©1998, José Luis Zárate |
Las puertas de cristal se abrieron, al mismo tiempo que el campo de energía fluyó lo suficiente para que el Eciuadoriano entrara. Cierto, el cristal no puede detener una atmósfera tan densa que es posible masticarla, pero es una convención, una forma tácita de informar al viajero que aún se encuentra bajo el mandato de la Federación.
En cada planeta hay una sede diplomática, en X-Signus un cuartel general flotando sobre el vacío del agujero negro, ejércitos oscuros dispuestos a terminar con los rebeldes, y todo ese tipo de cosas. Embajadores, virreyes, nobles, burócratas que se dicen signo de los nuevos tiempos.
Pero la Federación es los espaciopuertos.
Todos idénticos, en cualquier planeta al que se llegue. Cristal en las paredes, suelos reflejantes, luces neón discretamente ocultas destellando. Aunque en Sedra el cristal y los suelos reflejantes sean considerados blasfemos ("nunca hagas una imagen de ti o tu dios, ni permitas que nada que no sea la divinidad multiplique tu forma", dice su Kuoran); y en Hydrend el neón sea una amenaza para los fotorreceptores que sus habitantes tienen en vez de ojos.
¿Y para qué hablar de la atmósfera standard, de 1.03G, y esas cosas? ¿De los trajes espaciales y las cápsulas de supervivencia de los viajeros?
¿De nosotros?
Los espaciopuertos son máquinas sensibles, delicados tentáculos de un ser que atraviesa toda la galaxia, que en cierta forma es la galaxia.
Es más peligroso atacar uno que enfrentarse a los ejércitos.
Ahí está Nunmbia.
Alguien (uno de nosotros) programó un holograma y lo insertó en la pared principal.
Pocos pueden reconocer a primera vista que eso era un planeta, la forma obscena en que el espacio se plegó en todo un sector. La carne del cosmos arrancada.
El Eciuadoriano se detiene ante el mural. Nunmbia, sí y Tera, y Bostok y mil planetas al que les ha sucedido la Paz de la Federación. Eso negro es un millón de combatientes aplastados, el rojo una nova programada para terminar con un desacuerdo, aquel azul un océano de sangre vacía de oxígeno.
En medio: el símbolo y la imagen del planeta donde se asienta el espaciopuerto.
Fuera de ello: todo igual, en cada planeta de cada sistema de cada sector de cada dominio de cada feudo de la Federación.
A veces, recorriendo los pasillos insonorizados creo que hay mil yos, un millón de mí recorriendo los pasillos en la galaxia entera. Es fácil entender la disolución del ego que sufren los androides producidos en serie.
Si me acerco a uno de los Despachadores, si compro un Boleto para otro planeta, si entro a los hangares junto con un millón de viajeros y dejo que el disolutor me mande a otro sistema... ¿no los múltiples yo harán lo mismo trasladándose a otro sitio? Siempre perdido, lejano de mí mismo.
No sé de qué me quejo. Si algo no deseo es verme a mí mismo. No mientras haga lo que tengo que hacer con Eciuadoriano.
Me acerco a él, imponente en su traje de supervivencia y aunque sea un metro más pequeño que yo, su porte le permite verme desde arriba.
Mira mi temblorosa pata con desdén; el símbolo de la Autoridad tatuada en ella.
—Seguridad— digo, y a pesar de que los vocalizadores universales están sintonizados de tal forma que denoten poder, mi voz es —a sus oídos— lastimera.
¿Cuántos los saben?
El porqué nuestra presencia les recuerda actos fisiológicos indignos, escenas de humillación patética, desdén teñido de náusea, lástima tejida con asco.
Creen que es por que somos esbirros, guardias menores de la obra mayor de la Federación.
Para todos los espaciopuertos son el símbolo de la caída. Al mismo tiempo los ejércitos cayendo sobre sus ciudades y la construcción materializándose de la nada, cubriendo los agujeros de gusanos abiertos desde el hiperespacio, impidiendo que el planeta entero sea absorbido hacia la nada.
Somos los invasores, siempre. Sin el aura de los guerreros y los combatientes.
¿Cómo podrían imaginar que lo que deseamos no son sus mundos, el poder inmenso de la Federación ni de su organización económica?
Lo que queremos es que los espaciopuertos sean el nexo de unión, que los habitantes de la galaxia se vean forzados a moverse de su mundo, que billones de viajeros entren por las puertas de cristal.
¿Cómo hacerles creer que el universo ha sido deformado para que un Eciuadoriano sea detenido en un espaciopuerto cualquiera por uno de nosotros?
Él —como todos— saben que la Federación mata mundos sin pesar alguno, que los genocidios son el pago general ante cualquier desacato, que no hay forma alguna de oponerse.
Saben que hay pequeños cuartos esperando para lo que ocurrirá a continuación.
Saben que somos violadores, pero que nuestro tacto es tembloroso, y lloramos mientras ocurre.
Están a salvo. Se ofrecen a nosotros por salvar planetas enteros, protegido su orgullo, su dignidad, por lo inevitable.
Nosotros no. Nosotros sabemos que nuestra hambre no es justificable de forma alguna. Que nuestro alimento es la humillación.
Somos vampiros de mingitorio.
Se van, dejamos que se vayan, limpios de culpa, y nosotros no podemos perdonarnos a nosotros mismos hasta la próxima vez en que el hambre sea demasiada y debamos detener a alguien más —de entre las multitudes.
Nos miramos al espejo, arreglándonos aún la ropa, patéticos en un millón de mundos, y el único consuelo que existe es la verdad secreta: Nosotros somos los amos del universo.

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