I
Lluvia. Lluvia fina y tenaz cayendo sobre el pavimento.Lluvia ilógica de primavera.
Lluvia como lágrimas.
Lágrimas rodá
ndole por el rostro enfermo, carcomido por la desgracia.Ve al hombre circular en su Suburban por el boulevard San Felipe Hueyotlipan, cerca del Suburbia de Reforma. Ve su cara delgada, austera, exultante, llena de felicidad. Un triunfador, sin duda. Como él lo fue en algún momento. También lo ve perderse entre el tráfico, entre la lluvia, que lo cubre con su manto; un telón cerrando el primer acto de esa vida.
El último de la suya.
La gente corre presurosa para guarecerse a buen puerto; las parejas, con el pretexto de cubrirse, acercan sus cuerpos más de lo permitido en otras ocasiones. Los autos y el transporte urbano circulan a toda prisa, levantando grandes ráfagas de agua que le caen directamente, aunque eso ya no importe en realidad. Protegido por su vieja gabardina negra Club Europe importada (el único recuerdo de su vida anterior) dirige sus pasos hacia la Prolongación de la Reforma, hacia su destino final: ese puente con sendos espectaculares que nunca tomó en cuenta, mientras iba a su trabajo, en pleno corazón de La Paz, día tras día.
Hasta hoy.
Mientras camina hacia su destino corren veloces frente a sus ojos los recuerdos. Sucesos tan insignificantes que ni siquiera valieron una nota en los diarios. Su muerte tampoco, sin duda, será relevante. Respira profundamente y deja que el aire húmedo, frío entre a raudales por sus pulmones. Se deja llevar por la intemporalidad de la memoria.
Una sola maniobra, un sólo desliz para que su carrera de gerente bancario se hiciera pedazos, una carrera en ascenso, prometedora. Las fotos dentro y fuera del Bahamas son reveladoras; los gestos de placer de los amantes fornicando, inconfundibles. Las miradas llenas de vergüenza, llenas de sonrojo involuntario saliendo del motel no dieron lugar a dudas. Culpable de adulterio. Pero también fue consciente de la trampa (y de muchas cosas) mas nunca lo probó con certeza. No hubo una batalla legal escandalosa por el divorcio y, extrañamente resignado, perdió todas sus pertenencias, incluso el trabajo. Todos lo olvidaron poco a poco: la mujer que siempre amó, a pesar que recientemente las cosas no fueran como imaginara de recién casado, en las más dulces mieles del matrimonio; sus superiores y empleados del banco, sus clientes, sus amigos, su amante (o lo que fuera la perra esa de Adriana).
Todo su mundo.
Pero aquello no fue sino el principio.
Cuando empieza a trabajar como supervisor de pintura en la VW, piensa en un nuevo comienzo desde abajo, como lo hizo antes. Nada podría derrotarlo de nuevo, no así. En un destartalado ático de un anónimo edificio de la 2 Norte a un costado del viejo Monte de Piedad, con la fachada desconchada por el clima, por la falta de mantenimiento, y un viejo Renault que parecía una caja de zapatos infantiles, decide conquistar el mundo otra vez.
Sin embargo, no es así.
Esa gran ironía de nombre vida, que enseña a todos por igual, simplemente dice “nunca más”. Hundido en la miseria, en el dolor, en los pensamientos obsesivos, morbosos, la depresión se vuelve, se torna crónica, eterna.
“Estás embrujado, hijo, bien trabajado... pero grueso... eso se ve desde lejos. Se te huele”, es lo primero que exclamó una conocida de su familia cuando lo encontró en plena 5 de Mayo, el noviembre pasado, deambulando entre aparadores, y la ausencia asomando por sus ojos. Su madre también se lo dice, pero ella le pone nombre al culpable: “la bruja, la puta de tu ex mujer”. Nunca la toma muy en serio. ¿Cómo, ella? ¿Beatriz haciéndole brujería? Imposible. Simple, y lógicamente imposible.
Hoy su madre cumple seis meses de muerta.
Puede olerse aún el incienso, el copal, el cempazúchil fresco y el agua de azahares de las hojaldras que impregnan el ambiente, motivo por el que doña Delfina le sugiere una visita a su casa para tomarse un “cafecito”, leerle las cartas y recomendarle un brujo muy bueno, de San Pablito (¡Cómo no, m’ijo, de los mejores!), que le ayudará a resolver su “asunto”. Pero la rápida espiral descendente, su caída libre hacia su fin le mantienen alejado hasta que es demasiado tarde.
“Pareces alma en pena”. Las palabras de doña Delfina todavía resuenan en su mente. Días después el espíritu de su madre lo visita para despedirse, para advertirle del peligro acechando cerca pero parece como si, resignado más allá de la obstinación, aceptara su destino con tranquila parsimonia, con extraña filosofía, con pasiva tolerancia. Realmente estaba embrujado, atrapado por algo contra lo que no le enseñaron a combatir en la universidad...
Así, presa de lo inevitable, más allá de su voluntad perdida, continúa su senda particular de descenso, hasta tocar fondo. Sin trabajo ni casa, ni auto, primero come de la compasión; al final, de la caridad solamente.
Sin embargo, la ausencia puede más.
Subir a través de los espectaculares que cubren el puente no es difícil: ser un vil simio nunca se olvida. La lluvia es fina, tenaz, casi feroz, arreciando por momentos; pero los dedos de las manos y las viejas botas con suela antiderrapante no ceden en su empeño para llevarlo hasta arriba, como si estuvieran vivas, fuera de control. Ya en la cima mira con nostalgia hacia abajo, hacia la calle. Los pocos autos que circulan a esa hora harán el resto, lo que el golpe no pueda. En fin, hora de despedirse, de dormir un sueño.
Cierra los ojos.
Da un paso hacia adelante. En ese momento, ese instante que abarca soñar un segundo, su infancia, su adolescencia, su juventud se apresuran vertiginosas, invadiendo sus sentidos; pedazos de vida atrapados en la vitrina de su mente, transformados en olvido.
Recuerda.
Recuerda las cenas en la casa de la abuela mientras toma chocolate caliente con pan de dulce recién salido del horno.
Recuerda la primera novia de la secundaria, las tardes de invierno paseando por uno de los parques de El Carmen (el de la 25 Oriente) tomados de la mano.
La primera vez que hizo el amor a una mujer, lleno de miedo y una erección “rompiendo” el pantalón de tan fuerte (según él, claro).
También, la primera ocasión que llora de tristeza, porque sí, porque sale del fondo de su alma.
Recuerda todo. La universidad. Su graduación. Su primer empleo. Su rápido ascenso. Las fiestas de soltero. Su boda.
Recuerda todo. Y recuerda a todos.
La voz es suave pero clara.
—No hay necesidad de eso. Para qué quieres morir. Qué caso tiene. —dice el anciano de traje bajo la gabardina, el cabello cano, bien afeitado, que deja ver el sombrero de ala corta, guantes negros de cuero, bostonianos de lazo y una barba corta de candado restándole edad a su rostro. Viste todo de negro, como un sacerdote. O un enterrador. —Si quieres morir, por qué no confesarte primero...
— ¿Por qué ahora..? ¡Maldita sea! ¡Mierda! —estalla con rabia después de trastabillar, perder el equilibrio por el susto y con grandes esfuerzos agarrarse del borde para lograr sentarse con dificultad. “Maldito viejo estúpido”, piensa para sí. Pasa el momento clave; tendrá que esperar la soledad de nuevo para intentarlo, aunque será ya muy difícil pues una sensación casi olvidada invade con renovado brío su cuerpo.
Miedo.
Un miedo nuevo, diferente; no a lo oculto, al misterio, a lo desconocido, sino a entenderse una pieza incógnita en el entramado del destino.
O en su más reciente juego.
Piensa en un Dios al que hace mucho tiempo no eleva una plegaria. Sólo él le enviaría a este abuelo justo en el momento crucial. Aunque, pensándolo bien, podría ser el guía al infierno. Aunque…
— ¿Por qué ahora? Porque te ofrezco esperanza —continúa el anciano desde abajo, contestando pregunta y pensamiento, ignorando su silencio hosco. —Porque no tienes nada que perder, eso ya lo hiciste… Además, sabes que tengo razón.
Mira aquellos ojos, ocultos por las sombras. Ojos viejos, serenos, tranquilos; un remanso de agua cristalina de río. Sus ojos son de paz.
Y sabe que tiene razón, el desconocido le inspira confianza, confianza para una confesión.
Vencido, contrito, con las manos callosas, las uñas negras, crecidas , la mirada triste, su barba mal afeitada, la cara quemada por las capas acumuladas de mugre, sudor y sol, su ropa hecha harapos y los calcetines húmedos, Martín Domínguez se deja llevar por la opresión que le invade desde lo más profundo de su pecho en ese instante, de lo más profundo de su alma, de toda la frustración, de la tristeza, de todo el dolor acumulado esos años. Llora como niño, dejando todo escapar al vacío, lavándolo con lluvia. Con lágrimas del cielo.
—Me llamaste. Aquí estoy —de nuevo dice el anciano.
II
En el principio fue el amor.El amor que une sus vidas, tan disímbolas, tan alejadas una de la otra. Amor los primeros años del matrimonio; después la rutina, la del trabajo y la del placer: esas constantes repeticiones, los pequeños olvidos, los pequeños reclamos, las dulces reconciliaciones y la rivalidad, nunca soslayada, creciendo como tumor. El amor que poco a poco adquiere sabor amargo, a podrido.
Más tarde, el gran olvido, ese que prefiere las fiestas a deshoras, las comidas fuera de casa, los compromisos de último momento, el calor de otros labios, de otros cuerpos.
Ese, el blues de la infidelidad.
Al final, el rencor, el odio: tormenta acumulada de lluvias de verano, año tras año. El dolor de no saberse el uno para el otro. “Para nada perfectos”, dice después una amiga de la universidad; palabras llenas de envidia, siempre enamorada en secreto de él, con el despecho a flor de piel. La pequeña herida (curable según los taumaturgos del alma) transformada en una brecha demasiado amplia para cruzarla de un salto.
Pero con la necrura llega de nuevo la magia, esa que de pequeña le enseñara su abuela allá en Santa Mónica, en plena Sierra Norte, donde aún se ven a “La Llorona” y al “Jinete sin cabeza” deambular por los ríos, por los maizales, entre las milpas, por los caminos de tierra api
sonada, buscando borrachines desvelados mientras el tecolote canta a lo lejos, en la madrugada; esa magia que su madre nunca aceptara yendo a vivir a la capital; un destino incompleto, postergado pero no inevitable. Primero esas furtivas escapadas a las tiendas del Centro Histórico, después los tranquilos, desenfadados paseos por La Acocota en busca de los materiales indispensables para pequeños hechizos, para conjuros breves; después, para acciones más complejas, de las que no pasan desapercibidas.Ahí es donde las conoce.
Carmela y Adriana. Dos morenas oaxaqueñas (de Juquila y Puerto Ángel, según ellas) más altas que el promedio, con cuerpos distribuidos más allá de la anatomía de su raza. Nalgas prietas, duras caderas, senos modestos, gestos angelicales de barro negro. Por una extraña empatía no se niega al encuentro predeterminado, seguramente por alguna lectura de tarot, pero se mantiene a la expectativa. Accede a la cita.
La desconfianza que muere en el Vip’s de La Victoria y la amistad alumbra un nuevo vástago días después. Ahí descubren sus secretos, ahí planean regresar la ofensa de la infidelidad.
Ahí conoce al señor Pedro.
Parecía tener cincuenta años, sin embargo el señor Pedro es un hombre elegante: viste un traje gris de tres piezas, camisa blanca, corbata con motivos dorados, bostonianos de lazo negros; adorna su cabeza con un abundante cabello entrecano, bien afeitado así como barba de candado de quien se niega a abandonar del todo la juventud. Al estrecharle la mano Beatriz siente una corriente eléctrica fuera de lo normal, más allá de la mera atracción física: lo que siente es deseo. Un imán de piedra.
—Las niñas me hablaron muy bien de ti pero nunca me imaginé que fuera algo más —exclama Pedro con deleite mal intencionado.
—Exageran —responde de inmediato como defensa.
—No, por el contrario, eres como te imaginé... Además, recuerdo algunas de las exposiciones colectivas en las que participaste con algunas compañeras de generación de Artes Plásticas, en Artes Visuales. Imágenes muy emotivas, bellísimas, me conmovieron mucho por cierto.
Sorprendida por el detalle de recordárselo sólo musita un “gracias, cómo cree, era una niña”, muy quedo.
—¿Para que..? —dice, a continuación, sin contenerse. Por un instante quiere reprimir el ansia que le desborda, rayando en la imprudencia.
—De ninguna manera eres imprudente —sorprende el señor Pedro, sabedor del impacto de sus palabras. —Te diré la verdad: quiero que seas mi mano izquierda. Así de simple. Mi mano izquierda.
“¿Su mano izquierda?”
Carmela y Adriana se ven con alegría mal disimulada, seguramente serán recompensadas con creces más tarde, en privado. Beatriz abre desmesuradamente los ojos.
—Sí, mira alrededor. ¿No hay momentos en que la vida te parece nada, terriblemente aburrida?, ¿qué todos son muñequitos de cuerdas, perritos falderos, siempre tras unas moneditas?, ¿qué todo funciona alrededor de eso?... ¿Qué se fueron los sueños y las esperanzas para siempre de este mundo? ¿Qué no hay nada más? —suspira con profundidad. —Quiero de nuevo la magia, los sueños entre nosotros, entre los seres de carne y hueso. Quiero de nuevo la inquietud, la incertidumbre, el miedo, ¡la esperanza de vivir cada día, cada instante con intensidad! ¡De temer de nuevo a los dioses, de regocijarse, de festejar, de llorar, de sentirse vivo otra vez! ¡Por eso necesito la magia! —termina exultante mientras los comensales de las mesas vecinas les miran sin disimular su sorpresa o su disgusto. Tenían que ser poblanos. A Beatriz le brillan los ojos con intensidad.
—Es interesante su propuesta señor Pedro...
—Botero. Pedro Botero —apunta sin ocultar una gran sonrisa. —Pero para ti, sólo Pedro.
El pacto queda sellado en ese momento.
Poco a poco las travesuras entre las tres rebasan la mera diversión. Después del aojo se hacen varios hechizos: de los múltiples “trabajos” a los “amarres” inevitables. Hasta formar un constructo de relaciones mágicas, intrincado como un Dédalo y tan alto como un castillo al cielo. Una babel de energía.
Verdaderamente intrincado. Diabólicamente intrincado.
La caída de Martín Domínguez fue rápida. La “travesura” es supervisada por el señor Pedro con beneplácito en su rostro. No se equivoca. Tiene que pasar a la siguiente fase. El poder de Beatriz, al parecer, es incalculable. Generaciones de magia, de poder bruto, puro, acumulado en sus genes parece no tener fin.
Su “bautizo”, una noche tibia después de una leve borrachera bajo la lluvia, en el cuarto de una abandonada, semiderruida vecindad donde viven Adriana y Carmela, allá en la 2 Oriente, en pleno barrio de La Luz. La vecindad está en silencio, ajena a lo que sucede dentro; aislados por alguna burbuja que no deja pasar el sonido, los cuatro desnudos se miran. Pedro Botero inicialmente copula con las otras brujas, con fuerza, sabedor de ser algo más que un macho adulto.
Una fuerza de la naturaleza,
Cuando le toca a Beatriz, literalmente es montada, como una yegua sólo para el semental.
A punto de perder la conciencia por el dulzón, mareante olor del incienso encerrado, por algún caprichoso espejismo nocturno las velas le devuelven las sombras (serpenteantes, burlonas, engañosas, alucinantes) de un macho cabrío antropomorfo golpeándole inclemente, con sus embestidas, las nalgas. Pero las manos grandes que sujetan su cadera, impidiéndole escapar, contradicen sus visiones extáticas.
—Sé mi mano izquierda —dice una vez más Pedro Botero. Después viene el orgasmo, infinitamente placentero, como hacía tiempo no experimentaba.
Cuando llega a casa su marido aún no está, perdido en sus propios rituales.
Meses más tarde, la jugada del engaño se revela como un golpe sensacional. Lo demás sólo consiste en estirar la de por sí tensa cuerda hasta romperla. La inercia de los actos hace lo demás.
Las noches después de su separación son eternas, inolvidables para Beatriz. Tras celebrar varios ritos de refuerzo llega el señor Pedro a su casa de Rancho Colorado, traspasando puertas como si fueran humo; saluda a todas con cariñoso entusiasmo. Como siempre, Carmela y Adriana se desvanecen de la casa en silencio. Cena con el señor Pedro a la luz de las velas: vino, queso y pan negro, todo desde Francia y Alemania; más tarde, el baile lleno de magia, de calor, de roce y cercanía, con música suave, inevitablemente se entrega a su cuerpo que, sediento, suplica apagar el fuego que, día con día, es una amenaza para su cordura.
Inevitable llega el arrebato, los gemidos, el sudor, la cabalgata, mientras él, extático, siempre le pregunta.
—Sé mi mano izquierda —es su chillido, casi inaudible, presa de su muy particular gozo.
—Sí... sí... —gime Beatriz entre sollozos, mientras recorre en un instante ese infinito túnel— ¡Sí quiero!
Su voz, clara: “quiero ser tuya”.
Quiero ser tu mano izquierda.
III
De todo eso es testigo mudo, incapaz de hacer nada; en primera fila ver una película en la función de medianoche. Solo, en el amplio espacio de su sueños, de las recurrentes pesadillas nocturnas, con el ojo de la mente proyectando sin clemencia las imágenes. De eso es testigo mudo.De eso y mucho más.
Sus leves intentos de reclamo mueren en sus labios con rapidez
diáfana, aquejado por sus remordimientos, por sus eternas dudas. Traga la rabia de saberse engañado: el ensueño, esa vigilia que le asalta cada noche quemándole las entrañas, no es prueba suficiente para acusarla. ¿De qué? ¿De brujería? No, por Dios, sólo haría el ridículo. Tampoco sería relevante si las cosas y situaciones dejaran de funcionar o, simplemente, se deshicieran como un nudo desatándose desde la lejanía, más allá de la simple casualidad. Mucho menos las semanas completas de duermevela en su auto, presa de la angustia e hilando cigarro tras cigarro; que dejara de comer, descuidara su salud, olvidara las responsabilidades del trabajo... que finalmente perdiera el interés en su mujer, ya no sólo como persona sino como eso, como mujer, como hembra; después, ser testigo en sus pesadillas (interminables para entonces) de lo que sucedía en esa mugrienta vecindad que nunca reconoce con certeza de día, mientras busca con frenesí, ante el asombro y la creciente hostilidad de los habitantes del barrio de La Luz, siempre difíciles con los extraños.Cuando Adriana, una de las tantas ejecutivas del departamento de la Afore del banco, abre de nuevo su cuerpo al deseo de la carne (la misma Adriana que ve en sus enfebrecidos delirios junto a su esposa, pero sin entender del todo) quiere saber el por qué. Encerrarla en el cuarto del motel hasta arrancarle algo de verdad que le devuelva la cordura. Pero lo único que hace es cogérsela, fornicarla literalmente, un verdadero animal con la conciencia anulada sin importarle nada más.
El resto es de sobra conocido.
— ¿Ves a lo que me refiero? —exclama el anciano, conmovido pero firme, mientras se sienta a su lado, sobre el espectacular. —Eso pasa: el caos se apoderó finalmente de nuestras vidas, nada tiene sentido, nada importa. El mal triunfó... nos ganó sin darnos cuenta, poco a poco, sin necesidad de Apocalipsis, milenios de terror eterno ni anticristos. Estamos a un paso del verdadero fin —sentencia mientras coloca un neceser negro de cuero sobre sus piernas, que Martín, hasta ese momento, no había notado. Las gotas, iluminadas por las luces mercuriales del camellón, resplandecen fantasmagóricas sobre el lustroso cuero. —Necesitamos contrición. Te necesito para traer orden de nuevo, para restituir el equilibrio, la paz en el corazón de Dios.
— ¿Yo? ¿Para qué quieres a un pobre infeliz como yo?— dice con cansancio Martín, moviendo manos y hombros en un gesto de indiferencia. — No tengo nada, lo perdí todo... hasta la fe en Dios... Si es que esa fe alguna vez existió.
—Por eso. Por que estás al final, por que dudaste... —continúa el anciano quitándose el sombrero, descubriendo una cabellera completamente cana pegada al cráneo. Voltea hacia Martín para verlo con esos ojos claros, llenos de decisión. Ojos que no admiten negativas. — Aún frente al milagro —dice, calándose el sombrero de nuevo.— Por que estás desesperado pero en el fondo de tu alma, donde no alcanza tu vista, crees en mí, en mis palabras, en nosotros. Eres un verdadero creyente, de los que casi no hay —breve pausa. —Siss in bluth... Está en tu sangre.
“Eso sólo yo lo veo”, resuenan aún las palabras del anciano en sus oídos con claridad absoluta.
¿Brujería? ¿Magia? ¿Milagros? O simple locura. Martín Domínguez encoge los hombros de nuevo. Y de nuevo acepta su destino.
—Dígame señor... —voltea a ver al anciano, que sonríe satisfecho de sus palabras. —Hábleme de su necesidad.
—Miguel, llámame Miguel. De hecho, no tengo apellido... ni nombre, pero así me conocen todos.
Minutos después el anciano Miguel, con una voz cantarina clara, musical, de agua fresca; un coro de aves le habla de hombres, demonios, ángeles, de luchas eternas y lugares ya olvidados. Le descubre viejas geografías que desde niño no escuchara mas que en boca de su abuela.
—...mira, éste es el bien más preciado del equipo —dice Miguel trayendo de nuevo a Martín de su ensueño. Del neceser, que parece no tener fondo, extrae un bulto de terciopelo rojo; al desenvolverlo puede apreciar la hoja del hacha reluciente, perfectamente conservada, como si la hubieran fabricado ayer. También aprecia el cuerpo del hacha desmontado en cuatro partes y los seguros de anclaje en una pequeña bolsa, —esta francisca perteneció a Carlomagno en su juventud pero al coronarse emperador la olvidó para siempre, confiado en el mayor (y duradero, a su juicio) poder que otorga el dominio de los francos bajo su mano. Bueno, luego vino lo de la lanza de Longinos, pero eso es otro asunto.
—Después de su muerte se pierde el rastro de ella y circula de manera oculta, como reliquia esotérica, por toda Europa, desde Portugal hasta Rusia. Uno de sus tantos dueños, el primer conde de Saint-Germain, antes de perderse en las brumas de su leyenda, cambió el cuerpo de madera por éste; después la adquirimos en una de las tantas subastas del crack del 29, en la organización imaginamos que tarde o temprano nos serviría. Hoy es el momento.
¿Organización? ¿Qué organización? ¿Como masones? ¿Rosacruces? ¡Demonios!, incluso hasta boy scouts radicales podrían ser. O peor aún. Asesinos.
Sin embargo, Martín Domínguez no duda en ningún instante de la historia contada; los últimos minutos ve aparecer y desaparecer, como por arte de magia, todo tipo de armas personales, desde scramasax enormes de un solo filo hasta simples automáticas y revólveres. En efecto, parece no existir un límite de espacio dentro del neceser.
—Es tuyo —susurra Miguel al ofrecérselo, como si recordara su verdadera edad de repente, más allá de su apariencia de anciano intemporal.— Lo demás... —breve silencio— es sólo un trámite. Basta que lo desees.
En verdad le gusta el neceser, en verdad le gusta la francisca. Queda fascinado por su brillo, su fuerza, el poderío que desprende cada destello de la hoja. Siente cómo algo se rompe por dentro; la armadura negra que cubre su alma se hace pedazos y queda anegada en ese torrente líquido que circula por sus venas otra vez. Cromo brillante. Nuevo. Fuerte. Imbatible.
Recién nacido.
Inmortal.
Sí. Cromo de vida.
Levantándose de nuevo con dificultad, se pone de pie sobre el borde del espectacular de VW. Mira hacia arriba, hacia el cielo oscuro con tonalidades naranjas de la iluminación citadina. Perpetuo ocaso boreal. A lo lejos, seguramente en La Libertad, se escucha la música de un baile sonidero; la lluvia es fría, fina, pequeños alfileres. Esboza una mueca hacia el infinito de la noche, bajando la vista mira al anciano Miguel, que sonríe con tristeza.
—Deus nobiscum —es la única frase formada en su boca.
—Kyrie Eleison —responde Martín sin saber a ciencia cierta por qué. Suspira, cierra los ojos mientras da un paso hacia adelante.
Rápida, la calle viene hacia él. Boca abajo, un resplandor invade todo su cuerpo; es cálido, es tibio. No sabe con exactitud cuándo sus huesos se separan, fracturándolo todo, cuándo su cráneo se hunde sobre su cerebro, cuándo cruje suave su cuello al romperse ni cuándo sus costillas aplastadas hacia adentro desgarran su arquitectura interior. La asfixia se convierte en letargo. Abre el único ojo sano, el del alma, y ve su cuerpo a un lado: un saco grotesco, desarticulado, sin estética ni gracia, como una svástica graffiteada por skinheads imbéciles. Y no le importa, como tampoco le importa que unos metros hacia arriba, grabada en ese costado del puente, pueda leerse la frase “Buen Viaje” con letras grandes, negras.
Mil años o unos segundos después, el sonido de unos zapatos bajando suaves los escalones de concreto, resuenan acercándose al cuerpo.
— ¿Sabes?— dice Miguel casi confidencial — Nadie conoce esta historia, pero el hacha fue forjada con el alma de un ángel, quien la sacrificó sólo para esto. Basta mencionar su nombre para que nunca falle, desde cualquier distancia y ángulo. Su nombre es Azrael... —aclara su garganta— Muerte.
—Frn... sca... —barbota el cuerpo por reflejo.
Miguel se acerca al cuerpo roto para susurrarle al oído.
—Sé mi mano derecha —las palabras llegan claras al Martín que esta a su lado.
—Kre... lei... sn... —gorjea de nuevo el cadáver, en un intercambio de fluidos. Sangre arterial saliendo de su boca mientras el agua encharcada, fangosa invade con lentitud sus pulmones.
Primero son los gritos de espanto.
Después la sirena de la ambulancia.
IV
Cuando Beatriz llega a la morgue del panteón municipal, acompañada por un MP que nunca deja de mirarle las nalgas, la angustia que anida en su pecho hace algunos días revienta, provocándole metástasis en el alma.El crepúsculo juega con las sombras, con las siluetas de árboles, mausoleos y tumbas; el viento se pasea por el solar: ora lento, pasmado, congelando en espejismos continuados todo; ora rápido, haciendo ruidos extraños con su boca de aire, gimiendo como alma en pena.
Después de varios meses Beatriz Vázquez siente miedo de verdad.
Un ligero tufo a desinfectante mezclado con encierro de lo que parecen ser siglos de muerte invade su nariz; con esfuerzos contiene el asco que nace en la boca de su estómago. El MP tampoco puede contener una mueca burlona. Unos metros adelante el forense de guardia, audífonos conectados al walkman, limpia unas gavetas vacías del refrigerador. Viste unos jeans azul cielo, zapatos de enfermero, filipina y encima una bata, también blanca; la parodia de un vampiro, sólo que albino. De no ser por su aspecto pálido, desgarbado, varios años menor, Beatriz casi jura es idéntico al señor Pedro. En ese instante, el forense voltea a verla, parece dudar un momento pero al final sonríe con tristeza mientras señala hacia su derecha. En una de las dos planchas yace, cubierto por una sábana blanca percudida, el cuerpo.
Beatriz Vázquez no puede evitar que una de sus manos cubra su boca.
—Lo encontramos ayer en la mañana bajo un puente, en La Paz. Creemos que se suicidó lanzándose de él —dice el MP con neutralidad.— Tratamos de localizar a su familia pero nunca respondieron las llamadas, y a usted, hasta hace una horas, que nos respondió —termina satisfecho, inspirado por las tremendas nalgas de la mujer.
Acercándose a la plancha, jala suave la sábana hasta los hombros, primero viendo la cabeza del cadáver, amortajada con unas vendas que sólo cubren la parte superior.
—Sí, es él —confirma casi inaudible al ver el cuerpo cetrino, el rigor mortis avanzado, el rostro con los ojos, con la boca cerrada en gesto de paz.
En ese instante alguien, en la lejanía de lo inasible, pulsa el botón de rewind. Su vida comienza a transcurrir hacia atrás. Ve iluminarse las noches y oscurecer los amaneceres; a los protagonistas de su película caminar hacia atrás, levantando las manos, haciendo gestos obscenos, en un idioma extraño que poco a poco queda en rumor nada más, en feedback. Deshaciendo acciones. Deshaciéndola completamente.
Toda.
—Puedo... ¿puedo estar... a solas un momento... con él? —balbucea sin evitar le tiemblen los labios, la mirada empañada con lágrimas. El MP, encogiéndose de hombros, saca de una caja de Boots un cigarrillo, apresura el paso hacia afuera al tiempo que exhala el humo en la noche, en el camposanto; por su parte, el forense continúa limpiando las gavetas al ritmo de Philip Kirkorov. Por un instante parece que la mira de reojo, burlón, casi siniestro, pero sus tarareos prácticamente inaudibles le dicen lo contrario.
De nuevo se zambulle en la visión.
Simultáneamente mira de nuevo la película de la autopsia. Rodeado de practicantes de diversas carreras, curiosos, arracimados alrededor, ve al forense abrir con la stryker lo poco del cráneo sin astillar. Sacar el cerebro, mostrarlo a los estudiantes, que anotan en sus libretas, ansiosos.
—... esquirlas de cráneo incrustadas...
El bisturí abriendo la faringe, terminando de romper la garganta. Ojos bien abiertos de sorpresa. El feedback creciendo a zumbido.
—...ruptura... cuello... asfixia...
Bisturí y sierra sobre el esternón, un crujido; el forense separando hueso, los estudiantes asomándose el interior del cuerpo. Zumbido como chirriar de grillos.
—...estallamiento de vísceras... traumatismos múltiples... hemorragia interna...
De improviso una mano hurga con brutalidad dentro de su cerebro, quitando los cerrojos de la mente, el chirrido se convierte en coro, en llanto de ángeles. “La unidad está rota...”, dicen las voces en su letanía interminable, “El fin está cerca... Es la simetría oculta… Opera la simetría oculta... La unidad debe ser restituida... Alabado sea el Señor.”
—Miren sus ‘güevillos’... —exclama el forense. —de seguro este pendejo murió sin haber cogido... —muecas crueles de los hombres, tímidas sonrisas de las mujeres.
Sí, murió el muy pendejo.
Hay risas.
Continúa la letanía.
Risas.
Letanía interminable.
Risas.
Letanía sin fin.
Risas eternas.
Paso fugaz del maquillista por la escena.
“Dios mío, qué hice”, exclama llena de horror Beatriz, ante las inclementes imágenes que, sin misericordia, no cesan, no se detienen. Pero, al final, también desaparecen Pedro, Carmela y Adriana; después, Martín solo, sonriendo, seguro de sí mismo, altanero, triunfando en la vida, siempre en reversa.
Después, nada.
No puede contener más el llanto.
— ¿Se siente bien, señora? —dice el forense mientras sacude con suavidad su cuerpo. Beatriz, limpiando sus ojos y sacudiéndose la nariz, recobra la compostura.
—Sí, perdón, los recuerdos... —miente. El forense asiente comprensivo. —Nada, perdón.
—No se preocupe. Aquí le “guardamos” al difunto. Mañana, con calma, arregle todo. Mejor descanse —ella afirma con un movimiento casi imperceptible de cabeza.
—Será lo mejor. Voy con el agente para comentarle...
—Ande, vaya.
—Gracias. Hasta mañana.
—Hasta mañana. Seguro —sonríe enigmático el forense.
Arriba, encima de la lámpara, cerca del techo, Martín Domínguez observa todo. Silencioso, su cuerpo le devuelve el reflejo.
Oscuridad.
Luces apagadas hace horas. Días quizá.
Muerte en gavetas.
Basta un movimiento de Miguel para que los huesos crujan reacomodándose, los órganos de nuevo funcionando, la piel elástica otra vez, los músculos flexibles, la sangre fluyendo. Las suturas deshaciéndose para saltar a la nada. Nuevamente la calidez.
De nuevo la vida.
Martín es jalado al interior de su cuerpo para despertar tosiendo, arrojando flemas, ahogándose, con la boca seca, pastosa. Los ojos inundados de lágrimas. Tose de nueva cuenta, tratando de incorporarse de la plancha, lo intenta, sin embargo, cae estrepitosamente al suelo. Aspira con angustia, queriendo acabarse el aire del mundo; lanza un chillido angustioso.
—Vamos, —se acerca Miguel. En su brazo lleva la ropa del forense— ponte esto. Hay mucho trabajo por hacer.
—Trabajo... —repite Martín ensayando otra vez con sus cuerdas vocales. —Me siento... extraño.
—Por supuesto, tienes veinte años... de nuevo —sonrisa amable. Martín, maravillado, comienza a vestirse.
Sin previo aviso, Miguel se acerca y posando su mano sobre el pecho desnudo de Martín presiona con fuerza.
Anestesiado como está sólo siente un ligero cosquilleo. Pero no contiene el grito instintivo al ver su carne chamuscada, con un sello escarlata: una especie de “p” con dos líneas cruzadas. Por un instante tiene la sensación de ser simple ganado.
— ¿Qué me hiciste? —dice con reprobación en sus ojos.
—Calma... es el crismón, el símbolo de nuestra iglesia, del redentor —Miguel le ayuda a incorporarse. —Te protegerá de todo mal, quitará toda duda de tu corazón... La magia, el mal, nunca volverán a tocarte. Toma —extiende el neceser de cuero y un fajo de billetes. —Compra lo necesario, haz tu trabajo con dignidad, con orgullo; enaltece a tu Señor.

Martín sonríe. Lo hará, sin duda alguna. Será la mano derecha. El pasado queda atrás.
Al día siguiente, cuando Beatriz llega a las oficinas del panteón municipal, secundada por Carmela, con extrañeza le dice el director, cubriéndole la espalda a su vez un temeroso vigilante, que ninguna autopsia se hizo ayer ni en varios días; de hecho casi un mes. Quizá mañana, con suerte.
En la delegación no le dan una respuesta clara. Como de costumbre.
—Tranquila, seguramente fue un alucine tuyo, una pesadilla—le reconforta Carmela.
—Ese cabrón ha de seguir chaqueteándole a la vida un poco más. Aguantamos otro poco y le decimos a Pedro si le quitamos el “trabajo”. Ya, no sufras.
—Sí, una pesadilla —dice Beatriz para no alarmarla, mientras se dirigen a Las Ánimas en el Neón gris. Pero sabe que no fue un sueño. Y su miedo ya es otra cosa.
Es terror.
V
Siempre eterno, el presente. El presente eterno.Martín, sentado en una de las mesas con ventanal del Sanborns Huexotitla, contempla absorto el atardecer. El cielo sólo tiene algunas nubes que el sol ilumina en tono rosa; azul y rosa, como las envolturas de los chicles sabor tutti fruti que tanto le gustaban de niño. Sonríe y se permite un poco de nostalgia.
—¿Desea ordenar, joven..? —inquiere la mesera, todavía sorprendida de que alguien de esa edad (¿cuántos... veinte, veintidós?) vista tan formal. Aunque, pensándolo bien, no le desagrada pero, bajando la vista, continúa su labor. “Vienes a trabajar, no a echar novio”, se recrimina con suavidad, “además, se ve que es bien mamón.”
—Ehhh... hmmm... —mira de nuevo la carta. Confirma. —Una ensalada de espinacas y una naranjada... ¡no!, mejor un jugo de zanahoria. Después café, por favorcito.
—¡Claro, con gusto! ¿Algún postre, pastel, pay..?
—Nada más, gracias —interrumpe Martín y contraataca. — ¿Cómo te llamas?
Sorprendida, sólo atina a decir su verdadero nombre mientras el pudor le colorea el rostro.
“Alma”.
—Bonito nombre —reflexiona Martín con genuino interés. —Tiene fuerza, sencillo pero poderoso —pausa. Esbozo de sonrisa. —Nada más, Alma, gracias.
Gesto devuelto. Alma voltea para dirigirse a la cocina, camina un poco presurosa. Quién sabe, mañana es su día de descanso (¡qué coincidencia!)... en fin, tendrá que inventarle una buena excusa a su novio.
Martín suspira dentro de su traje Armani de tres piezas gris claro, comprado en el Robert's de Reforma, a cinco cuadras de su nuevo departamento. Mira alternados los bostonianos negros, la corbata azul de Hermès y su camisa blanca inmaculada. “Diario depositaré dinero en tu cuenta. Úsalo con prudencia, con sabiduría”, las palabras de Miguel son claras, “estaremos en contacto por el celular. Mi trabajo aquí termina. Hasta nuevo aviso.” El rostro juvenil, anguloso de Martín, con el cabello casi rapado y los ojos tristes, que siempre se negaron a la despedida, acepta tácito su nueva encomienda.
Hoy asiente serio. Ahora es el nuevo jefe. Un hombre nuevo.
El hombre nuevo.
Discreto como siempre, el neceser yace en la cajuela del Chevy gris acero comprado en plazos.
Sin embargo aún tiene unas horas para trabajar a gusto y regresar por Alma más tarde. Ninguna de las dos opciones se excluyen y en el Zócalo siempre hay material disponible.
Gente con deseos de morir.
VI
Mientras camina por el portal Morelos, esquivando gente, mesas y sillas por igual, Beatriz Vázquez tiene la primera visión del fin. La portada de La Voz de Puebla, en la edición de ese día, sólo es un titular de gran puntaje: “¡¡¡Cosido a puñaladas!!!” Arriba, en un balazo no menos escandaloso: “Mujercito masacrado por despechado amante”. Puede ver las fotos del cuerpo, cubierto por una sábana que no oculta por completo las piernas, donde también se aprecian las cuchilladas, y las del presunto asesino: el amante acongojado sosteniendo el arma homicida; su cara, llena de angustia, torva, que no abandona aún los efectos de la droga.Por un momento pierde el equilibrio, sosteniéndose de uno de los pilares del portal, frente al Vittorio's. Varios transeúntes la miran con recelo, otros con franca burla. Sabe que el amante no es el asesino porque conoce que la policía no menciona el hachazo que partió el esternón de Manuel, matándolo al instante; un detalle discordante. Sabe que las cuchilladas son meros detalles artísticos; conoce la droga con la que fueron anestesiados los pobres imbéciles; conoce con exactitud horas, minutos y segundos que el asesino se sostuvo de las vigas del techo.
Sabe quién es.
Lo sabe, pero también es consciente que nadie le creerá.
En la esquina opuesta, junto al puesto de periódicos de doña Margarita, Carmela y Adriana esperan. Carmela es la primera en verla, alza la mano para llamar su atención. Hacia allá se dirige con rapidez. De pronto las zapatillas le resultan insoportables.
La unión está rota, ahora funciona la simetría oculta, jalando de un lado hacia el otro, tratando de fusionar de nueva cuenta lo que ya no será más; “el fin se aproxima”, dicen las voces. ¿Cuál fin? ¿El suyo? ¿Del mundo? Quizá algo peor. “Dios”, piensa no sin cierta ironía, “si supiera un poco más.”
Pero el cielo nublado permanece impasible ante ella.
Cuando está cerca de ellas, no puede evitar que su mirada ansiosa, con cierto morbo insano, busque el vespertino para corroborar que su mente sólo bromea con ella.
Su horror no tiene límites.
Ahí, junto a otros diarios, está impreso su miedo en cuatricromía. Voltea a ver a sus amigas para advertirles, pero lo que ve termina de desencajarle el rostro.
Frente a ella ya no hay Italian Coffee, únicamente el muro color paja, amplio, de la sala de su casa. Empotradas en él, sus amigas, desnudas, sus cuerpos sometidos a cirugías imposibles para una mente sana. Carmela, encadenada a grilletes que salen de la pared, no tiene una sola pulgada de su cuerpo sin tatuar; frases, oraciones, signos, símbolos y conjuros cristianos marcados con rigor de copista; algunos de ellos todavía sangran.
Biblia hecha carne.
Su boca es una costra reseca que le impide hablar.
Adriana, literalmente está crucificada. Su cuerpo descoyuntado es sostenido por una cruz metálica que sirve de anclaje y sostén. Las venas de sus brazos completamente perforadas por incontables agujas que destilan sueros, nutrientes para evitar la muerte rápida; de sus piernas múltiples heridas canalizadas, gota a gota, lentamente, escapa su alma. La boca ha sido cosida con singular destreza, casi con amor. Una bruma cubre su entrepierna y no le permite ver detalles.
Pero ambas miran con los ojos desorbitados, implorando perdón, más allá de Beatriz, donde su visión periférica dibuja un fantasma. Un giro y el fantasma se transforma en un Martín más joven, de traje, zapatos de lazo, guantes de cuero y sombrero de ala angosta. Todo negro, como un sacerdote. O un enterrador.
Mejor aún. La de un inquisidor.
Un Martín que sonríe mientras le muestra los tatuajes de sus palmas.
Uno es Aleph.
El otro, Tau.
Principio y fin.
Un parpadeo. Todo desaparece. Sólo hay ríos de sangre escurriendo sobre los adoquines del Centro Histórico.
Beatriz Vázquez no se mueve. Llora sola, en silencio.
— ¿Le pasa algo, señorita? —pregunta doña Mago con preocupación. — ¿Se siente bien?
Es en ese instante que Adriana y Carmela se acercan llenas de preocupación. La gente vuelve a caminar presurosa por el portal. Beatriz enjuga sus lágrimas rápido, con un pañuelo.
—Sí, perdón... desde hace tres meses estoy así —de nuevo miente con una sonrisa triste.
—No vaya a ser que esté embarazada —bromea doña Mago una vez que pasa la preocupación. —Ande con cuidado. Cuídese señorita.
—Gracias.
— ¿Seguro estás bien? —quiere corroborar Adriana.
—No fue nada —tranquiliza Beatriz.
—Lo que pasa es que ha tenido unos días pesados —exclama Carmela mirando al cielo, después de que una gota cayera en su mano. —Pero no te preocupes, 'orita nos vamos al Sanborns de la 2 para comer, esperamos a Pedro, que hoy llega de Oaxaca y nos vamos a bailar al Portos, al Aché o al Rumba. ¿Qué te parece?
—¡Chingón! Me gusta más el Aché —interrumpe Adriana. Todas ríen alejando el fantasma amargo del momento anterior, que se pierde confundido con otros tantos que flotan en el aire.
Primero son gotas gordas, frías, cristalinas; después, alfileres de aguacero.
Lluvia ilógica de primavera.
Lluvia lágrimas del cielo.
Lluvia anunciando el fin.
Ciudad de Puebla. 25.12.2005.

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