El Libro de Pixeles
Narrativa Sin Límites

25/1/09

En Un Parpadeo

© 2009, Ana Delia Carrillo |

La pesadez del silencio es insoportable. Justo la calma que antecede a la tormenta. Y él, parado ahí, junto a la puerta de la cocina, los ojos fijos en la mesa aún con platos sucios. Checa su reloj, su Rolex Submariner Acero, comprobando mi tardanza. Levanta la vista lentamente hasta detenerla en mis ojos. Procuro hallar un pretexto plausible en el caos que es mi cerebro, con los latidos acelerados a punto de reventar el pecho, y el sudor frío recorriendo mi espalda. Es inútil. Sé lo que viene. Su mirada me da esa certeza que me revuelve el estómago, que me paraliza por completo. Ni siquiera intento seguir lavando los platos de la cena. Me quedo ahí, inmóvil, esperando. Apenas tres zancadas y ya está junto a mí, apretando los dientes, en un afán de autocontrol que, como siempre, será en vano. Toma uno de los platos, aún con restos de comida, y lo arroja al suelo. Los pedazos de cerámica salen disparados en todas direcciones.
Levanta su mano a la altura de mi rostro. Anticipando la bofetada, entrecierro los ojos. Entonces la veo. La sombra de lo que parece un tentáculo. El primer golpe hace que todo se vuelva negro. Por unos cuantos segundos olvido dónde estoy, por qué siento este ardor, seguido de una sensación pulsante dentro de mi cabeza, in crescendo, como un estallido ensordecedor. Y antes de que me recupere del primero, vienen los otros. No sé cuál me dobla las rodillas. Sólo sé que estoy en el suelo, hecha un ovillo, cubriendo mi cara con los brazos. Y el silencio otra vez. Como en cámara lenta, abro los ojos. Apenas puedo enfocar la vista en esa silueta que me observa desde arriba. Y las sombras de los tentáculos desaparecen tras la espalda. La sonrisa deja asomar lo que semeja un colmillo puntiagudo, babeante. Sin prisas da media vuelta y se dirige a la puerta, alejándose por el pasillo.

* * *

Siempre supe que estaban ahí. Sin embargo, me negué a aceptar su existencia. Eran sólo producto de la imaginación desbordante de una niña. Además se ocultaban muy bien. Cada vez que parpadeaba, aunque procuraba abrir los ojos casi de inmediato, jamás lograba verlos de frente. Aparecían justo cuando cerraba los ojos, aunque fuera por un segundo. Podía ser cualquiera, la señora que caminaba tras de mí, el viejito de la tienda, Miss Diéguez frente al pizarrón. Bastaba un parpadeo para que se transformaran, para que los brazos se convirtieran en tentáculos, para que las caras adquirieran una nueva forma, distorsionada, grotesca, con dientes puntiagudos y ojos desorbitados. Para que el entorno se volviera oscuro y frío, pesadillesco. Y justo antes de que el miedo me hiciera presa, abría los ojos y todo regresaba a la normalidad. Estás loca, me repetía. Esas cosas no existen. En el fondo no sé si realmente lo creía.

* * *

Después de varios minutos de escuchar una serie de ladridos furiosos, de gruñidos y lloriqueos, se levanta del sofá, indicándome que lo espere. Apenas desaparece por el pasillo voy detrás de él. Escucho abrirse la puerta que da al jardín y el gruñido amenazador de Max, seguido de otros que provienen de lo que supongo es algún animal que no logro identificar. Los gruñidos se convierten en aullidos destemplados. Siento un escalofrío desde la nuca hasta la espalda media. La preocupación es mayor al temor; me asomo con cautela, a unos cuantos pasos de la puerta. Sólo alcanzo a ver sombras en la pared: la silueta alargada de un hombre que golpea lo que parece un bulto en el suelo. Por los chillidos apagados deduzco que es Max. La sombra cambia sutilmente de apariencia: de la espalda salen varias extensiones que ondean en el aire. Los chillidos cesan. Sólo se escucha un jadeo ronco, gutural, que poco a poco baja de intensidad; la respiración normalizándose. La sombra gira y se empequeñece. El sonido de pasos lentos acercándose. Alcanzo a ver la punta de una extensión que se convierte en su mano, abriendo la puerta. Apenas si entiendo lo que dice. Algo sobre un perro enloquecido que atacó a Max. Y lo único claro: está muerto, lo siento... No salgas, el cuerpo está irreconocible. Sus palabras suenan huecas, con un rumor extraño. Me quedo ahí mientras él saca unas bolsas de plástico negras, mientras recoge el cadáver de Max y lo pone en la cajuela del coche. Sigo ahí cuando regresa, sin saber cuánto tiempo ha pasado. Sólo puedo pensar en las sombras. Sin asimilar del todo, lo ocurrido.

* * *

Lo cierto es que jamás le conté a nadie. Ni a la terapeuta que me vio después del divorcio, cuando mi estado emocional era lamentable. Obviamente las alucinaciones eran un modo de explicar el abuso, la violencia vivida. No dije nada, ni siquiera después, ya viviendo sola, cuando alcanzaba a verlos con el rabillo del ojo, su sombra pasando junto a mí, cuando alguno de sus tentáculos rozaba mi pelo, justo al volverme de espaldas al espejo. Siempre había otra explicación: el juego de luces y sombras, alguna brisa moviendo las cortinas, el cansancio después de un día de trabajo. Y, si acaso los recordaba, descartaba de inmediato la idea en aras de la racionalidad. Es imposible, punto. Pero en el fondo la duda quedaba.

* * *

La entrada es un túnel apenas iluminado que desemboca a un galerón. Al fondo, el escenario. La batería, al centro y en un nivel más alto, ejerce un poder casi mágico sobre la multitud allí reunida, que espera ansiosa el inicio del concierto. Me abro paso entre cuerpos sudorosos, envueltos en cuero negro, muñequeras con estoperoles y botas de motociclista. La cerveza circula sin parar. Apenas me llega su aroma, se me hace agua la boca. Pronto tengo un vaso espumeante que bebo casi de un trago. Las luces se apagan y al instante el clamor de cientos de gargantas. Apenas unos segundos más tarde, y en completa oscuridad, el sonido poderoso de tambores en aceleración. Como flotando, una luz azulosa pasa sobre nuestras cabezas, iluminando el escenario. Luego, los furiosos riffs de un par de guitarras sostenidos por un bajo potente, que retumba en mi pecho. Como de la nada emerge del suelo una figura vestida con una túnica negra, la cabeza cubierta por una capucha que incluso le cubre parte del rostro. Levanta el puño al aire. Al unísono, como respondiendo a una señal previamente ensayada, nuestros puños también se levantan en una sincronía perfecta. Una voz metálica inunda el lugar. Furor, adrenalina, voces de diferentes registros entonan la melodía, hermanados por la música. La emoción crece a medida que avanza el concierto. A unos cuantos metros de mí se empieza a formar un mosh pit. En medio, dos tipos se empujan violentamente. Se enlazan en una especie de abrazo atropellado. Y entonces, un tentáculo gris ondea en el aire. Lo veo claramente por unos segundos, y luego, solo son brazos agitándose al ritmo de la música. El corazón me late aceleradamente, ya no de emoción sino de sobresalto. A empujones me alejo de ahí, tratando de sacudir la imagen de mi cabeza. Del escenario, un espontáneo que ha subido, se prepara para surfear en la multitud. Justo antes que lo detengan los roadies se lanza al mar de gente. Y de entre ella, varios tentáculos sostienen su cuerpo, llevándolo de adelante hacia atrás. Las venas de mi cerebro pulsan descontroladamente, me cuesta respirar. En mis oídos, la música se ha convertido en ruido ininteligible, disonante. Necesito salir del lugar. A trompicones me abro paso. El roce con esos otros cuerpos me resulta intolerable, como si en lugar de personas tocara criaturas extrañas, amenazadoras. Tropiezo. Alguien me sostiene, impidiendo la caída. Levanto la vista para encontrarme con un rostro anormal, ajeno, de ojos desorbitados y colmillos puntiagudos. Con horror contemplo aquello que me ha servido de asidero: un tentáculo gris, frío. La cabeza me da vueltas, un rush de adrenalina recorre mi cuerpo. Sin pensarlo dos veces me alejo corriendo, empujando, hasta llegar a la salida, con la sensación de que esas criaturas me pisan los talones. Me precipito hacia la puerta, que cede a mi peso. El frío me golpea la cara, aclarando mis pensamientos. Volteo hacia atrás. Nada, nadie me ha seguido. El rumor de la música apenas se distingue. Río nerviosamente. Tal vez tantas cervezas... No. En el fondo sé que son ellos, que son reales. Quisiera creer que son pesadillas, o alucinaciones escapistas, o tal vez las fantasías de mi niñez. Quiero llegar a casa, arrebujarme entre las sábanas y dormir profundamente, con la certeza de que mañana todo será diferente. De que amanecerá y ellos no estarán aquí.

* * *

Después de varias noches de insomnio, de un miedo cerval a cerrar los ojos, las consecuencias son evidentes. Con sólo un par de horas en la oficina, apenas tolero el encierro. Sintiéndome sofocada, constreñida en ese reducido cubículo, salgo a buscar un poco de aire fresco. Sin pensarlo, mis pasos se encaminan hacia el parque. El Sol está en su punto más alto y brilla, inclemente, en un cielo sin nubes. Un viento ligero sopla entre los árboles. Me siento en una banca, tratando de relajar los músculos del cuello. La sensación de agobio va disminuyendo poco a poco. Al cabo de unos minutos, el rumor de niños jugando me alcanza. Son tres o cuatro pequeños que corretean tras una pelota. A unos metros, las madres observan el juego mientras platican, llamándoles la atención de cuando en cuando. Procuro ignorarlos, ver para otro lado, cuando siento un golpe en las piernas. Reconozco de inmediato el objeto que me ha golpeado: una pelota. Me inclino para recogerla y devolverla a sus dueños. Al incorporarme, ya uno de los pequeños está frente a mí, su mirada fija en mis ojos. Intento sonreírle, sin explicarme esta sensación de incomodidad, de inquietud, sin recibir respuesta de su parte; la expresión de su rostro es de completa inexpresividad. Extiendo los brazos, entregándole la pelota. La toma impávido, y sólo entonces esboza lo que intenta ser una sonrisa, pero en realidad es una mueca de la que asoma un colmillo largo y puntiagudo. Sin más, como impelida por un resorte, me levanto y me alejo apresuradamente del parque. Al llegar a la esquina me detengo, volteo hacia atrás, y alcanzo a ver sus figuras infantiles jugando como si nada. Inhalo y exhalo varias veces, recuperando el aliento, y camino un par de cuadras hacia la oficina, pero sólo pensar en ese lugar atestado hace que el malestar regrese. A unos metros veo un autobús y le hago la parada, sin importar hacia dónde se dirige. La respiración ha vuelto a la normalidad. Por fortuna hay asientos vacíos y me siento en uno, junto a la ventanilla. El camión se detiene en cada parada, subiendo y bajando pasaje, avanzando lentamente entre el tráfico. El calor y el ruido de los automóviles me producen un sopor extraño. De pronto el cielo se oscurece y las formas de los edificios y los árboles cambian sutilmente bajo la penumbra rojiza que se apodera del entorno. Ante mis ojos veo cómo la gente que camina por las calles se transforma en criaturas de tentáculos grises y colmillos afilados. Un sudor frío me cubre la piel. Es justo como en mis pesadillas y me pregunto si acaso estoy dormida y esto es un mal sueño, pero algo dentro de mí me dice que no, que todo es real: el cielo, el entorno, las criaturas. Volteo hacia los pasajeros para encontrarme con las mismas expresiones impávidas de aquel pequeño de la pelota. Entonces escucho la voz temblorosa de la anciana que está sentada detrás de mí.
–Tú también los puedes ver, ¿no es cierto?

* * *

Quisiera no saber lo que ocurre, pretender que las cosas no han cambiado. Ahora no puedo darme ese lujo. No después de los recientes acontecimientos. Y la mayoría de la gente ni siquiera sabe lo que pasa frente a sus narices. Algunos perciben que algo está sucediendo. De pronto aparece alguna nota en el periódico, perdida entre las noticias de mayor relevancia. Una que no es tomada en cuenta por nadie, una que pasa desapercibida entre tanta balacera y decapitaciones. La gente está tan harta de la violencia imperante que no busca más explicaciones: las muertes se le atribuyen al narco, a la policía corrupta, a las guerras entre pandillas. Los motivos sobrenaturales están pasados de moda. Pero yo sé que son ellos. Han esperado pacientemente el momento adecuado. Están actuando. Y no se detendrán. Puedo verlo cada vez que cierro los ojos, el cielo oculto bajo nubes amenazantes, la luz incapaz de atravesarlas. Penumbras. Frío. Olor a podredumbre. Y ellos, con sus tentáculos, alimentándose de cadáveres. De los cuerpos de mis vecinos.

* * *

Los aullidos ya son parte de los ruidos nocturnos de la ciudad. Puedo oírlos justo afuera de mi ventana. Hace mucho que no duermo. Me paso las noches sentada en la mecedora de la recámara, abrazando mis piernas. Y no es muy diferente durante el día. Procuro salir lo menos posible. Ayer no pude seguir posponiéndolo y me aventuré a las calles con la esperanza de encontrar alguna tienda cercana para comprar comida, y así evitar el viaje al centro, a uno de los pocos almacenes que siguen funcionando, a pesar de la situación. Después de buscar por varias cuadras sin éxito, decidí regresar e intentarlo más tarde, procurando caminar con rapidez pero sin correr, sin aspavientos para no llamar demasiado la atención. Casi llegando al departamento, a la vuelta de la esquina, los oí: gruñidos guturales, jadeos que se convierten en aullidos. Me detuve en seco, la espalda pegada a la pared. Con cuidado, me asomé hacia donde provenían los ruidos. A media calle, dos de ellos, con sus tentáculos, golpeaban repetidamente a un hombre que yacía en el suelo, inmóvil. Y luego esas figuras inclinándose sobre él, los dientes afilados arrancando pedazos de carne sanguinolenta. Deslizándome lo más silenciosamente posible, siempre pegada a la pared y sin quitarles los ojos de encima, me dirigí al departamento. Ellos ni siquiera levantaron la vista mientras devoraban el cadáver de aquel hombre.

* * *

Hace casi un mes que llegué a este lugar y aún no he desempacado. ¿Para qué hacerlo? No sé cuánto tiempo estaré aquí. Además cargo tan pocas cosas. Apenas un par de back-packs. Lo indispensable. De este modo, si hay que salir inesperadamente, puedo hacerlo con facilidad y rapidez. Las noticias aseguran que la "ola de violencia" aún no llega a las ciudades más pequeñas, a los pueblos más escondidos. No puedo confiarme; las noticias dicen cualquier cosa con tal de mantener a la gente tranquila. Engañada. Y ellos lo creen a pie juntillas, tan preocupados por sus vidas banales, tan obsesionados por sus trabajos, por sus posesiones, por su status, incapaces de aceptar la realidad aunque esté frente a sus ojos. Las desapariciones, las muertes inexplicables. La violencia extrema en escalada. Y sólo unos pocos atreviéndose a hablar, a decir lo que han visto, aun a riesgo de ser llamados locos. Sólo unos pocos capaces de percibir esta realidad aterradora. Porque la ignorancia es una bendición. Porque es preferible pretender que todo está bien a aceptar lo inexplicable, lo inverosímil, lo imposible. Por eso tuve que irme. ¿Cómo quedarse? ¿Para qué? Nadie quería, nadie quiere ser salvado. Ahora que cientos de ciudades se han vuelto inhabitables entre la violencia y la descomposición, ahora que ellos paulatinamente se apoderan de nuestro entorno, yo sólo puedo seguir huyendo, de pueblo en pueblo, con la certeza de que en algún momento ya no habrá a dónde ir, de que en algún momento me alcanzarán. Y no tengo ni siquiera el consuelo de olvidarme de lo que sucede; cada vez que cierro los ojos están ahí, como en mi niñez, acercándose, cada vez un poco más.


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