla, inclemente, en un cielo sin nubes. Un viento ligero sopla entre los árboles. Me siento en una banca, tratando de relajar los músculos del cuello. La sensación de agobio va disminuyendo poco a poco. Al cabo de unos minutos, el rumor de niños jugando me alcanza. Son tres o cuatro pequeños que corretean tras una pelota. A unos metros, las madres observan el juego mientras platican, llamándoles la atención de cuando en cuando. Procuro ignorarlos, ver para otro lado, cuando siento un golpe en las piernas. Reconozco de inmediato el objeto que me ha golpeado: una pelota. Me inclino para recogerla y devolverla a sus dueños. Al incorporarme, ya uno de los pequeños está frente a mí, su mirada fija en mis ojos. Intento sonreírle, sin explicarme esta sensación de incomodidad, de inquietud, sin recibir respuesta de su parte; la expresión de su rostro es de completa inexpresividad. Extiendo los brazos, entregándole la pelota. La toma impávido, y sólo entonces esboza lo que intenta ser una sonrisa, pero en realidad es una mueca de la que asoma un colmillo largo y puntiagudo. Sin más, como impelida por un resorte, me levanto y me alejo apresuradamente del parque. Al llegar a la esquina me detengo, volteo hacia atrás, y alcanzo a ver sus figuras infantiles jugando como si nada. Inhalo y exhalo varias veces, recuperando el aliento, y camino un par de cuadras hacia la oficina, pero sólo pensar en ese lugar atestado hace que el malestar regrese. A unos metros veo un autobús y le hago la parada, sin importar hacia dónde se dirige. La respiración ha vuelto a la normalidad. Por fortuna hay asientos vacíos y me siento en uno, junto a la ventanilla. El camión se detiene en cada parada, subiendo y bajando pasaje, avanzando lentamente entre el tráfico. El calor y el ruido de los automóviles me producen un sopor extraño. De pronto el cielo se oscurece y las formas de los edificios y los árboles cambian sutilmente bajo la penumbra rojiza que se apodera del entorno. Ante mis ojos veo cómo la gente que camina por las calles se transforma en criaturas de tentáculos grises y colmillos afilados. Un sudor frío me cubre la piel. Es justo como en mis pesadillas y me pregunto si acaso estoy dormida y esto es un mal sueño, pero algo dentro de mí me dice que no, que todo es real: el cielo, el entorno, las criaturas. Volteo hacia los pasajeros para encontrarme con las mismas expresiones impávidas de aquel pequeño de la pelota. Entonces escucho la voz temblorosa de la anciana que está sentada detrás de mí.
–Tú también los puedes ver, ¿no es cierto?

* * *

Quisiera no saber lo que ocurre, pretender que las cosas no han cambiado. Ahora no puedo darme ese lujo. No después de los recientes acontecimientos. Y la mayoría de la gente ni siquiera sabe lo que pasa frente a sus narices. Algunos perciben que algo está sucediendo. De pronto aparece alguna nota en el periódico, perdida entre las noticias de mayor relevancia. Una que no es tomada en cuenta por nadie, una que pasa desapercibida entre tanta balacera y decapitaciones. La gente está tan harta de la violencia imperante que no busca más explicaciones: las muertes se le atribuyen al narco, a la policía corrupta, a las guerras entre pandillas. Los motivos sobrenaturales están pasados de moda. Pero yo sé que son ellos. Han esperado pacientemente el momento adecuado. Están actuando. Y no se detendrán. Puedo verlo cada vez que cierro los ojos, el cielo oculto bajo nubes amenazantes, la luz incapaz de atravesarlas. Penumbras. Frío. Olor a podredumbre. Y ellos, con sus tentáculos, alimentándose de cadáveres. De los cuerpos de mis vecinos.

* * *

Los aullidos ya son parte de los ruidos nocturnos de la ciudad. Puedo oírlos justo afuera de mi ventana. Hace mucho que no duermo. Me paso las noches sentada en la mecedora de la recámara, abrazando mis piernas. Y no es muy diferente durante el día. Procuro salir lo menos posible. Ayer no pude seguir posponiéndolo y me aventuré a las calles con la esperanza de encontrar alguna tienda cercana para comprar comida, y así evitar el viaje al centro, a uno de los pocos almacenes que siguen funcionando, a pesar de la situación. Después de buscar por varias cuadras sin éxito, decidí regresar e intentarlo más tarde, procurando caminar con rapidez pero sin correr, sin aspavientos para no llamar demasiado la atención. Casi llegando al departamento, a la vuelta de la esquina, los oí: gruñidos guturales, jadeos que se convierten en aullidos. Me detuve en seco, la espalda pegada a la pared. Con cuidado, me asomé hacia donde provenían los ruidos. A media calle, dos de ellos, con sus tentáculos, golpeaban repetidamente a un hombre que yacía en el suelo, inmóvil. Y luego esas figuras inclinándose sobre él, los dientes afilados arrancando pedazos de carne sanguinolenta. Deslizándome lo más silenciosamente posible, siempre pegada a la pared y sin quitarles los ojos de encima, me dirigí al departamento. Ellos ni siquiera levantaron la vista mientras devoraban el cadáver de aquel hombre.

* * *

Hace casi un mes que llegué a este lugar y aún no he desempacado. ¿Para qué hacerlo? No sé cuánto tiempo estaré aquí. Además cargo tan pocas cosas. Apenas un par de back-packs. Lo indispensable. De este modo, si hay que salir inesperadamente, puedo hacerlo con facilidad y rapidez. Las noticias aseguran que la "ola de violencia" aún no llega a las ciudades más pequeñas, a los pueblos más escondidos. No puedo confiarme; las noticias dicen cualquier cosa con tal de mantener a la gente tranquila. Engañada. Y ellos lo creen a pie juntillas, tan preocupados por sus vidas banales, tan obsesionados por sus trabajos, por sus posesiones, por su status, incapaces de aceptar la realidad aunque esté frente a sus ojos. Las desapariciones, las muertes inexplicables. La violencia extrema en escalada. Y sólo unos pocos atreviéndose a hablar, a decir lo que han visto, aun a riesgo de ser llamados locos. Sólo unos pocos capaces de percibir esta realidad aterradora. Porque la ignorancia es una bendición. Porque es preferible pretender que todo está bien a aceptar lo inexplicable, lo inverosímil, lo imposible. Por eso tuve que irme. ¿Cómo quedarse? ¿Para qué? Nadie quería, nadie quiere ser salvado. Ahora que cientos de ciudades se han vuelto inhabitables entre la violencia y la descomposición, ahora que ellos paulatinamente se apoderan de nuestro entorno, yo sólo puedo seguir huyendo, de pueblo en pueblo, con la certeza de que en algún momento ya no habrá a dónde ir, de que en algún momento me alcanzarán. Y no tengo ni siquiera el consuelo de olvidarme de lo que sucede; cada vez que cierro los ojos están ahí, como en mi niñez, acercándose, cada vez un poco más.


Leer Más “En Un Parpadeo”

17/01/09

Polifemo Sin Ojo

©2009, Gabriel Benítez |

Aquí arriba todo es cielo
Robert Silverberg
Nave Hermana, Estrella Hermana


1
Se llama Polifemo y no sabe hacer otra cosa más que comer.
Devora luz, devora estrellas, devora espacio y ha terminado por devorar también nuestras almas. Pronto nos tragará también a nosotros. ¿Qué nos queda hacer más que esperar?
Se llama Polifemo y no sabe hacer otra cosa que no sea comer.

2
...piense en un agujero negro no sólo como un lugar donde la gravedad es muy fuerte, sino como un lugar donde el tejido del espacio-tiempo se ve siempre arrastrado hacia abajo...
hacia abajo...

hacia abajo...
hacia abajo...



3
Todo el pinche departamento es una mierda, pero ¿que cosa en este universo no lo es?

No es retórica. No es lírica barata: Es una gran verdad.
Y eso no lo aprendí en el espacio sino en una plática de café.
Lo entendí así: Cuando el universo nació, la Gran Explosión creo la misma cantidad de partículas de materia que de antimateria. Cuando los dos tipos de partículas se encontraron, no supieron hacer nada mejor que eliminarse.
Sin embargo, había un pequeño excedente.
Ese pequeño excedente resultaron ser partículas de materia. Tuvimos suerte. Si hubieran sido de antimateria se hubiera creado un antiuniverso y ninguno de nosotros estaríamos aquí.
Como pueden ver, solo quedaron las sobras de una batalla, la mierda de un enfrentamiento de muerte.
Somos como el flojisto de una combustión, somos como el humo de la cerilla.
Somos mierda.

Dejo los paquetes del mandado sobre la mesa de la cocina y hago una señal con mi mano que activa en mis retinas la imagen holográfica de la televisión.
Lo mismo de siempre: Noticias, insípidos shows de guerras, notas de escándalo, reportajes de Frankenciencia.... si. las cosas han cambiado mucho desde que llegue del espacio, pero no tanto como para acabar con esta basura. Hago zapping con mis párpados mientras me dedico a arreglar en la alacena todo lo que he comprado.
Y entonces lo veo. Lo sintonizo en mi retina y me doy cuenta de que lo que veo es lo que he estado buscando desde hace mucho tiempo atrás, por lo que he regresado a la ciudad.

¿Cuál es la verdad, hermano? ¿Cuál es el objetivo de tu vida? ¿Existe en este universo un lugar para ti?
Nosotros podemos llevarte a la verdad.

Nosotros sabemos por qué demonios estás aquí.
Nosotros sabemos cuál es el lugar al que perteneces.
Somos LA NUEVA NACION DE RAMÓN CLARK y aquí no hay límite para la verdad. Despré
ndete de las ruinas de la creación y abre tus ojos a un lugar que está mucho más allá de la sensibilidad de la materia.

Haz clic con tus ojos en este instante y sintoniza nuestro site de información, donde nos conocerás y sabrás...


Ramón Clark. Hacia años que no escuchaba ese nombre, que no veía esa cara. Y ahora, helo aquí. Tiene su propia nación, su propia religión. Pero claro, yo y él sabemos que su reino no es de este mundo. En lo absoluto.

Hago clic con los párpados de mis ojos y en un instante entro a su site de información, así que me siento en una de las sillas de la cocina y comienzo a asimilar todo lo posible sobre él, sobre el mundo que ha creado, sobre la religión que ha desarrollado, sobre la filosofía que nos ha traído. Y lo que veo me sorprende. Muchos son los llamados, Todos son los escogidos... ¡y son tantos!

¡Oh Dios! Ramón debe tener mucha hambre.
Mucha, mucha hambre.
Como la que tuvimos todos nosotros.
Bueno, ha llegado el momento de hacerle una visita....


4
...piense en un agujero negro no sólo como un lugar donde la gravedad es muy fuerte, sino como un lugar donde el tejido del espacio-tiempo se ve siempre arrastrado hacia abajo...
hacia abajo...
hacia abajo...
hacia abajo...



5
"Nada, y mucho menos nadie, puede escapar de la vorágine de violencia de un agujero negro, la fuerza cósmica más impresionante que se conoce en el universo. Es un foso de gravedad tan extrema que ni siquiera la luz puede evitar ser tragada por este monstruoso fenómeno que aumenta su poder con cada objeto que cae en su interior: Estrellas y materia estelar en movimiento giratorio se despeñan a su interior con el equivalente de energía de cien millones de soles.
Ahí, en ese abismo sin fondo, sin llene —como decía algún famoso escritor— hasta la misma muerte puede morir.
Si una de nuestras naves de investigación llegara lo bastante cerca de uno de estos agujeros puede darse cuenta, tal vez demasiado tarde de que se ha perdido el control y se vería arrojada al foso perfectamente negro de ese maelstrom de las estrellas.
Y eso señores, fue el caso de la nave de investigación estelar Newton, que sin embargo, tal vez por un extraño fenómeno físico-cuántico que aún no conocemos, por una jugarreta cósmica que aún no hemos calculado o un designio divino, logró sobrevivir y ser arrojado de una muerte segura hasta un punto indeterminado del espacio donde fueron rescatados y atendidos por astronaves nuestras... ¡Tres años después!
Pero bueno, señoras y señores, no hablemos más y permítanos presentarles, por primera vez y en exclusiva, a uno de los sobrevivientes de ese trágico tour hacia el centro de la nada, el capitán científico de la Newton, con ustedes el Dr. Ramón Luis Clark.... ¡Un aplauso por favor!"


6
Creo que mi psicólogo se conectó conmigo a eso de las cinco de la madrugada.
Al principio pensé que era un sueño, porque la transmisión había logrado mezclarse en mi psique cuando yo estaba en lo más profundo del sueño MOR, así que la plática la tuvimos ahí, en el mundo intermedio entre lo real e irreal, donde se elevaban unas placidas colinas verdes y un cielo azul tan intenso que era imposible mirarlo de frente. Ahí, en ese plácido lugar que debí haber visto en alguna foto de un libro, mi psicólogo me habló:

—Lo que usted siente, lo que usted percibe —me dijo— lo he estado estudiando. El shock de lo que les haya pasado ahí dentro, ha logrado como resultado que ustedes conceptualicen el mundo y su entorno en forma de símbolos míticos. De hecho, ustedes llamaban a aquello, Polifemo...

Mi psicólogo vestía en el sueño una túnica blanca y larga que le llegaba hasta el suelo. A su alrededor, comían plácidamente siete borregos blancos. Pude darme cuenta que, detrás de él, por la colina, subían también siete borregos negros.

—Polifemo, el gigantesco antropoide de sólo un ojo que capturó y esclavizó a la tripulación de Ulises para irlos devorando uno por uno. ¡El símbolo no puede ser más obvio! ¿No lo ve? ¿Acaso no lo ve? ustedes estuvieron ahí adentro. Fueron atrapados. Fueron devorados. Aquello...modificó sus mentes, su percepción. Pero no los modificó a ustedes ¿Entiende? ¡A ustedes! Son humanos. Puedo jurar por todo lo sagrado que son humanos. ¡Siguen siendo hombres!

Mi psicólogo comenzó a llorar. Derramaba lágrimas como si fuera una magdalena. Y mientras lloraba no era consciente de que a su alrededor, las ovejas negras comenzaban a devorar a las blancas. Las devoraban como una cobra devora a un ratón y las ovejas chillaban y pataleaban...

Y entonces desperté.
En mi cabeza solo sonaba el bip seco y monótono de una llamada perdida que no quedó registrada.
Lo que sí quedó registrado fue el suicidio de mi psicólogo en las noticias de aquella mañana.


7
...piense en un agujero negro no sólo como un lugar donde la gravedad es muy fuerte, sino como un lugar donde el tejido del espacio-tiempo se ve siempre arrastrado hacia abajo...
hacia abajo...
hacia abajo...
hacia abajo...


8
Creo que las primeras víctimas fueron la familia de Tad Ochoa. Murieron en el plazo de dos años desde nuestra llegada y fueron muriendo uno por uno, como mueren las plantas secas que han sido abandonadas.
Cuando yo visitaba a Tad podía ver también a su familia y era obvio que estaban consumidos.
Sí. Consumidos es la palabra. Vacíos.
Supe por Tad que en una ocasión su hijo mayor entró a la cochera de la casa y aplastó con una de las llantas una de las patas de su perro. Éste comenzó a aullar con verdadero dolor, pero su hijo sólo se bajó del carro y se quedó ahí, parado, sin hacer nada.
Sus ojos fijos.
Chispas solo pudo salir porque Tad movió el automóvil y después de eso el perro permaneció así, con su pata machacada, porque nadie se dignó a llevarlo al veterinario.
Ni Tad.
A nadie le importó.
El perro permaneció así, con su pata aplastada, durante 5 días más, que fue cuando murió.

—¿Qué piensas de todo esto? —le pregunté mientras enterrábamos a su perro en el jardín trasero de su casa— Digo, dejar a Chispas así, sin atender, sin nada... fue mucho tiempo.

—No sé —dijo él y se encogió de hombros.

Le hice la misma pregunta cuando murió su esposa, después cuando murió su padre y después cuando murieron cada uno de sus hijos

Y la respuesta era no sé, mientras se encogía de nuevo de hombros. Una y otra vez.


9
Se llamaba Polifemo y no sabía hacer otra cosa más que comer.
Nadie recuerda qué ocurrió en su interior. Nadie recuerda el momento en que nos devoró. Yo sólo tengo en mi mente el leve destello del interior de una nave espacial expandiéndose hasta el infinito y un grito que supuse era mío.
De ahí en adelante todo es olvido.

Después nos encontraron flotando en el espacio, congelados dentro de nuestros nidos de criogenización, esperando...
Así que nos sacaron de ahí y nos trajeron a la Tierra. A la pequeña y azul Tierra.
¡Qué error! Nadie se dio cuenta de que todos teníamos hambre.


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...piense en un agujero negro no sólo como un lugar donde la gravedad es muy fuerte, sino como un lugar donde el tejido del espacio-tiempo se ve siempre arrastrado hacia abajo...
hacia abajo...
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11
"¿Existe peligro de que un agujero negro pueda llegar un día a tragarse a la Tierra?" le preguntó el presentador del programa aquella primera vez a Ramón Clarke. Estaba siendo transmitido en cadena interneural a todo el orbe. "¿Podemos llegar a ser amenazados por uno de esos fenómenos?"

Clarke respondió que tal vez, y sonrió, pero la verdadera respuesta es que el agujero negro ya estaba aquí. Se hallaba deambulando dividido en cinco partes por diferentes lugares del orbe. Una de las partes era él, por supuesto, otra era Tad Ochoa cuyo agujero negro ya se había tragado a su familia, llevándolos por una espiral descenderte cada vez más y más abajo. Otra era yo que había logrado agregar a mi cuenta a mi psicólogo, a una niña, hija de mis vecinos, a mi hámster y a una que otra persona que había decidido tener contacto cercano conmigo. Los otros dos eran un robot androide de exploración y la inteligencia artificial que iba con nosotros en la nave

Y todos teníamos hambre. Sólo que no lo sabíamos.

La primera en saberlo fue IBA, nuestra inteligencia artificial. Extrañamente lo que supo no se lo avisó a nadie y permaneció así, devorando y devorando desde su lugar en el astillero. El segundo en saberlo fue NEK, nuestro androide de exploración, que se detonó automáticamente dentro de la nave, justo enfrente del núcleo de conciencia de IBA, pero no sin antes dejarnos a los tres restantes un mensaje y la explicación de lo que nos había estado pasando.

Éramos como Polifemo, agujeros negros que no se saciarían jamás. Fosos dedicados a tragar y tragar todo aquello sensible que se colocara a nuestro lado. Primero los sentimientos, después la misma conciencia, finalmente la vida.
"Como máquina —dejó dicho nuestro androide—, no puedo especular sobre la existencia de un alma. Pero si esta existe, creo que no debemos dudar en que podríamos devorarla también..."

Yo le creí, por eso decidí irme y alejarme de todo contacto con ser viviente, humano o animal. Tad Ochoa también le creyó y para no hacer más daño utilizó su pistola con el mismo propósito con que mi psicólogo antes. Finalmente nadie supo qué había decidido hacer Ramón Clarke.

Hasta ahora.


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...piense en un agujero negro no sólo como un lugar donde la gravedad es muy fuerte, sino como un lugar donde el tejido del espacio-tiempo se ve siempre arrastrado hacia abajo...
hacia abajo...
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Yo me alejé, sí, pero Clarke no. Era más pragmático y práctico que nosotros así que no creo que le haya costado mucho hacerse a la idea de su nueva naturaleza. No se escondió como yo, ni se voló los sesos como Tad, así que si alguien tiene que convencerlo de no devorar más, ese debo ser yo.

No fue nada tonto. Se inventó una religión para tener redes con las cuales pescar y comer. ¿Y que más místico puede haber que un hombre que ha atravesado el horizonte de eventos de un agujero negro y ha vivido para contarlo? ¿Acaso no ha atravesado el Cielo y el Infierno con un mismo boleto y ha vuelto para testimoniarlo?

La gente aún no lo sabe, pero el agujero negro que es Clarke ya ha crecido demasiado. Puedo afirmarlo porque puedo sentirlo. Puedo verlo en mi mundo alrededor. Puedo empezar a notar la vacuidad pero también comienzo a sentir de nuevo el hambre y eso me da miedo. Así que si debo hacer algo, lo tengo que hacer ya.

Nadie sabe lo que pasaría en un choque de dos agujeros negros, pero lo que es seguro es que algo tiene que pasar. Y eso pronto lo vamos a saber. Clarke y yo nos vamos a encontrar. El es un torbellino total y yo no he comido en mucho tiempo.

Sí, nos volveremos a encontrar.
¡Y yo que tengo tanta hambre!...

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...piense en un agujero negro no sólo como un lugar donde la gravedad es muy fuerte, sino como un lugar donde el tejido del espacio-tiempo se ve siempre arrastrado hacia abajo...
hacia abajo...
hacia abajo...
hacia abajo...


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