©2009, Eugenio Zigurat |
En las búsquedas aberrantes de obtener respuesta del más allá, conseguí, mediante métodos cuestionables emparentados con la alquimia y la magia verde, encontrar al fin una manera de conectar la ouija a mi PC, en especial a mi procesador de textos. La noche del 30 de octubre, mientras bebía a rabiar como es mi costumbre en Halloween, obtuve un manuscrito que a todas luces parecía provenir del más allá.
Ahora, tras haber calmado a mis vecinos, tras entregar al de vigilancia del infonavit mi máscara de jockey y la sierra de cadena de plástico llena de sangre falsa y limpiado casi todos los estropicios que hice en casa (excepto esa mezcla de calabaza y veladora que aún pende de mi cieloraso, como carne purulenta de zombi reventado); la duda me surge: ¿Fue en verdad del más allá tal manuscrito? ¿O sólo del más allá de mi consciente?
Quizá la duda puedan resolverla ustedes. Yo les ofrezco el manuscrito tal como apareció en mi laptop (o casi; los fantasmas parecen desconocer la ortografía, las puntuaciones y hasta los paréntesis). Es éste:
No vivo en el infierno. Vivo aquí, sin vivir. Ser fantasma es la mayor jodedera que te puede pasar en la no vida. Y conste que dije la mayor, no la peor.
Mi nombre no tiene importancia. Es más, me da pena siquiera escribirlo, por aquello de que esto se de a conocer en el mayor medio pornográfico que existe: la maldita internet.
Y digo maldita, porque me consta. Mi historia es un producto, un derivado de tal porquería.
De veras que me gustaría afirmar que todo esto que estoy a punto de contar tiene un origen más fiel a quién era yo. Es más, hasta estaría orgulloso de decir que mi vida era ejemplo de rectitud y ciudadanía, que siempre voté por el partido más cercano a la iglesia, que jamás compré un disco pirata y nunca contraté a una desnudista, ni siquiera para el casi insignificante table privado (que no implica ningún contacto carnal), que mi departamento era ejemplo de orden y pulcritud y que en mi Jetta del año jamás se pudo identificar olor alguno a cigarro o peores yerbas fumables, es más, ni siquiera era identificable ninguna huella de lodo o aceite o lubricantes en tapetes o vestiduras. Yo seguía las reglas, punto por punto. Y no me andaba con payasadas extrañas. O casi no.
Lo de las japonesas me vino como cuestión natural. En un mundo tan corrompido --quise decir prostituido--, la única opción para conocer viejas decentes era el Japón. Por aquí las que no cojean de plano ruedan. Y tampoco he de negarlo, las únicas fotos de internet que me interesaban eran de las niponas, porque ver exámenes ginecológicos y rectales en las americanas y hasta europeas (eso sí, nada como la porno por detrás de las checas y todos esos paisitos de Europa del Este), era un asco (que a veces añoro) que me provocaba náuseas.
La cosa es que (aunque me dé pena, al fin y al cabo soy fantasma y no saben mi nombre), con todo lo buen partido que era, ni una maldita zorra se me arrimaba y yo ya andaba desesperado, no sólo porque siempre estaba como cautín, sino porque mis santos padres (que todavía siguen por allá) se la pasaban fregándome con dudas sobre mi hombría y exigencias de descendencia. Entonces, ni tardo ni perezoso, me puse a escribir en cuanto chat y nodo de encuentro y red de citas se me puso enfrente. Siempre pedía una japonesa viviendo en México, una que supiera español (o lo medio masticara) y quisiera quedarse aquí y tener hijos con un hombre solvente, de buena familia y apegado a las máximas de la decencia.
No fracasé. Al principio la respuesta fue tibia, pero al cabo de mis rechazos públicos (cómo hay zorras que hacen cualquier mierda con tal de obtener ciudadanías, cómo hay de gays que se hacen pasar por el sexo bello), terminé por encontrar verdaderas citas interesantes. Y es de la última de la que debo hablar.
Se llamaba Katsumi y desde la primera foto, tengo que reconocerlo, yo quedé prendado. La vieja estaba chulísima, buenísima. Una cara redonda, de nariz respingadita, de labios carnosos en pucherito; sus senos pequeños pero con una cintura, unas nalgas que hacían que la mente se me convirtiera en cámara porno.
Como siempre, en estos casos, chateamos y chateamos hasta que ya no fue posible evitar más el encuentro.
Nos encontramos en una plaza comercial y toda ella destilaba lujuria, desde sus alpargatas de madera hasta su semi-kimono con el moño enfrente. Creo que si entonces hubiera sabido el significado de ese nudo de regalito, tampoco la cosa hubiera resultado distinta.
A ella se le salían las hormonas por cada centímetro de exquisita piel. A mí se me arremolinaban, se me congestionaban en cada poro hasta hacerme salivar y babear más allá de lo recomendable.
Eso no fue todo. Implacable, la nipona empezó a hablarme de mis escritos sobre la cultura japonesa, de mis versiones críticas sobre la Segunda Guerra Mundial. Y a mí, poco a poco ya no me iban quedando líquidos; repartidos todos entre lo que prometía ser material para el orgasmo del siglo y las toneladas de saliva que derramaba, me iba quedando por completo seco y descerebrado.
Me encantaría contarles cómo fue todo antes de irnos al departamento, pero la mera verdad temo que sea tal el impacto que, como yo, decidan quedarse de plano en esa seducción. Créanme, no vale la pena. Nadita de nada.
Nos fajamos en el carro, en el elevador, en el pasillo, en la sala. Yo me sentía a mis anchas, como si estuviera protagonizando algún thriller soft porno, como si todo fuera a convertirse en una leyenda digna de los grandes mitos del siglo XXI, pero no. Justo a punto de quitarle la tanga, ella empezó a llorar.
Había visto el suficiente porno japonés, estudiado más que bastante de la historia de las tierras de los samurais, por lo que no me detuve y seguí chupándole todo lo disfrutable hasta que una patada me derribó de la cama.
Ni siquiera atinaba a decidirme entre si romperle los labios a punta de chingadazos (perdón por el francés) o sólo violarla, cuando ella se acabó de quitar los trapos y se puso ahí, así sin más, a besarme las patas con chillidos en japonés y reverencias a mí, como si fuera el Sagrado Corazón de Jesús.
La abracé, la acaricié con ternura y mantuve a mis gónadas bajo supervisión judicial mientras le aseguraba que todo estaba bien. Entonces, justo entonces, ya en un español claro, ella lo dijo:
--Ya soy tuya, pero para acabar de serlo, de manera física, tienes que hacer un ritual. El fantasma de mi ex-novio me persigue. No me deja en paz. Por eso me vine a México, en serio, te lo juro. Si no te deshaces de su fantasma, morirás en nuestro primer amor.
Y entre juradas y más tonterías, logró convencerme. En pocas palabras, Katsumi aseguraba que Kohyi se había quitado la vida una tarde de verano, en la torre más alta de Hiroshima, muchos metros más arriba del parque donde se habían quedado de ver para cerrar el ritual de compromiso. Se había arrojado al vacío porque pensaba que ella no lo amaba. Y cada nuevo novio era una confirmación de sus deducciones, pese a las miles de explicaciones, pese a oir gritar, a su lado, al padre de Katsumi lo bueno que era que aquel inútil se hubiera suicidado.
Yo creía saber todo de la cultura japonesa, pero me equivocaba. Mis errores eran tan grandes que decidí, después de estar un rato en el hotel, fingir que todo me era natural y más que sabido, que cada adición de hierbas respondía a una receta secreta que yo me sabía como a las líneas de la palma de mi mano.
Katsumi sonreía, como si estuviera agradecida y poco a poco, sobre todo de su bolsa (cosa que entonces sólo me llenó de orgullo: esta vieja sabe a lo que viene) fuimos sacando las cosas necesarias para armar eso que ella llamaba el "altar fúnebre".
Encuerados del todo y yo con un deseo tal que casi podía verme la cara con ese tercer ojo, acabé de trazar el último detalle con una cruz de cenizas. Ahora que lo repaso, la textura de tal polvo era en exceso húmeda y me cosquilleaba los dedos mientras iba trazándola, de espaldas al suelo, de costado al altar. Katsumi estaba a hojarcadas sobre mí y cuando terminé la cruz, ella acabó de bajar.
El calor se hizo insoportable, en mi miembro y también en mi flanco izquierdo. Al principio no le di importancia, pero conforme el ritmo del pistoneo fue aumentando, así creció el quemor en mis costillas. Pensé que una veladora se habría caído y giré la vista sólo para ver cómo la cruz de polvo negro se agitaba, arremolinaba, de manera rápida, hasta formar la silueta de un ser humano, tamaño Max Steele, uno que no se detuvo a contemplarme. Como si fuera el engendro de un soldado furioso se arrojó contra mi cara, y empezó a arañarla. Traté de combatirlo, de aventarlo lejos con dos certeros puñetazos, entonces sentí el sexo de Katsumi, apretando el mío en una caricia que me hizo gemir.
Y ahí acabó todo. La maldita silueta de ceniza empezó a meterse en mi boca, a asfixiarme con su cuerpo pica-pica a tal punto que ni siquiera podía toser.
Entonces ella habló. No sé si en español o si ya para ese momento entendía el japonés, la vaina es que en ese instante ella empezó a soltar la sopa.
--Esto es para que sepas más de Hiroshima. Mi novio murió calcinado con la primera bomba. Yo también. Esas son nuestras cenizas. Hoy, con las tuyas, vamos a tener más.
Y el calor creció y creció, mientras ella se agitaba sobre mi vientre y él se introducía por mi garganta.
Los recuerdos se me quemaron como vieja cinta en un cinematógrafo.
Y sin embargo, hoy recuerdo más. Por eso quise escribir.
Katsumi está a mi lado. No me pregunten cómo. Y también su maldito novio. Y todos los idiotas, como yo, de internet, que siguen haciéndole caso a sus mensajes.
Al parecer la cosa es muy simple. Katsumi se posesiona de cuerpos cada que visitan su tumba, y espera, ahí, sentadita en alguna parte, sugiriéndole cosas a sus huéspedes, haciéndolos elegir víctimas, hasta que llega el siguiente portal de los muertos, en el día del diablo. Entonces resucita, se apodera de cada célula y es tamaña su furia, por la muerte sorpresiva, que hace que huésped y víctima se calcinen en eso que ya nadie quiere llamar combustión espontánea.
Hoy, de mi cuerpo, sólo quedan cenizas. Unas que, una y otra vez, son recogidas, enviadas a nuevas direcciones de gente que es sometida a proceso policiaco, bajo sospecha de secuestro.
Hoy logré apartarme a la casa del vecino y escribir esto. Mañana aparecerán las cenizas, la falta de otra mujer, la nueva sospecha de secuestro. Y así. Hasta que cada hombre y mujer paguen, lo que los gringos hicieron a Hiroshima.
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Ahora, tras haber calmado a mis vecinos, tras entregar al de vigilancia del infonavit mi máscara de jockey y la sierra de cadena de plástico llena de sangre falsa y limpiado casi todos los estropicios que hice en casa (excepto esa mezcla de calabaza y veladora que aún pende de mi cieloraso, como carne purulenta de zombi reventado); la duda me surge: ¿Fue en verdad del más allá tal manuscrito? ¿O sólo del más allá de mi consciente?
Quizá la duda puedan resolverla ustedes. Yo les ofrezco el manuscrito tal como apareció en mi laptop (o casi; los fantasmas parecen desconocer la ortografía, las puntuaciones y hasta los paréntesis). Es éste:
No vivo en el infierno. Vivo aquí, sin vivir. Ser fantasma es la mayor jodedera que te puede pasar en la no vida. Y conste que dije la mayor, no la peor.
Mi nombre no tiene importancia. Es más, me da pena siquiera escribirlo, por aquello de que esto se de a conocer en el mayor medio pornográfico que existe: la maldita internet.
Y digo maldita, porque me consta. Mi historia es un producto, un derivado de tal porquería.
De veras que me gustaría afirmar que todo esto que estoy a punto de contar tiene un origen más fiel a quién era yo. Es más, hasta estaría orgulloso de decir que mi vida era ejemplo de rectitud y ciudadanía, que siempre voté por el partido más cercano a la iglesia, que jamás compré un disco pirata y nunca contraté a una desnudista, ni siquiera para el casi insignificante table privado (que no implica ningún contacto carnal), que mi departamento era ejemplo de orden y pulcritud y que en mi Jetta del año jamás se pudo identificar olor alguno a cigarro o peores yerbas fumables, es más, ni siquiera era identificable ninguna huella de lodo o aceite o lubricantes en tapetes o vestiduras. Yo seguía las reglas, punto por punto. Y no me andaba con payasadas extrañas. O casi no.
Lo de las japonesas me vino como cuestión natural. En un mundo tan corrompido --quise decir prostituido--, la única opción para conocer viejas decentes era el Japón. Por aquí las que no cojean de plano ruedan. Y tampoco he de negarlo, las únicas fotos de internet que me interesaban eran de las niponas, porque ver exámenes ginecológicos y rectales en las americanas y hasta europeas (eso sí, nada como la porno por detrás de las checas y todos esos paisitos de Europa del Este), era un asco (que a veces añoro) que me provocaba náuseas.
La cosa es que (aunque me dé pena, al fin y al cabo soy fantasma y no saben mi nombre), con todo lo buen partido que era, ni una maldita zorra se me arrimaba y yo ya andaba desesperado, no sólo porque siempre estaba como cautín, sino porque mis santos padres (que todavía siguen por allá) se la pasaban fregándome con dudas sobre mi hombría y exigencias de descendencia. Entonces, ni tardo ni perezoso, me puse a escribir en cuanto chat y nodo de encuentro y red de citas se me puso enfrente. Siempre pedía una japonesa viviendo en México, una que supiera español (o lo medio masticara) y quisiera quedarse aquí y tener hijos con un hombre solvente, de buena familia y apegado a las máximas de la decencia.
No fracasé. Al principio la respuesta fue tibia, pero al cabo de mis rechazos públicos (cómo hay zorras que hacen cualquier mierda con tal de obtener ciudadanías, cómo hay de gays que se hacen pasar por el sexo bello), terminé por encontrar verdaderas citas interesantes. Y es de la última de la que debo hablar.
Se llamaba Katsumi y desde la primera foto, tengo que reconocerlo, yo quedé prendado. La vieja estaba chulísima, buenísima. Una cara redonda, de nariz respingadita, de labios carnosos en pucherito; sus senos pequeños pero con una cintura, unas nalgas que hacían que la mente se me convirtiera en cámara porno.
Como siempre, en estos casos, chateamos y chateamos hasta que ya no fue posible evitar más el encuentro.
Nos encontramos en una plaza comercial y toda ella destilaba lujuria, desde sus alpargatas de madera hasta su semi-kimono con el moño enfrente. Creo que si entonces hubiera sabido el significado de ese nudo de regalito, tampoco la cosa hubiera resultado distinta.
A ella se le salían las hormonas por cada centímetro de exquisita piel. A mí se me arremolinaban, se me congestionaban en cada poro hasta hacerme salivar y babear más allá de lo recomendable.
Eso no fue todo. Implacable, la nipona empezó a hablarme de mis escritos sobre la cultura japonesa, de mis versiones críticas sobre la Segunda Guerra Mundial. Y a mí, poco a poco ya no me iban quedando líquidos; repartidos todos entre lo que prometía ser material para el orgasmo del siglo y las toneladas de saliva que derramaba, me iba quedando por completo seco y descerebrado.
Me encantaría contarles cómo fue todo antes de irnos al departamento, pero la mera verdad temo que sea tal el impacto que, como yo, decidan quedarse de plano en esa seducción. Créanme, no vale la pena. Nadita de nada.
Nos fajamos en el carro, en el elevador, en el pasillo, en la sala. Yo me sentía a mis anchas, como si estuviera protagonizando algún thriller soft porno, como si todo fuera a convertirse en una leyenda digna de los grandes mitos del siglo XXI, pero no. Justo a punto de quitarle la tanga, ella empezó a llorar.
Había visto el suficiente porno japonés, estudiado más que bastante de la historia de las tierras de los samurais, por lo que no me detuve y seguí chupándole todo lo disfrutable hasta que una patada me derribó de la cama.
Ni siquiera atinaba a decidirme entre si romperle los labios a punta de chingadazos (perdón por el francés) o sólo violarla, cuando ella se acabó de quitar los trapos y se puso ahí, así sin más, a besarme las patas con chillidos en japonés y reverencias a mí, como si fuera el Sagrado Corazón de Jesús.
La abracé, la acaricié con ternura y mantuve a mis gónadas bajo supervisión judicial mientras le aseguraba que todo estaba bien. Entonces, justo entonces, ya en un español claro, ella lo dijo:
--Ya soy tuya, pero para acabar de serlo, de manera física, tienes que hacer un ritual. El fantasma de mi ex-novio me persigue. No me deja en paz. Por eso me vine a México, en serio, te lo juro. Si no te deshaces de su fantasma, morirás en nuestro primer amor.
Y entre juradas y más tonterías, logró convencerme. En pocas palabras, Katsumi aseguraba que Kohyi se había quitado la vida una tarde de verano, en la torre más alta de Hiroshima, muchos metros más arriba del parque donde se habían quedado de ver para cerrar el ritual de compromiso. Se había arrojado al vacío porque pensaba que ella no lo amaba. Y cada nuevo novio era una confirmación de sus deducciones, pese a las miles de explicaciones, pese a oir gritar, a su lado, al padre de Katsumi lo bueno que era que aquel inútil se hubiera suicidado.
Yo creía saber todo de la cultura japonesa, pero me equivocaba. Mis errores eran tan grandes que decidí, después de estar un rato en el hotel, fingir que todo me era natural y más que sabido, que cada adición de hierbas respondía a una receta secreta que yo me sabía como a las líneas de la palma de mi mano.
Katsumi sonreía, como si estuviera agradecida y poco a poco, sobre todo de su bolsa (cosa que entonces sólo me llenó de orgullo: esta vieja sabe a lo que viene) fuimos sacando las cosas necesarias para armar eso que ella llamaba el "altar fúnebre".
Encuerados del todo y yo con un deseo tal que casi podía verme la cara con ese tercer ojo, acabé de trazar el último detalle con una cruz de cenizas. Ahora que lo repaso, la textura de tal polvo era en exceso húmeda y me cosquilleaba los dedos mientras iba trazándola, de espaldas al suelo, de costado al altar. Katsumi estaba a hojarcadas sobre mí y cuando terminé la cruz, ella acabó de bajar.
El calor se hizo insoportable, en mi miembro y también en mi flanco izquierdo. Al principio no le di importancia, pero conforme el ritmo del pistoneo fue aumentando, así creció el quemor en mis costillas. Pensé que una veladora se habría caído y giré la vista sólo para ver cómo la cruz de polvo negro se agitaba, arremolinaba, de manera rápida, hasta formar la silueta de un ser humano, tamaño Max Steele, uno que no se detuvo a contemplarme. Como si fuera el engendro de un soldado furioso se arrojó contra mi cara, y empezó a arañarla. Traté de combatirlo, de aventarlo lejos con dos certeros puñetazos, entonces sentí el sexo de Katsumi, apretando el mío en una caricia que me hizo gemir.
Y ahí acabó todo. La maldita silueta de ceniza empezó a meterse en mi boca, a asfixiarme con su cuerpo pica-pica a tal punto que ni siquiera podía toser.
Entonces ella habló. No sé si en español o si ya para ese momento entendía el japonés, la vaina es que en ese instante ella empezó a soltar la sopa.
--Esto es para que sepas más de Hiroshima. Mi novio murió calcinado con la primera bomba. Yo también. Esas son nuestras cenizas. Hoy, con las tuyas, vamos a tener más.
Y el calor creció y creció, mientras ella se agitaba sobre mi vientre y él se introducía por mi garganta.
Los recuerdos se me quemaron como vieja cinta en un cinematógrafo.
Y sin embargo, hoy recuerdo más. Por eso quise escribir.
Katsumi está a mi lado. No me pregunten cómo. Y también su maldito novio. Y todos los idiotas, como yo, de internet, que siguen haciéndole caso a sus mensajes.
Al parecer la cosa es muy simple. Katsumi se posesiona de cuerpos cada que visitan su tumba, y espera, ahí, sentadita en alguna parte, sugiriéndole cosas a sus huéspedes, haciéndolos elegir víctimas, hasta que llega el siguiente portal de los muertos, en el día del diablo. Entonces resucita, se apodera de cada célula y es tamaña su furia, por la muerte sorpresiva, que hace que huésped y víctima se calcinen en eso que ya nadie quiere llamar combustión espontánea.
Hoy, de mi cuerpo, sólo quedan cenizas. Unas que, una y otra vez, son recogidas, enviadas a nuevas direcciones de gente que es sometida a proceso policiaco, bajo sospecha de secuestro.
Hoy logré apartarme a la casa del vecino y escribir esto. Mañana aparecerán las cenizas, la falta de otra mujer, la nueva sospecha de secuestro. Y así. Hasta que cada hombre y mujer paguen, lo que los gringos hicieron a Hiroshima.


























