©2009, Carlos Alvahuante |
Se dio un tiro. Justo en la sien derecha. Ya había tenido suficiente de depresiones, de lágrimas en la almohada, de sentirse un incomprendido permanente. Así que tomó el revólver que escondía su padre en uno de los cajones del buró, al carajo, dijo, aunque a nadie en especial, y detonó el grito de la pólvora, el olor a carne chamuscada, las salpicaduras de humo.
Dolió. Bastante. Sobre todo después, cuando abrió los ojos. Se encontraba tirado en el suelo. Boca abajo. A su alrededor, un charco viscoso y escarlata. Sobre el revólver, su mano aún se sacudía como una tarántula moribunda. ¿Qué pasa?, se preguntó. Luego de varios esfuerzos, consiguió levantarse. Las piernas le temblaban. Pero estaba consciente, eso que ni qué: podía sentir el chorro de sangre caliente escurriéndole por la cara.
A tropezones llegó hasta el baño. Se miró en el espejo. ¿Qué pasa?, volvió a preguntarse, aunque ahora francamente asustado ante la posibilidad de haber sobrevivido. En su reflejo había un círculo negro a la altura de la sien derecha. Dejó caer el revólver y se llevó un dedo a la herida. Recorrió el borde. Luego introdujo un dedo. Era, en definitiva, un hoyo. Decidió retacarlo con gasas para detener la hemorragia. No era que le molestara la perspectiva de morir desangrado, pero a su madre sí que le iba a molestar el batidero. Muerto o no, debía limpiar todo aquel desorden. Y limpiarlo bien, a pesar de la migraña que no lo dejaba pensar con claridad.
Una hora después llegaron sus padres. Lo sorprendieron con el trapeador en la mano. En la cabeza, una venda teñida de rojo. Y sobre la venda, una gorra de beisbol. ¿Qué pasa?, preguntó su madre, como si ese tipo de preguntas fueran cosa de familia. Él bajó la mirada. Me di un tiro, balbuceó. Y siguió trapeando. ¡Qué barbaridad!, gritó su madre. ¡No puede ser!, exclamó su padre, quien a grandes pasos fue hasta la recámara, hasta el buró, hasta la ausencia del revólver en el cajón y entonces lo entendió todo.
Él siguió trapeando, incapaz de levantar la mirada. Su madre se había dejado caer en una silla. Recogía lágrimas con las dos manos. Su padre volvió de la recámara con pasos pequeños. ¿Por qué lo hiciste?, preguntó. Él, el incomprendido, guardó silencio. Los padres compartieron una mirada triste, cómplice, adulta.
Vete a tu cuarto, le ordenó su madre. ¿No me van a llevar al hospital?, preguntó él. No, dijo su padre. Y agregó turbado: no.
Recargó el trapeador en una pared y se fue cabizbajo a su recámara. Apagó la luz. Se quitó la gorra. Al acostarse se sintió más incomprendido que nunca. Exhausto, cerró los ojos. Y como cada noche, lo ilusionó la posibilidad de soñar. En sus sueños, si es que alguna vez llegaba a tenerlos, no habría depresiones, ni llanto, ni la sensación de ser un exiliado en el mundo. Al carajo, dijo, aunque esta vez a sí mismo, y se durmió. Bajo la piel de su pecho, una luz roja comenzó a parpadear, señal de que la batería se estaba cargando, señal de que un revólver no sería, nunca, suficiente.
El Libro de Pixeles
Narrativa Sin Límites
Narrativa Sin Límites
9/10/09
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
sobre el material aquí publicado
La Langosta Se Ha Posteado. Literatura Sin Límites, es un proyecto literario en línea que aunque reconoce los usos y abusos de los internetnautas, aboga por dar y respaldar el derecho de autor.
En otras palabras, los textos que aparecen en estas pantallas dedicadas a la narrativa, son por cortesía, buena ondés de sus autores, lo cual no implica la renuncia a sus derechos de autor.
En otras palabras, los textos aquí publicados no son de dominio público, por eso, al lado del autor siempre aparece el símbolo de Copyright. No son freeware que puedas usar a tu antojo.
Si te interesa publicar algún trabajo en tu propia revista, requieres permiso expreso de sus autores.
La Langosta Se Ha Posteado, en este sentido, funge como mero órgano divulgativo y su criterio selectivo implica una particular perspectiva langostera. Por ende, el compendio mismo de los textos aquí mostrados, está sujeto a Copyright, en otras palabras, no puedes reproducir el volumen de lo aquí aparecido adjudicándote la labor de compilador.
Nada aquí, se publica por resignación.
En otras palabras, los textos que aparecen en estas pantallas dedicadas a la narrativa, son por cortesía, buena ondés de sus autores, lo cual no implica la renuncia a sus derechos de autor.
En otras palabras, los textos aquí publicados no son de dominio público, por eso, al lado del autor siempre aparece el símbolo de Copyright. No son freeware que puedas usar a tu antojo.
Si te interesa publicar algún trabajo en tu propia revista, requieres permiso expreso de sus autores.
La Langosta Se Ha Posteado, en este sentido, funge como mero órgano divulgativo y su criterio selectivo implica una particular perspectiva langostera. Por ende, el compendio mismo de los textos aquí mostrados, está sujeto a Copyright, en otras palabras, no puedes reproducir el volumen de lo aquí aparecido adjudicándote la labor de compilador.
Nada aquí, se publica por resignación.


No hay comentarios:
Publicar un comentario